En el 93 me tocó viajar a Hamburgo para una de las cosas más lindas que hice en este oficio. Fui a cubrir una pelea de campeonato del mundo de un boxeador santafesino, de Rafaela, Néstor “Tito” Giovannini, que peleaba por el título crucero con el alemán Markus Bott. Fue muy lindo para mí, la relaté en vivo para unos 400 canales del país, era el único periodista argentino presente.
Me contrataron y viajé para hacer esa transmisión exclusiva. Tuve que ir a Hamburgo como quince días antes de la pelea para organizar la cobertura y la cuestión técnica. Hacía un frío de locos, unos 16 o 17 grados bajo cero.
Tenía una rutina de trabajo con el entrenador de Tito Giovannini, que era su hermano. Al estar allá noté que la empresa patrocinadora del evento nos fallaba con la cobertura de horarios de entrenamiento. Pataleé un poco hasta que me dieron un horario en un gimnasio. Nos vinieron a buscar y fuimos.
Cuando llegué al lugar me pareció raro. No veía nada que se pareciera en lo más mínimo a un gimnasio. Entonces desde otro auto se acercan de la organización y nos conducen a una portón enorme. Debo decir que franqueaba ese pórtico un mural enorme que recreaba las piernas desnudas de una mujer con la puerta en el centro de las piernas. Entramos.
Era un burdel. Mucha calefacción adentro, copas en las barras, humo espeso, un montón de chicas con muy poca ropa que servían los tragos, un calor bárbaro. Una escalera caracol llevaba al subsuelo hacia un gimnasio muy bien puesto. Cuando bajamos quise abrir una puerta transparente. Aparecieron dos gigantes, me agarraron de los codos y me pusieron contra la pared.
“No puede entrar porque el gimnasio está ocupado”, me dijeron. Recuerdo que me molesté. “Vengo con el que pelea por el título del mundo y en el horario en que me marcaron los organizadores”, les dije. Me señalaron que no podía entrar, que debía esperar, que el lugar estaba reservado a una celebridad.
Para ahorrar tiempo contaré qué lo que impedía entrar al gimnasio era que estaba allí Mickey Rourke. Aún estaba en la cresta de la fama que le había dado Nueve Semanas y Media, la película con Kim Basinger, por lo que en ese momento era un artista de lo más exclusivo.
Miré a través del vidrio y efectivamente lo veo al tipo. Tenía calzado un gorrito, una campera de cuero clara y rodeado de guardaespaldas. Estaba entrenando. Me acordé que había sido boxeador y hacía unos meses había resuelto volver a los rings. Y claro, la empresa organizadora lo puso como figura central. Se habían vendido para el evento como 30 mil entradas de las que 28 mil eran para verlo a él. El día de la velada el estadio estaba lleno de mujeres en esa ciudad donde circula a rolete la droga y es muy fuerte la prostitución. Mesas alrededor del ring para tomar champán, todos con la mejor pilcha, llenos de pieles.
La pelea de fondo era la de Giovannini Bott pero la gran atracción era la de Mickey Rourke. “Algo tengo que poder preguntarle a este hombre”, pensé. Me quise acercar y me sacaron volando. Medité para tratar de encontrar algo para llamarle la atención. No se me ocurría nada. Me quedé cerca y en un momento le grité el nombre. El tipo me miró. No sabía cómo seguir. Le dije. “Soy de Argentina, tengo un mensaje para usted de Carlos Monzón”.
Una mentira total, un bolazo, algo propio de un desesperado. Pero el tipo miró y entonces me sentí obligado a seguir. Había leído alguna vez que él era peso mediano y lo admiraba mucho a Monzón. Me hizo una seña y me dejaron pasar.
Entendía bien español él. Yo hablaba un poco de inglés. Nos entendimos. Me puso la mano en el hombro y me hizo caminar por un largo pasillo. “Cómo es lo de Monzón”, me preguntó. Yo quería que me tragara la tierra. Había por esa época un proyecto de película sobre Monzón que había interesado como productor a Alain Delón que era su amigo. Le dije entonces que Monzón me había dicho que cuando se eligiera el actor le gustaría que fuera Mickey Rourke quien hiciera su papel.
Meta verso
Qué pedazo de verso madre mía. Me dijo “interesante” y nada más. Le pregunté si podía hacerle unas preguntas. Secamente me dijo que no. Hizo una seña y me rajaron.
Pasaron los días, hablé con uno de los managers de Rourke, nos permitieron que Tito Giovannini se sacara una foto con él como promoción, los mismos empresarios lo aprobaron. Seguí con lo mío. Una noche que ya nos íbamos uno de la custodia se arrimó. “El señor Rourke quiere verlo en la playa de estacionamiento”.
Fui un poco incrédulo. Cuando llegué había afuera una limusina inmensa. Me hizo pasar y me senté adentro. Abrió la mano y me dijo: “Five minutes”. No me lo esperaba. Me hizo una sola advertencia antes de arrancar. “Si me pregunta algo sobre Nueve Semanas y Media se termina todo”.
Ni se me había ocurrido eso. Me contó que se había aficionado al boxeo a los 13 años, que hizo una campaña amateur buena, de unas treinta peleas, y que había hecho guantes con un ex campeón del mundo, en la que no la pasó bien. Al campeón parece se le fue un poquito la mano y Rourke terminó con conmoción cerebral. Ahí le aconsejaron dejar. Busqué un poco después de la charla sobre eso y efectivamente ese campeón al que refería era un cubano magnífico, Luis Rodríguez, que ganó el título en la categoría welter.
Después me contó que entró al Actors Studio en Nueva York y que siempre estuvo mentalmente ligado al boxeo. Y que en el 91 había vuelto a las peleas. Lo aceptaron más que nada por el negocio que significaba poner sobre un ring a Mickey Rourke.
Fueron bastante más que cinco minutos. Me invitó a tomar algo en el hotel donde él paraba. Tomó un agua mineral y yo un café. Me preguntó cosas de Monzón, por qué estaba preso, le conté algo, le hablé de la cárcel de Las Flores. Y me fui. Me permitió una foto con él. Finalmente me dijo muy serio que le mandara su saludo y sus respetos a Monzón.
Una cosa insospechada para mí esto que pasó justo en el momento en que este hombre como artista estaba rompiendo todo. Al día siguiente fuimos al pesaje que se hacía en el hotel donde él paraba. Todos los periodistas se acercaban. No le daba bolilla a nadie pero cuando me vio rompió el cordón, me palmeó, me preguntó si estaba bien y se fue.
Después hicimos la transmisión. Qué frío infernal, 17 grados bajo cero. Tito Giovannini ganó la pelea. Fue el primer campeón mundial crucero de la OMB de la Argentina.