Como todos los niños y las niñas, Gina y Lili se atreven a las aventuras y los misterios. Algunos interrogantes las inquietan y están dispuestas a dilucidarlos: ¿existen los extraterrestres?, ¿viven en el planeta Tierra entre los seres humanos? Para encontrar las respuestas no dudan en lanzarse a una exhaustiva investigación donde la escuela y la casa de cada una será el terreno de operaciones. De esta empresa y de las evidencias que las protagonistas recolectarán para comprobarlo se trata Jotolepo Frukachú, la evidencia extraterrestre, un cuento escrito por Maricel Palomeque, ilustrado por Ozkar y publicado por Libros Silvestres.
¿Cómo nació esta historia? “A veces la memoria despliega un recuerdo que luego se convierte en cuento, como este libro”, cita en su obra Palomeque y da cuenta de cómo las vivencias infantiles calan hondo y muchas veces también dan frutos. “Esta historia posiblemente sea el brote de historias familiares escuchadas durante mi infancia”, dice la escritora. No recuerda muy bien cómo nació este cuento, pero sí que tiene ideas que va tirando en papelitos que a veces vuelve a agarrar y dan origen a un relato. Lo que sí recuerda bien es que la temática de los extraterrestres tiene que ver con las propias vivencias familiares. “Yo tenía un tío abuelo al que le encantaba el tema de los extraterrestres, a tal punto que vendió todo lo que tenía en Buenos Aires para irse a vivir a Capilla del Monte, porque ahí hay un centro magnético. El siempre me contaba historias extraterrestres que cuando yo era chica me fascinaban, este puede ser el origen de este cuento”, dice.
Hay escenas guardadas en su memoria que a veces también se hacen cuento: “Por ejemplo, la primera escena del libro tiene que ver con un recuerdo infantil. Yo era chica, tendría unos 5 años, en mi casa se había cortado la luz y mi tío empezó a contar una historia de extraterrestres y platillos voladores. Todas esas cosas que cuando uno es niño resultan alucinantes”, recuerda.
Sobre la autora
Maricel Palomeque escribe desde Villa Allende, una localidad ubicada a 20 kilómetros de la ciudad de Córdoba. Allí se dedica exclusivamente a la escritura y su enseñanza, que realiza en talleres para las escuelas y en forma particular con jóvenes y adultos. Además de Jotolepo Frukachú, la evidencia extraterrestre es autora de Manga de animales, Cuando llega un dragón y Peludo Normandus Ciboulette, publicados por Río Editorial.
La escritora define a su último cuento como un libro pandémico y cuenta que es la primera vez que publica una obra con una editorial rosarina. Por medio de Libros Silvestres, Palomeque llegó a Ozkar a quien eligió como ilustrador: “Me encantaron las ilustraciones de Ozkar porque acompañan todo de humor que tiene el libro”, dice y no se equivoca, porque Jotolepo Frukachú ofrece una conjunción bien lograda de texto e imagen con el sello inconfundible de Libros Silvestres.
En una charla con La Capital, la cordobesa acuerda con la idea de que la literatura infantil es apta para todo público y afirma que no cree que haya una nueva literatura para las infancias. “Como decía García Márquez, hay tres temas: el amor, la vida y la muerte, y todas las cuestiones caben allí. Puede haber distintos abordajes pero las temáticas siguen siendo las mismas. Al menos yo no conozco algo que se presente como una ruptura, ni siquiera en cuanto a los distintos soportes que es algo nuevo dentro del campo, me parece que el hecho de contar historias excede al soporte”, dice. Para Palomeque, la experiencia de los chicos de entrar en contacto con el libro papel es algo que nunca va a pasar de moda y que va a seguir existiendo como tantas otras cosas que sobrevivieron a las transformaciones tecnológicas.
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La autora Maricel Palomeque se dedica a la escritura y su enseñanza.
Otros mundos posibles
A través de Gina y Lili, la autora deja ver su mirada sobre la infancia. Se trata de dos protagonistas que se animan a bucear en otros mundos y universos posibles, van contra lo evidente y se atreven a mirar un poco más allá.
“Los niños tienen la frescura de preguntarse sin prejuicios y dejarse llevar por lo que sienten o por lo que les parece que puede ser, algo que los adultos ya tenemos censurado”, afirma Palomeque. Dice que se vive en un mundo donde las infancias son muchas veces subestimadas, cuando en realidad son ellas las que tienen la capacidad de descubrir y conservar sensibilidades que los adultos ya han perdido.
En el relato de la cordobesa las reminiscencias de su propia niñez salen a la superficie: “En esta historia también está el recuerdo de lo que yo fui y de lo que eran mis amigas cuando éramos chicas y nos gustaba mucho investigar. Eso nunca pasa de moda, los chicos tienen esa etapa en la que les gusta explorar, sobre todo si la temática tiene que ver con lo misterioso y lo desconocido”.
En esta búsqueda de evidencias de vida alienígena en la Tierra, las protagonistas de Jotolepo Frukachú se lanzan detrás de sospechosos, y en este desafío, la comparación entre los seres humanos cercanos y los extraterrestres resulta una tarea que arroja resultados desopilantes. El cuento de Palomeque apuesta a lo disparatado, tiene el valor de reivindicar las ideas de las infancias y poner en cuestión la mirada adulocéntrica en clave de buen humor. Ya la escritora había incursionado en el humor negro y el absurdo en la literatura infantil, “algo que no está muy bien visto porque se considera que el humor negro no es para chicos, no es políticamente correcto”, dice.
Esta historia de búsqueda extraterrestre también invita a hacerse preguntas y reflexionar. Mientras las protagonistas investigan y recolectan evidencias, el cuento deja ver una cierta preocupación en el mundo adulto por la aventura infantil. Los interrogantes se hacen necesarios: ¿Qué sucede cuando la escuela no deja espacio a la fantasía?, ¿porqué los adultos muchas veces cercenan a las infancias en su potencia de imaginar y creer en otros mundos posibles?.
La escritora reconoce que aunque no todas las escuelas ni todos los padres responden con censura, estas son realidades que existen y refuerzan las rigideces. Y concluye: “Tiene que ver con la preocupación de algunos padres de que sus hijos sueñen demasiado y con la exigencia que se impone de que uno tienen que tener los pies en la tierra y que no hay que delirarse porque esas cosas hacen mal”.