Orden y santafesinismo. Esas fueron las principales consignas del primer semestre del gobierno de Maximiliano Pullaro. Pasada esa posta, el mandatario apunta a profundizar la gestión y blindar su armado provincial en un segundo semestre teñido por la incertidumbre que proyecta la escena nacional, dominada por Javier Milei.
“Es un gobierno que demostró agenda y que dejó en claro que no se esconde, que sabe bien cuáles son sus desafíos, que trata de ordenar y ejercer el poder que la sociedad le dio”, señalan desde el entorno más cercano a Pullaro.
Desde el día uno, la prioridad es la seguridad, el factor decisivo en los dos últimos turnos electorales. Empoderado por el millón de votos que consiguió en septiembre, y aprovechando su mayoría en ambas Cámaras, Pullaro pidió la desfederalización del narcomenudeo, la emergencia en seguridad y el servicio penitenciario y cambios en el Código Procesal Penal de la provincia y en la organización del Ministerio Público de la Acusación. La Legislatura se las dio.
Con el respaldo de la opinión pública agobiada por la violencia en los principales centros urbanos, sobre todo en Rosario, Pullaro lanzó una ofensiva contra los jefes de las organizaciones criminales, que manejaban a control remoto a las bandas desde la cárcel.
Esa movida para mostrar la recuperación de autoridad estatal incluyó las famosas y discutidas fotos de presos con el torso desnudo y formados en filas, con una estética importada de El Salvador.
El mayor momento de zozobra se dio a comienzos de marzo, cuando fueron asesinados cuatro trabajadores —dos taxistas, un colectivero y un playero— para forzar al Estado a retroceder y aflojar las condiciones de detención de los líderes del delito.
Tres meses después de ese punto crítico, el gobierno exhibe datos propios y del MPA que muestran que al 9 de junio los homicidios cayeron entre 2023 y 2024 a la mitad en la provincia —200 contra 94— y a un tercio en Rosario: 52 versus 142.
En la Casa Gris destacan cinco factores. los controles en las cárceles, leyes procesales más duras, más patrullaje, la coordinación entre Nación, provincia y municipio y el rol de las iglesias en el territorio.
Aunque Pullaro y sus colaboradores tratan de evitar el triunfalismo en una pulseada de largo aliento y en la que puede haber contraataques, puertas adentro el gobernador se muestra sorprendido por los números. “Estoy haciendo lo mismo que cuando fui ministro”, les dice a los suyos el criado en Hughes.
Casi al mismo nivel de prioridad que la seguridad, Pullaro ubicó a la educación. Un eje donde se mezclan el debate por los déficits de aprendizaje y una puja con los sindicatos que excede la agenda gremial y entra en el terreno de la disputa de poder.
“El gobierno se propuso ordenar la relación con los sindicatos, que prácticamente se consideraban cogobierno de las áreas. Parecía que antes de tomar una decisión antes había que preguntarle a Amsafe, era casi extorsivo”, indican desde la Casa Gris.
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La defensa del agro y la industria de la provincia y la bandera santafesinista fueron tanto recursos para solidificar la alianza con el extenso e influyente mundo productivo como plataformas para entrar y salir del ring nacional.
La compleja relación con Javier Milei
Expresión de la misma ola de cambio que se llevó puesto al peronismo en 2023, Pullaro es consciente de que buena parte de su electorado se solapa con el de Milei y coincide con la necesidad de equilibrar las cuentas públicas, pero se desmarca del antiestatismo rabioso del libertario y cuestiona el unitarismo recargado que asfixia a las provincias.
En este sentido, Pullaro encuentra en la presidencia de la Región Centro una vidriera nacional, en el marco de la jibarización del Estado que lleva adelante la Casa Rosada.
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Más allá de que la relación con Milei por ahora no pasa de los gestos, en la Casa Gris observan un presidente que debajo de la dureza discursiva empieza a abrirse hacia algún tipo de acuerdo con los gobernadores y la oposición.
En ese contexto desde el gobierno santafesino buscan acelerar el traspaso de obra pública de la Nación a la provincia. A nivel ministerial el diálogo está avanzado y falta el broche político.
Segundo tiempo
Uno de los objetivos para el segundo semestre es sanear las cuentas en Aguas Santafesinas y la caja de jubilaciones y con esos recursos fondear obra pública, uno de los principales sostenes de la actividad y el empleo.
El superávit en las arcas públicas es también un seguro contra la ingobernabilidad, en un escenario donde situaciones de tensión extrema como la que vivió Misiones hace unas semanas podrían repetirse en otras provincias.
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Pullaro junto a la vicegobernadora Gisela Scaglia (PRO), la presidenta de Diputados, Clara García (PS), y el resto de los integrantes de la bancada de Unidos en la Cámara baja.
“Maxi es un gobernador popular, adonde va la gente se amontona”, señalan desde el laboratorio comunicacional pullarista, que observa que el nivel de apoyo al mandatario se ubica en el 65% pero también sabe que es un activo volátil.
Por eso, en este primer semestre Pullaro buscó mantener la cohesión en Unidos, donde conviven radicales, socialistas, macristas, javkinistas, evangélicos, progresistas, peronistas antikirchneristas y liberales de la vieja escuela.
Sin opositores a la vista
A las puertas de una hegemonía política en la provincia, Pullaro y sus socios buscan expandir las fronteras de Unidos, aunque como el personaje de Jim Carrey en The Truman Show están cerca de toparse con el fin del mundo conocido.
El gobernador tiene la ventaja de que la franquicia libertaria es incipiente en la provincia y el peronismo recién está tratando de salir de la confusión.
Otro factor que beneficia a Pullaro es que en el debilitado PJ santafesino asoma una tensión entre los senadores y los intendentes, que tienen una mirada más provincial y pragmática, y las orgas políticas, que quieren nacionalizar la discusión y en modo Mao plantean que hoy la contradicción principal es con Milei.