El trueque es una modalidad de intercambio casi tan antigua como la humanidad. Todo podía formar parte del intercambio: cereales, animales, especies o verduras. Recién cuando los hombres se asentaron en comunidades y empezaron a formar sus instituciones, entre ellas la Iglesia, empezó a aparecer el oro y otros bienes escasos como parte del comercio. Sin embargo, en épocas de crisis económica el trueque muestra que goza de buena salud, sobre todo en los sectores sociales más empobrecidos. En los barrios populares de Rosario sobran las anécdotas de estas ferias de permutas y cada vez se cuentan más en tiempo presente.
Quizás la feria de "La Saladita", de Roullión y Maradona, en pleno barrio Toba del noroeste de la ciudad sea una de las más populosas. Los puestos ubicados en pleno espacio público, que de tan visitados los domingos obligan a desvíos de colectivos, cumplieron ya más de 20 años y, con mejores y peores épocas, aún se mantienen.
Las primeras ferias de trueque empezaron a surgir sobre las postrimerías del gobierno de Fernando de la Rúa, allá por el 2001. La mayoría crecía en los barrios que se encuentran sobre los márgenes de la avenida de Circunvalación, pero también supieron funcionar en vecindarios de clase media, como la de plaza López o la de Alberdi. También en el club Sportivo América o Ben Hur (Ituzaingó 1578), cada una con sus propias reglas -por ejemplo en algunas no se aceptaban cosas usadas- y sus profesionales o técnicos adheridos.
De acuerdo a una nota publicada en febrero de 2002, en La Capital, en la ciudad existían unos 200 clubes de trueque. Por esos días, se había realizado un encuentro en la pérgola del Centro de Expresiones Contemporáneas (CEC) y desde la Red de Trueque Solidaria se estimaba que unas 45 mil personas vivían de esa actividad, intercambiaban objetos o servicios o accediendo a "créditos" para acceder a otras mercancías.
>>Leer más: El trueque todavía sobrevive en las ferias más humildes
Recorrer las ferias rosarinas implicaba hace 20 años cruzarse con dueños de fábricas de calzado fundidos que canjeaban sus últimos productos por alimentos; plomeros que pagaban el alquiler con los 120 créditos que obtenía en el trueque y 80 pesos mensuales; o una pareja de travestis que ofrecía espectáculos a cambio de mercaderías. Los socios de las ferias tenían además un servicio de emergencias médicas por sólo 3,5 créditos al mes.
Los créditos guardaban cierta nostalgia de la paridad cambiaria. Un crédito valía un peso, pero sólo tenían valor al interior de los clubes. Por entonces, hasta se presentó un proyecto al Concejo Municipal para que se autorizara cancelar con créditos una parte de la tasa municipal.
Las ferias se imponían como una forma de organización sumamente original. Nacidas como una respuesta ante el crecimiento del desempleo y la falta de dinero, se proponían como una forma de economía colectiva, solidaria, autogestiva e independiente de cualquier institución. Pero además, en cada uno de esos productos tenían una historia atrás, un sello de origen, un nombre y apellido que los diferenciaba de los productos hechos en serie.
La larga vida de los "créditos"
“Cuando no hay ni un peso vuelven a aparecer los papelitos”, aseguran por esos días quienes conocen de sobra el movimiento de las ferias de la ciudad. Los "papelitos" es la forma más cercana de llamar a los créditos, el valor de intercambio de productos y servicios dentro de las ferias.
Esos vales, impresos en cartulinas de colores, no solo sobrevivieron los primeros años del siglo XXI sino que volvieron a aparecer durante la megadevaluación de abril de 2018, cuando Mauricio Macri ocupaba la presidencia. Por entonces, "La Saladita" llegó a ocupar 22 cuadras donde se ofrecía mercadería nueva y usada de todos los rubros.
>>Leer más: De la mano de la crisis, resurgen el trueque y las ferias informales
No era la única que crecía como telaraña en un otoño tan frío como el actual. La feria de la plaza Homero Manzi, en la zona sur (Salvá al 5900) llegó a sumar unos mil puestos que obligaron a dividir el acotado espacio físico de la plaza en turnos, de viernes a domingo, para evitar conflictos con los vecinos.
Apenas dos ejemplos de mecanismos de supervivencia de los sectores populares frente a la crisis.
También en las redes
Por esos días, la actividad se mudó también a las redes sociales. "Cambio x Mercadería Todas Unidas", fue uno de los grupos cerrados de Facebook que un grupo de mujeres creó para generar trueques por alimentos. La organización llegó a aglutinar alrededor de 29 mil mujeres interesadas en formar parte de los intercambios.
La modalidad nació en San Miguel, provincia de Buenos Aires, se trasladó a distintas ciudades del país, entre ellas Rosario. "Intercambiamos ropa usada o mercadería, no es una actividad que fomenta el lucro. Acá no hay intercambio por dinero, ni por cigarrillos, ni bebidas alcohólicas, ni carne o medicamentos", contaba una de las creadoras de la movida, Alejandra Aguirre, por agosto de 2018.
El grupo de Facebook tenía varias reglas que seguir para poder llevar adelante el trueque sin ningún tipo de inconveniente. Vendedores y compradores se contactaban por la web y los organizadores ponían días, horarios y lugares de intercambio. Quienes iban a retirar los pedidos se identificaban con un cartelito y no se manejaba dinero. Los plantones se sancionaban con tiempos de suspensión.
La generación del trueque
Quienes actualmente se suman a las ferias, sean puesteros o clientes, son las niñas y niños que acompañaban a sus familias a los primeros trueques de 2001. Con ellos aprendieron esta forma de organización, pero sobre todo el espíritu solidario como la principal herramienta para enfrentar las crisis.
Y allí están: ofreciendo lo que tienen para conseguir lo que necesitan. Como entonces, como ahora.