En esta clave, dice el autor, el libro “también puede leerse como un ejercicio de memoria, como un humilde homenaje a las víctimas y como una ficción ambientada en una época sobre la que no se vuelve o no se visita habitualmente desde la investigación histórica o la literatura”.
Habiendo publicado en su gran mayoría libros de ficción, como los libros de cuentos El pintor de delirios (EMR, 2009), Cuentos que soñaron con tapas (El Ombú Bonsai, 2011), La niña de mis ojos (El Ombú Bonsai, 2013), y la novela Tetris (UNR Editora, 2016), Ferroggiaro decidió salir de su zona de confort: "Dejé la ficción pura para meterme con un hecho doloroso de nuestra historia y, a partir de él, escribir un relato intenso. Ojalá haya quedado así".
Las palabras y los hechos
Masacrados es el título de la crónica que Lautaro descubre con asombro mientras hojea viejas revistas y periódicos que su tía atesoraba en un desván. La nota había sido publicada en el verano del 74 en la revista Así, y narraba el asesinato de cinco cooperativistas de Armstrong, perpetrado por efectivos de la policía de Córdoba, el 23 de enero de 1974, en la ruta nacional 9, kilómetro 674. Aldo Viotto, Héctor Blanch, Ernesto Pascucci, Víctor Cantoia y Odorico Montorfano habían sido masacrados “por error”, dado que los oficiales confundieron a los ocupantes del Falcon rojo o borravino en el que se trasladaban a un congreso de cooperativas, con otro objetivo: un grupo de guerrilleros del ERP que días atrás habían atacado un cuartel militar en Azul y se encontraban prófugos. Al recorrer las páginas, el impacto que le produjeron el título, las fotografías y los hechos allí narrados llevó al joven Lautaro, aspirante a periodista, a buscar al autor de ese artículo. Y lo encontró. Ángel, a más de cuarenta años de los hechos, empieza a recordar desde un bar de billares su experiencia como cronista de aquel brutal crimen. Así empieza a desplegarse la historia de este libro que ficciona un acontecimiento verídico, pero no para falsearlo, sino para comprenderlo. Según los criterios del género de “no ficción”, entendiendo a la literatura como un procedimiento de verdad, para aumentarla, desglosarla y complejizarla, Ferroggiaro apuesta a tensar la relación entre las palabras y los hechos, entre el periodismo y el desafío de dar testimonio en momentos difíciles.
¿Cómo llegaste a esta historia? ¿Qué es lo que despertó tu interés para hacer un libro?
En 2017 Lucas Almada, del Museo de la Memoria, me invitó a participar como escritor de la colección Dejame que te cuente. Así llegué al archivo de Odorico Montorfano, uno de los cinco cooperativistas asesinados el 23 de enero de 1974. Me considero un tipo sensible y la historia del hecho me conmovió, me desgarró. Por diversas razones el texto que escribí entonces no llegó a publicarse, pero yo seguí atrapado, tanto en lo que les había sucedido a esos hombres, Aldo Viotto, Héctor Blanch, Ernesto Pascucci, Víctor Cantoia y Odorico, como en la forma en que las noticias de la época relataban ese crimen de la policía: las implicancias políticas que surgían, los testigos que aparecían, las cartas y anónimos que recibían los medios de comunicación, en fin: las versiones que se cruzaban y que buscaban ocultar o deformar la verdad entre comillas. La novela recrea desde la ficción esa búsqueda, ese deseo de escribir lo que pasó cuando el miedo, el terror, ya estaban ahí y afectaban a la población civil en democracia. Incluso al ubicar el marco de la novela en 2017, quise establecer, aunque no sean contextos y situaciones equiparables, una relación entre estos hechos de comienzos de los setenta y lo que pasaba en Rosario en ese año con el narcotráfico, algo que visto desde el presente nos muestra cómo el miedo de hoy estaba latente.
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Silvina Salinas / La Capital
Hay mucha literatura sobre la última dictadura militar, ficciones más o menos construidas alrededor de ciertos consensos, pero sobre los años previos no. ¿Te significó algún tipo de desafío o dificultad encarar esta etapa de la historia?
Es llamativo y coincidimos, incluso en la novela se subraya este silencio de la historia, de los discursos escolares y de la literatura. Coincidimos en el escaso interés que despiertan esos años, del 70 al golpe del 76. Mi sensación es que ese desinterés o esa omisión no es inocente. De alguna manera, ahí se va preparando lo que pasará después del golpe del 76 y hay muchas responsabilidades e implicancias en juego que, por el momento, parece que a pocos les interesa revisar y poner en discusión. Incluso, por qué no, las razones e intereses que llevan a esa revisión pueden resultar, en algunos casos, tan inquietantes como el silencio y la indiferencia de quienes no quieren hablar del tema. Por eso, más que un desafío, y como se trata de una novela, este estado de la cuestión me resultó una invitación a escribir con libertad. Y como los consensos respecto a ese periodo son frágiles, provisorios, lábiles, sentí que podía preguntarme y ficcionar sin la carga de discursos cristalizados o ya establecidos.
Además del procedimiento formal o literario de ficcionar un hecho real, ¿cuál es el lugar de verdad entre la literatura y el periodismo?
¡Qué tema! La verdad no sé responder con certeza, con seguridad. Hay muchas cosas que leí al respecto, pero para evitar la discusión teórica voy a responder desde la ficción. En un cuento que escribí hace tiempo, La niña de mis ojos, el narrador afirma al final que “en la vida pública o privada, la historia que se impone, la que perdura, no necesariamente es la verdad, sino aquella que mejor se cuenta, la que se divulga más”. Suena horrible, pero muchas veces es así. El periodismo, en nombre de la objetividad, construye versiones de la verdad. La literatura, cierta literatura, aun sabiéndose ficción, hace lo propio: escribe otras versiones. Quizás más distorsionadas, o más atractivas o logradas, o no, pero versiones al fin. A veces en una ficcionalización de un hecho real, histórico, hay más aproximaciones “a lo que realmente pasó” que en un artículo de la prensa o en un paper de un historiador. Claro que todo depende del enunciador, de su ética, de sus valores y principios, de su deseo honesto de encontrar la verdad. Pero la verdad es siempre un proceso asintótico.
No sé si leíste el libro de Juan Manuel Abal Medina publicado este año, pero justamente da testimonio de la realidad política de aquellos años. ¿Cómo encajaría esta historia en ese relato?
No, aún no leí el libro de Abal Medina. Seguramente lo leeré porque las reseñas son estimulantes, pero no sé hasta qué punto me interesa hacer encajar esta novela con las memorias de Juan Manuel Abal Medina. Especialmente porque los discursos ficcionales suelen quedar desvalorizados frente a la literatura testimonial, autobiográfica, a pesar de que es conocida, o debería serlo, la carga subjetiva y los intereses que impulsan y atraviesan las escrituras de este tipo.
Tampoco es inocente citar los discursos de Perón, por ejemplo, sobre el ataque al cuartel de Azul en los epígrafes. ¿Qué función cumplen dentro del relato?
Sería inocente pensar que es inocente, así que la pregunta es precisa. Entiendo que es una invitación a revisar las reescrituras de la historia, perdón, de la Historia con mayúscula. Las versiones que quedan, que triunfan, que se imponen. En este caso particular, casi siempre se insiste en colocar en primer plano al nefasto López Rega, la Triple A y hablar de las presiones de las FFAA que amenazaban al gobierno, etcétera… De hecho, hasta hay una tendencia a relativizar el poder, referirse a la fragilidad de la salud, al equilibrio del presidente Perón en su tercer gobierno y justificar sus errores a partir del contexto complejo de esos años. Digo esto y me parece que, quizás, estas no sean afirmaciones rigurosas. Como no es un libro ni una investigación histórica, preferí no ahondar en ese tema, pero cuando leí este y otros discursos de Perón, uno pronunciado pocos días antes del hecho que se recrea en la novela, me pareció que había una relación que no podía quedar invisibilizada. Ese llamado a la violencia, ese grito de venganza después de los episodios de Azul. En fin, el discurso de Perón hace al contexto, es parte del contexto y por eso también se escucha como un sonido de fondo del asesinato de los cooperativistas.