El fin de semana pasado se viralizó en las redes sociales, al punto de generar interacción con el intendente Pablo Javkin, una imagen de una taza con la leyenda: "Visité Rosario y sobreviví". Estaba a la venta en un local de la terminal de colectivos, donde parte del movimiento turístico que visita la ciudad compra su souvenir para llevarse un recuerdo o hacer un regalo. La consigna de la taza hace una alusión simplista pero clara de la situación que atraviesa Rosario hace años y que se ha afirmado al punto de generar este tipo de efectos en el plano simbólico. No es la primera vez que sucede algo por el estilo y tal vez sean síntomas de una sociedad que naturaliza, o procesa como puede, el contexto de violencia en el que vive.
Ocho años atrás, en octubre de 2014, se generó una polémica muy fuerte a partir de una noticia: alumnos de 11 años de un colegio de la ciudad jugaban a picar tiza para simular que manipulaban cocaína. Ocurrió en un momento en el que en Rosario se había agudizado la problemática de la violencia callejera vinculada al narcotráfico: un 2013 récord en la tasa de homicidios dolosos y el mote de "la Medellín argentina" impuesto por los medios de comunicación porteños. Hoy, con esa violencia enquistada aunque todavía con predominio en los márgenes de la ciudad, continúan apareciendo situaciones que dan cuenta de cómo los rosarinos procesan lo que les toca vivir. Pero también de cómo influyen en ese proceso los discursos que se construyen, dentro y fuera de la ciudad, sobre lo que ocurre en Rosario.
A mediados de junio pasado el canal Crónica TV mandó a un movilero desde Buenos Aires para que hablara de Rosario desde el barrio 7 de Septiembre. Entonces montaron una suerte de ficción: lo disfrazaron de corresponsal de guerra, le pusieron un chaleco antibalas y una serie de frases alarmantes en el zócalo acompañó la transmisión en vivo: "El barrio que está en guerra", "El lugar más caliente", "Los hijos de la cocaína", "Acá viven los soldaditos de la droga".
Por la calle caminaban niños, adolescentes que filmaban y otros vecinos que miraban curiosos. En más de una ocasión el movilero pidió que enfocaran a los motociclistas que pasaban por la calle. "Nos vigila una moto", sentenció una placa que ocupó la pantalla entera. En otra toma se vio de fondo a una mujer que se bajó de la moto, se sacó el casco y le dio un beso a quien conducía. "Bueno, eso es lo que está pasando ahora, para que ustedes se den una idea de cómo es el barrio", siguió el movilero. Irremontable, pero el show siguió hasta que se simuló una evacuación por peligro.
Estigmas y números
Para Sebastián Grimblat, doctor en Psicología y docente de la Universidad Nacional de Rosario, es necesario hacer una distinción para analizar el tema. "Hay que separar lo que a lo mejor significa cierta campaña de estigmatización de la ciudad, que puede estar vinculada con tensiones políticas a nivel nacional", indicó en diálogo con La Capital. "Me pregunto si lo que se dice de Rosario no está potenciado en el conurbano bonaerense y no tiene el mismo grado de visibilidad, y si Rosario no cae como un chivo expiatorio de una problemática más general", analizó.
"La estigmatización puede tener que ver con ciertas tensiones políticas que tienen a su disposición una maquinaria que es muy poderosa a partir del uso de redes sociales donde la diseminación de una idea espontáneamente se globaliza y termina siendo una caracterización", explicó el docente. Lo cierto es que en cuestiones de números el departamento Rosario registra una tasa de homicidios superior a la de las ciudades del resto del país. Incluso hay una amplia diferencia con la ciudad de Santa Fe, lo que pone el foco principalmente en Rosario más allá de la provincia.
Es ahí donde aparece una problemática concreta, real, pero con sus características que la hacen tan singular. Desde que se viralizó la foto de la taza hasta el cierre de esta edición, es decir en seis días, en Rosario hubo 9 homicidios. Siete fueron en contextos vinculados de manera directa a disputas entre bandas con algún lazo con la venta de drogas, aunque no todas las víctimas estuvieran involucradas. Un chico de 14 años asesinado en la casilla de chapa del barrio Molino Blanco en la que vivía y vendía, la madre de una familia que tiene sus broncas en Santa Lucía baleada en la puerta de su casa, el atentado al móvil del Servicio Penitenciario en el que murió un preso enfrentado a Los Monos, el asesinato de una mujer que había tenido un vínculo con un alfil de la misma banda, un comerciante que quedó en medio de un balacera cuando fue a hacer un cobro a un supermercado, y un cadáver baleado hallado en un descampado en los ingresos del barrio Santa Lucía, donde parece haber recrudecido un conflicto.
Reacción al terror
Un chico de 14 años que vendía drogas, una madre asesinada como mensaje mafioso, un comerciante que queda en medio de un ataque que no lo tenía como blanco, un atentado que delata la escasa seguridad del Servicio Penitenciario. Son hechos que complejizan las explicaciones posibles acerca de lo que sucede en Rosario y generan una ruptura de aquel lugar común que supone el "se matan entre ellos". En ese contexto parece lógico que la sociedad comience a decodificar de otra manera lo que pasa en las calles de la ciudad, aunque no es casual que todo ocurra en sus márgenes.
Para Grimblat es necesario pensar "cómo las personas o las comunidades reaccionan de una manera dispar y no lineal al miedo, al terror". "El miedo puede ser inducido a partir de fantasías de la gente o por peligros reales. La tasa de homicidios en Rosario es alta, las campañas de balaceras a Tribunales y propiedades de jueces van marcando un sentimiento de anomia en el que las prácticas marginales operan como un Estado paralelo", analizó el psicólogo.
En ese marco es que hay sectores de la ciudad en donde estas historias y hechos se procesan de una manera. "Decir que sobreviví a las balas puede ser que caiga antipático, pero es la única manera que a veces tenemos para no vivir en la paranoia, es el humor como salida menos grave y que también dice que esto está pasando", consideró Grimblat.
Pero hay lugares de la ciudad en donde dicho terror no es paranoia y en los cuales el humor no alcanza. En barrios rosarinos los vecinos, quienes dan cuenta de esto en cada oportunidad que hablan con los medios, modificaron su forma de vida a fuerza de lo que pasa en su entorno inmediato. Meterse adentro de casa al atardecer ya es una costumbre, sentir el ruido de los disparos es algo de todas las noches. En mayo de este año, por ejemplo, David Paredes dudó en llevar a su hija a un cumpleaños a una casa de Felipe Moré al 600 bis: la zona estaba complicada, habían matado a un tipo el día anterior. Sin embargo la llevó, pero cuando la fue a buscar lo asesinaron a balazos. Quedó en medio de un ataque al voleo, modalidad instalada desde hace un tiempo por bandas que tensan sus disputas marcando con tiros o con muertos la zona de la competencia.
De los miles de turistas que visitan la ciudad cada fin de semana largo ninguno pasa cerca de ese sector de Empalme Graneros que este año fue uno de los puntos más violentos. "Visité Rosario y sobreviví" es entonces una consigna irreal porque los que sobreviven no son los visitantes sino los locales. Y no todos, sino los habitantes de esos barrios más afectados por esta problemática. En otros ámbitos de la misma ciudad, por algún motivo que sería momento de revisar y cuestionar, el rosarino lo vive con cierta distancia. Como un espectador de su propia tragedia.
Apropiarse
En esos mismos territorios más atravesados por la violencia aparecen otras maneras, también simbólicas, de procesar lo que ocurre en las calles en las que son frecuentes los hechos violentos. Lejos de las cámaras televisivas, y de la construcción ajena de un estereotipo estigmatizante, están quienes se apropian de ciertas identidades que protagonizan ese mundo. Son, sobre todo, adolescentes y jóvenes.
En Villa Banana hay un club de fútbol en el cual una de las categorías infantiles tiene un juego de camisetas con la imagen del personaje Tony Montana, de la película Scarface protagonizada por Al Pacino. Ya se ha mencionado en otras notas de este diario cómo esa misma imagen proliferó en distintas bandas como un ícono inspirador. En este caso los chicos de club usan esa camiseta porque fue pagada por un pibe del barrio que se hace llamar "Facu" Montana y mueve alguno de los hilos del narcomenudeo en la zona.
Hace una semanas el periodista Germán de los Santos escribió sobre la fiesta de cumpleaños de una joven en el barrio Tablada en la cual la torta tenía la leyenda "Plata o Plomo". El resto de cotillón y decoración del evento era de temática vinculada al mundo narco: dólares con la cara de la agasajada, quien también posó para la foto simulando consumir cocaína.
Sobre estas cuestiones Sebastián Grimbat analizó: "El nivel de consumo de sustancias, como alcohol, drogas precarias o sofisticadas, es muy alto. Ahí entra la cuestión del estímulo, que en ciertos sectores sociales se cruza con la cultura de la dureza. Cuando eso entra en correlación con la idea de que la vida se puede terminar en cualquier momento, y que lo único que puede dar satisfacción son accesos directos al consumo, hay adolescentes y jóvenes que viven la vida como si estuviesen adentro de un videoclip".
"Cuando alguien vive la vida como quien está jugado y en ese proyecto no hay por qué tenerle miedo a la muerte, se genera un cóctel bastante complejo", explicó Grimblat. Adriano Palacios, de 14 años, posaba en su perfil de Facebook mostrando sus anillos brillantes. Una de las maneras que tuvo de materializar sus aspiraciones fue vendiendo drogas en su casa del barrio Molino Blanco. En los registros policiales consta una denuncia previa de vecinos que advertían de la presencia de un menor "sentado en la vereda con una mochila, solo, tomando mates y con la mochila cargada de cosas". Pero la intervención a esa vida, en riesgo evidente aunque él no lo viera, fue un disparo en la cabeza de parte de alguien que, antes de gatillar, lo llamó por su nombre.