Pensar la lectura y la escritura como procesos que pueden ayudar a construir experiencias de subjetividad social, como una posibilidad de diálogo con otros, de conversación y de acceso al conocimiento, es la idea que expande Gustavo Bombini en sus libros, conferencias, charlas y encuentros. Y así fue en la Feria del Libro de Rosario, donde se presentó para desarrollar estrategias para potenciar la lectura y también la escritura. “Está bueno que los sujetos empiecen escribiendo sobre sí mismos, la escritura autobiográfica en algún momento era medio descalificada, pero creo que es una forma de adquirir confianza e incentivar la escritura”, resume en diálogo con La Capital.
Gustavo Bombini es licenciado y doctor en letras, nació en Mar del Plata y desde hace 40 años vive en Buenos Aires. Fue director del Plan Nacional de Lectura entre 2003 y 2007, una época que recuerda con gloria. “Parece que fue en otro mundo, mi corazón está puesto ahí, en ese tiempo se crearon 1.700 escuelas y comprábamos libros, muchos libros”, dice Bombini, autor entre otros libros de Los arrabales de la literatura, La literatura: entre la enseñanza y la mediación, La trama de los textos, y Reinventar la enseñanza de la lengua y la literatura.
Su vínculo con Rosario es asiduo y siempre relacionado a encuentros para debatir sobre la enseñanza, para aprender, a presentar libros, para participar de acciones conectadas al ámbito de la educación superior. “Durante uno de los gobiernos socialistas habíamos hecho un proyecto que se llamaba Hacer Escuela, que era una capacitación para docentes de toda la provincia y estaba financiado por la Nación. Y el año pasado vine a un evento de nivel inicial en el que hablé de literatura”, recuerda entre tantos viajes para asegurar que mantiene una conexión con Paola Piacenza, la docente que coordinó la charla en la Feria del Libro. Él fue director de su tesis, y ella ahora dirige la maestría en enseñanza de la lengua y la literatura de la Universidad Nacional de Rosario (UNR).
bombini (2).jpg
Gustavo Bombini disertó en Rosario acompañado por la docente y especialista Paola Piacenza.
Foto: Héctor Río / La Capital
Libros, literatura y enseñanza
A principios de mes, acompañado por Piacenza y un auditorio integrado por docentes, profesores, maestros y mediadores de lectura, Bombini conversó en la feria rosarina sobre “Libros, literatura, enseñanza; otra vez”, con ese “otra vez” como significante de lo que se reitera porque es lo esencial: la lectura, la educación, las historias literarias, el vínculo con los estudiantes: “Es un tema recurrente de mi propia trayectoria, yo empecé hace más de 30 años a hablar de estas cosas. Publiqué en el año 89 un libro que fue un poco el inicio de todo un recorrido. Entonces el ‘otra vez’ tiene que ver con repetir estos temas y también con poder pensar en términos diversos del pasado y preguntarnos, de esa tradición de la enseñanza de la literatura, qué tiene sentido rescatar y qué cosas nuevas tenemos que volver a pensar a partir de cambios tecnológicos”.
—¿Cuáles serían esas cosas nuevas que hay que repensar?
—En términos generales, ya los soportes de lectura no son únicamente los libros impresos. Pero esto no significa ningún vaticinio respecto de la muerte del libro ni una renuncia definitiva al formato libro y al papel, al impreso, sino más bien un recorrido nuevo. También me gusta pensarlo como una interfase: del impreso al digital, del digital al impreso. De un digital que en realidad es el impreso, pero puesto en una pantalla es un libro en PDF. O también formatos más interactivos que nacen como producciones multimodales, que en realidad suponen formas de lectura distintas, con interacción entre lenguajes, con la imagen. Y otra cosa es seguir leyendo un libro debajo de un árbol o sobre un escritorio y subrayarlo. O un PDF donde podemos subrayar. Todos esos cambios tecnológicos son bien interesantes para pensarlo, incluso en relación con la formación de lectores.
—¿Qué dificultades se encuentran en la lectura en el pasaje de la secundaria a nivel superior?, ¿Cuál es su experiencia respecto a eso?
—No podemos tener una única vara para medir, porque sino estamos condenando a los pibes al fracaso. Lo que tenemos que generar son estrategias de acompañamiento, formas de ir sabiendo cómo los chicos van. Eso que vos decís, atravesando ese pasaje. Nosotros le llamamos zona de pasaje a ese momento que es un cambio cultural, un cambio institucional, un cambio vital. Como cuando decimos que hay chicos que son primera generación de universitarios en su familia, que tienen como casi la presión —en un buen sentido— de asumir la responsabilidad de ser los primeros universitarios en su familia. Ahí hay todo un cambio cultural que tiene que ver con un proyecto de vida de chicos de 17, 18 años, y que la universidad tiene que tener una mirada bien comprensiva y compleja respecto de eso. Que no se resuelve en un curso de cuatro semanas, sino que es un proceso más largo que incluso toma el primer año de cursada. Hay que seguir acompañando a los chicos para que no fracasen en ese proyecto.
—Respecto al Plan Nacional de Lectura, que cómo ha mencionado estuvo a cargo de 2003 a 2007, ¿Cómo recuerda ese tiempo? ¿Qué evaluación hace de aquella experiencia?
—Fue una experiencia muy potente, fue fundadora en el sentido de que había existido un plan de lectura a los inicios de la democracia, pero en 2003 fue como un nuevo inicio de la democracia que se dio después de la crisis del 2001. Fue un tiempo en el que había una voluntad muy clara respecto de la política educativa. En ese período se crearon 1.700 escuelas, por ejemplo. Entonces, uno como funcionario menor, técnico-funcionario, que era mi rol, uno salía a dar cuenta de esa política en algún sentido simbólico y material, respaldado por el hecho de pensar que ese mismo gobierno estaba construyendo 1.700 escuelas. No soy un nostálgico, pero si analizo las condiciones, parece que fue en otro mundo. No quiero exagerar, pero tengo mi corazón puesto ahí. Además, el ministro Daniel Filmus, un conocedor e intelectual del campo educativo, y también el ministro Alberto Sileoni, que continuó la gestión y que ahora es el ministro de Educación de la provincia de Buenos Aires, lo que está haciendo es lo que hay que hacer: comprar libros. Está recuperando una tradición que nosotros fundamos allá en el 2003, de poder pensar la lectura como un derecho, pensar la lectura como un derecho es pensar el derecho material al acceso. Entonces, los libros tienen que estar ahí. Una política de lectura se construye únicamente garantizando la disponibilidad material del objeto libro. Durante casi los dos gobiernos de Cristina Kirchner, se hizo una universalización de la política de compra de libros. En el gobierno de Macri eso se frenó, lo cortó explícitamente. Y dijo que no compraba más libros porque decía que no se habían usado. Yo lo discutí en ese momento con los funcionarios del macrismo, de dónde sacaban ellos el dato de que los libros no se usaban, y que en todo caso si era así era punitivo: como no los usaste no te compro más. Es como castigar a un niño.
—¿Y cómo ve hoy el Plan Nacional de Lecturas?
—Hoy a nivel nacional se están haciendo procesos de adquisición de libros. Incluso el Infod (Instituto Nacional de Formación Docente) hace semanas entregó libros en los mil y pico de profesorados de todo el país. Esa era una deuda que venía de mi época, la de llevar libros a los profesorados.
—¿Hay una falta de espacio en las currículas destinadas a la lectura?, ¿Falta el tiempo para leer?
—Esto tiene que ver con ciertas prácticas escolares cotidianas, de cómo le hacemos tiempo a eso. Incluso pensar la lectura de los propios docentes, cuál es el lugar, desde el punto de vista profesional, no que lo hagan en su casa, sino dentro de un proceso formativo, ya sea inicial o continuo. Cuál es el lugar que tiene la lectura en la formación docente, inicial y continua. Nosotros de eso habíamos hecho una línea de trabajo, el docente como lector, que tenía que ver con ganar espacios, y que los espacios de capacitación, por ejemplo, pudieran ser de lectura. Me acuerdo que esto tuvo gran pregnancia, pero también me acuerdo de otros proyectos muy interesantes en Jujuy, Tucumán, Salta, Santa Cruz o en provincia de Buenos Aires, donde se generaban tiempos para la lectura y para ese reconocimiento del docente como lector y formador de lectores.
Una foto al pizarrón
—Los chicos sacan fotos al pizarrón para no escribir, ¿cómo se puede incentivar el ejercicio de la escritura?
—Quizás con la foto deciden quedarse con ese texto, se puede pensar en ese sentido. Hoy copiar tiene menos sentido y lo pueden resolver así, con una foto. Ahora sí hay que pensar qué significa el ejercicio efectivo del texto propio, del escribir. Y para eso habría que pensar en estrategias donde la escritura personal tenga lugar. Tenemos la experiencia en cursos vinculados con el ingreso a la universidad, donde en muchos casos venimos sosteniendo la idea de la escritura autobiográfica como una forma del sujeto de ir construyendo su identidad como escritor, y quizás no se construye si le pedimos que haga una reseña de un libro que apenas comprende, o si le pedimos que escriba sobre un artículo que apenas comprende. Por ahí está bueno que empiece escribiendo sobre sí mismo, sus experiencias o sobre su relación con ese libro. Pero no con el contenido del libro en sí, sino con lo que le pasa a él. Todo eso que en algún momento era medio descalificado, la escritura autobiográfica, yo creo que vuelve como una forma de construir subjetividad, de vincularlo a la escritura, esa es una estrategia. Y de construir confianza: yo lo puedo escribir, entonces si a mí me piden de inmediato escribir, por ejemplo bajo el formato de una monografía muy estricta, un paper o un texto argumentativo muy exigente, quizás no alcance ahí, y no solo no alcanzo a escribir eso que me piden, sino que además quedo como medio desahuciado de la posibilidad de ser un escritor.
—Se trabaja entonces sobre reforzar la estima del que escribe.
—Es como una construcción de confianza. En pedagogía es una cuestión importante la de pensar cómo construimos la confianza y nosotros como adultos mediando, somos de una autoridad gigantesca, que a veces no medimos respecto del lenguaje. El profesor de lengua tiene una gran autoridad respecto de lo que hago y lo que no hago. Entonces, el comentario en taller empieza siendo un positivo, porque aunque el texto tenga muchas dificultades, siempre hay algún aspecto que se puede rescatar y el comentario como devolución tiene que empezar por ese aspecto positivo, que incluso es el embrión de otras cosas, para después apuntar a las dificultades, a las fallas técnicas. Es trabajar la escritura no como un problema meramente cognitivo, sino que se juega ahí una apropiación cultural, que es la identidad del estudiante viéndose a sí mismo como sujeto que ejerce una lectura y una escritura. Y eso lo trabajamos pedagógicamente estableciendo situaciones de confianza y de reconocimiento.
—Por último, ¿por qué leer?
—Creo que hay algo en el orden de las diversas experiencias de la vida. Es una relación con el campo del arte, es como preguntarse por qué escuchar música, por qué tomar vino, por qué mirar una pintura, y preguntar qué cuestiones de la riqueza de la experiencia humana se juegan en el lenguaje. Muchas veces, incluso en los enfoques curriculares, se restringe el lenguaje a una cuestión meramente instrumental, cuando en realidad sirve para comunicarse, para defender una idea, para construir una subjetividad que atraviesa experiencias. Eso enriquece la mirada sobre la vida, sobre este mundo capitalista descarnadamente inhumano. Me parece que ahí la lectura supone un tipo de construcción de experiencias de subjetividad y de experiencia social también. Es la lectura como posibilidad de diálogo con otros, como posibilidad de conversación, como acceso al conocimiento, pero no en un sentido meramente instrumental, sino como el ejercicio de esa apropiación del conocimiento, que me parece que es algo clave.