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Una historiadora aficionada en la Inglaterra de Jorge V
Violet Fenton Boyson se ganaba la vida como mecanógrafa y fue contactada por el naturalista Rupert Vallentin para editar un libro que él había escrito sobre los crustáceos del Archipiélago. Ella se ofreció para escribirle una pequeña introducción que, al cabo de cuatro años, terminó siendo un libro de historia que dejó el estudio de Vallentin reducido a un capítulo al final del mismo.
Boyson inscribe la historia de las Islas en la más larga secuencia que uno pueda imaginarse: la saga de la humanidad por descubrir lo nuevo. En realidad, el ciclo que analiza la autora es el de la expansión europea sobre el resto del mundo.
La autora afirma que este archipiélago del Atlántico Sur está conectado geológicamente con la Patagonia por una plataforma submarina, y también que fue visto, nombrado, perdido de vista, vuelto a encontrar y vuelto a perder de vista muchas veces por navegantes y cartógrafos de varias naciones. No obstante, la autora establece que su historia comenzaría con el segundo viaje de Cavendish (1591), ignorando entonces en este rubro los anteriores avistajes desde naves españolas, portuguesas y holandesas.
Sin perder la elegancia, en algunos aspectos Boyson es bastante crítica con sus connacionales. Escribe que solo la cortesía convierte en corsarios a los piratas, en botines a los robos y en tripulación de un barco a sus más recientes asaltantes, capaces de transformar un barco de cualquier bandera en un ave rapaz donde flamea la Union Jack.
Su versión de la historia de las Islas no es improvisada. La autora trabajó con los manuscritos del Foreing Office (ventiló quejas, diciendo que no le dejaron ver todo lo que quería), con los Papers... relativos a las negociaciones entre Gran Bretaña y España por las Islas, memorias, diarios, toda la literatura de viaje exigible para la época. Además leyó la Memoria histórica sobre los derechos de soberanía de la Confederación Argentina de Pedro de Ángelis (1852) y los documentos publicados por Paul Groussac en los Anales de la Biblioteca de Buenos Aires (1910). A pesar de las múltiples ironías y críticas veladas que recorren el libro sobre los modos en que Inglaterra construyó su imperio, su narrativa termina comprometiéndose con las historias que buscan legitimar la propiedad de SMB sobre las islas. Lo que no deja de ser interesante es que reconoce la intromisión británica en diversos territorios hispánicos desde 1740, siempre con el objeto de deteriorar la jurisdicción española sobre territorios americanos. También reconoce que “de todos los nombres otorgados a las islas la más hermosa, la llamaron Isla Nuestra Señora de la Soledad.”
El libro de Boyson ha ayudado a difundir varias falacias. El título del tercer capítulo "1767-1774: Joint Spanish and British occupation..." falsea la realidad, porque la ocupación continua y el gobierno efectivo sobre las Islas fue precisamente español mientras que el asentamiento de Port Egmont (bajo bandera británica) fue inestable, asediado, expulsado, negociado, vuelto a asentar y luego definitivamente expulsado entre durante ese período. Boyson dibuja una continuidad donde no la hubo. El quinto capítulo, "1808-1834", tiene como primer subtítulo No mans land (tierra de nadie), otra falsedad destinada a preparar el terreno para justificar la absoluta disponibilidad de un territorio (que no lo estaba) así como la caracterización no violenta de la invasión de enero de 1833, cuando John Olsmow, comandante del Clío, no aceptó las protestas que Pinedo hizo en su propia nave y desembarcó para izar la bandera británica y expulsar a la guarnición argentina.
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Un alemán, desde EEUU, en contra de Inglaterra
Sobre el libro de Julius Goebel Jr., en cambio, se ha escrito mucho. A diferencia del de Boyson es el libro escrito en inglés más citado por historiadores españoles y argentinos, incluso antes de que fuera traducido a nuestra lengua y publicado en Argentina por la Marina nacional, en 1950.
Su aparición en 1927 desató furibundas críticas entre los académicos británicos. Uno de sus comentaristas, Richard Shepherd, dijo que esas Islas del Atlántico Sur no eran interesantes como para justificar la publicación de un libro de este tamaño sobre ellas. Después de ese comentario lapidario, el libro recibe de todos modos grandes aplausos por sus valiosos méritos, entre los cuales se destacan la fiabilidad del relato y las lecciones sobre derecho de gentes (antigua forma del derecho internacional público).
Goëbel, nacido en Alemania en 1857, pero instalado en Estados Unidos desde 1881, hizo una tesis en derecho internacional público a caballo de la Primera Guerra mundial gracias a una beca para visitar archivos españoles que le otorgó la Universidad de Columbia entre 1915 y 1916. En el libro, surgido de esa tesis, analiza detalladamente todos los materiales a su alcance: mapas, libros de viajes, documentación oficial de las coronas inglesa y española.
Goebel no compartía en absoluto las certezas en las que se apoyaba V. F. Boyson para demostrar antigüedad británica en el "descubrimiento y conocimiento" de las Islas: al contrario, después de exponer varios elementos y contrastar descripciones, sostiene que afirmar que las islas fueron descubiertas por Hawkins no le parece razonable, ya que ese grupo de islas eran evidentemente el mismo "...que los españoles alegaban haber descubierto algunas décadas antes."
Para algunos lectores de la primera posguerra la obra estaba atravesada por dos temas clave: muestra que Gran Bretaña tomó y mantuvo las Islas Malvinas bajo su poder ejerciendo la fuerza o amenazando hacerlo y que la actitud estadounidense frente a la toma de 1833/1834 reveló la falacia de la denominada Doctrina Monroe, ya que no hicieron nada para apoyar a la gobernación de Buenos Aires contra el invasor inglés.
El libro de Goebel fue divulgado en la Argentina por Teodoro Caillet-Bois a comienzos de abril de 1928 a través del diario La Prensa. La obra fue inmediatamente reconocida como un valioso aporte para los reclamos diplomáticos argentinos sobre el Archipiélago, y no solo por lectores argentinos.
La realidad de esta afirmación se confirma en las acciones tomadas por la diplomacia británica: apenas aparecida la obra, el encargado de negocios de SMB en Buenos Aires, Victor Mallet, sugirió al Foreing Office la inmediata publicación de una refutación del libro. La respuesta que recibió del funcionario residente en Londres figura entre los antecedentes que ayudan a reconocer la calidad de este libro: “No encuentro en él ninguna gran perversión de los hechos. Es más bien en las deducciones clara y consistentemente hostiles de estos hechos que tenemos motivos para discutir con el autor'."
Más claro imposible: los hechos no están pervertidos, no hay falacias. Lo que la diplomacia británica quería discutir con el autor, en todo caso, son las consecuencias que tenía la publicación de un libro que los presentara tan claramente. Otro funcionario le recordó al mismo embajador que desde el punto de vista británico la controversia estaba casi muerta, por lo que reavivarla refutando el libro sería un error.
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La anécdota del salesiano
En su libro autobiográfico donde reseña los 33 años que pasó en las Islas, el misionero salesiano Mario Luis Migone, dejó una anécdota que resume por qué el libro de Goebel prefirió ser ignorado por el funcionariado de un imperio que, además, en 1928, estaba en un momento de máxima expansión. El gobernador inglés de las Islas, Arnold Hodson, le prestó a Migone el libro de Goebel y lo instó primero a leerlo y luego a comentarlo. Un mes más tarde, según Migone, se produjo este intercambio:
— Usted me entregó este libro de Goebel, que acabo de leer con sumo interés, aunque dudo mucho que por su parte haya hecho lo mismo.
— ¿Por qué? –me preguntó-.
— Por la sencilla razón que, de haberlo usted leído, hubiera tenido forzosamente que dar por muertos y enterrados los pretendidos derechos de los ingleses a la posesión de estas Islas.
— Ahí es, donde está usted equivocado, ya que, por lo visto, no toma en cuenta que la posesión constituye las nueve décimas partes del derecho" (Migone, 1948: 27).
La respuesta de Hodson omite un aspecto esencial: esa posesión está basada en un hecho de fuerza (la ocupación de 1833 fue a punta de cañón y otras armas de fuego), protestado por el gobierno de Buenos Aires desde el primer momento. El libro de Boyson intenta pasar por alto este detalle, apoyándose en la falacia de que las islas eran “tierra de nadie”. Al contrario, el libro de Goebel, retomando y ampliando en inglés los argumentos y las fuentes que habían ofrecido unos años antes Pedro De Ángelis y Paul Groussac en español y en francés, desnuda los diversos incumplimientos británicos de los acuerdos entre coronas durante el siglo XVIII así como que la toma británica de las Islas en 1833 fue realizada usando la fuerza sobre las autoridades dependientes de Buenos Aires como legítimos ocupantes de las mismas. Lo que la diplomacia británica intenta mostrar como derecho de posesión se basa, en realidad, en la violación de los derechos que legítimamente detentaba sobre el Archipiélago la joven Confederación Argentina.
(*) Darío G. Barriera es Investigador Principal del CONICET – Vicedirector del ISHIR (CCT Rosario) – Prof. Titular de Historia Americana Colonial en la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR, donde dirige el Programa Malvinas y Atlántico Sur.