El libro empezó a gestarse con un tema muy complejo y puntual: las falsas denuncias de abusos y maltratos en las escuelas y cómo éstas impactaban en el vínculo entre docentes, alumnos y familias. La ternura bajo sospecha, tal como inicialmente se iba a llamar el texto de Liliana Maltz, docente, licenciada en ciencias de la educación y psicóloga social.
“La educación sexual integral (ESI) es una herramienta central en la prevención del abuso, pero la cantidad de falsas denuncias a docentes que terminan sobreseídos es enorme y eso impacta, porque después esos docentes tienen miedo de tocar, de abrazar, de higienizar, de enseñar el rol en la educación física. Esto tiene mucho que ver con la ESI, porque hace al vínculo y a construir un cuerpo que necesita ser abrazado o acariciado”, apunta Maltz a La Capital sobre la génesis de Vaivenes de la ternura: ESI en el nivel inicial, publicado por Novedades Educativas. Como aquel poema de Roberto Juarroz, que habla de esos vaivenes y que dice: “La ternura disuelve esa línea ilusoria que divide las aguas de la separación y del encuentro”.
Maltz dice en el libro: “Son múltiples las consecuencias de las falsas denuncias. Además de arruinarle la vida a gran cantidad de docentes y a sus familias, fue aumentando el temor a cambiar los pañales o la ropa, a abrazar, a tocar, a hacer upa a lxs chicxs en la gran mayoría de las instituciones de la primera infancia”.
Un fogón federal y colectivo
En un primer momento el libro iba a transitar por ese camino. Pero luego llegó la pandemia y fue convocada por la editorial a armar un encuentro que transformó en fogón virtual, donde directoras y docentes de todo el país presentaron proyectos y testimonios de cómo acercaron la ESI a las familias durante en tiempo del aislamiento. En base a una serie de preguntas para recabar información sobre posibles obstáculos, inquietudes y oportunidades respecto de la implementación de la ESI durante el aislamiento social y recibieron cerca de 200 respuestas de alrededor de 50 educadores y educadoras, y más de 500 participaron del fogón. “Ahí pensamos incluir eso en el libro y entonces el libro dio un giro”, cuenta la educadora. Con la misma editorial, Maltz publicó en 2018 Educación Sexual Integral. Una oportunidad para la ternura.
Quince años de ESI
Este año se cumplieron 15 años de la sanción de la ley nacional de educación sexual integral. La ley Nº 26.150 establece la obligatoriedad de la ESI en todos los niveles y modalidades del sistema educativo, además de crear el Programa Nacional de Educación Sexual Integral, para garantizar su cumplimiento. La ESI como derecho de niñas, niños y adolescentes. En su artículo 9º, la norma establece entre sus objetivos “promover la comprensión y el acompañamiento en la maduración afectiva del niño, niña y adolescente ayudándolo a formar su sexualidad y preparándolo para entablar relaciones interpersonales positivas” y “vincular más estrechamente la escuela y la familia para el logro de los objetivos del programa”.
Pero el abordaje de Maltz no es desde la ternura como concepto ingenuo o naif, sino desde un lugar más profundo. Como decía el psicoanalista Fernando Ulloa, hablar de ternura en estos tiempos de ferocidades “es poner el acento en la necesidad de resistir la barbarización de los lazos sociales que atraviesan nuestros mundos”. La ternura como fortaleza y no como debilidad. “La ternura —dice Maltz— como un concepto político que pone en valor los vínculos y lo comunitario, frente al individualismo exacerbado y la competencia del ‘sálvese quien pueda’ que propone el neoliberalismo”.
—En estos vaivenes hay testimonios, reflexiones, canciones, experiencias e historias. ¿Me contás alguna que esté en el libro?
—En relación al tema de las falsas denuncias, en el libro está el testimonio de una supervisora con quien yo trabajé, cuyo hijo fue falsamente acusado. Me parece muy interesante y me conmovió mucho su testimonio, porque ella lo cuenta en su doble rol de supervisora que tiene que acompañar una situación así, pero a la vez lo vivió como mamá. Trabajé en el jardín donde su hijo fue falsamente denunciado de abuso, está recontrasobreseído, pero todavía hoy hay marcas en ese jardín, como de cuidarse con un abrazo. Porque cuando un jardín vive la denuncia de un colega no es un miedo abstracto, es un miedo de saber que te puede pasar. Ese testimonio en primera persona, pudiendo pensar y reflexionar sin buscar venganza, me resultó sumamente conmovedor desde la cercanía. También relato en el libro muchas experiencias de jardines que sostuvieron la ESI durante el Aspo (aislamiento social preventivo y obligatorio), y vos veías las ganas de las directoras y docentes de compartirlo. No sé si el libro logra reflejar el entusiasmo y el esfuerzo que hicieron para sostener la ESI durante la pandemia. Por ejemplo, un jardín que repartía durante las jornadas de “Educar en la igualdad” folletería con direcciones a dónde recurrir frente a situaciones de violencia de género, pensando en expandir a toda la comunidad esa información y no solo a las familias del jardín. O una directora que cuenta un proyecto donde mamás psicólogas dan talleres para familias y arman un espacio de horizontalidad hermosísimo.
—Hablando de la ESI, al principio del libro hay una frase que habla de los docentes cuestionados por “robar la inocencia”. ¿Qué implica?
—Es muy interesante eso, porque prácticamente todas las experiencias que voy relatando surgen del territorio escuela, de mi trabajo como capacitadora o de otras docentes, y hubo muchas acusaciones de “vos le robaste la inocencia a mi hijo, no quería que supiera tal o cual cuestión”. Me parece que acá hay varios temas. Por un lado, patologizar la sexualidad infantil y pensar que si una nena o un nene tiene cierta información, que además es una información obligatoria porque es parte de la ley, esto los va a transformar en perversos sexuales, con una carga adulta en lo que es la sexualidad infantil. Y además una mirada ingenua, porque hoy las redes y el acceso a la pornografía está muy al alcance de la mano. Lo que les roba la inocencia en todo caso es el acceso fácil y temprano a sitios que no le corresponden a la niñez, y no un contenido dado amorosamente, con cuidado, pertinente y científico, que es lo que propone la ESI. Además en esta acusación también entra una idea que tenemos que seguir remando en dulce de leche, que es pensar que hablar de ESI es hablar de relaciones sexuales, métodos anticonceptivos o posiciones eróticas en el nivel inicial. Aún hay una idea muy fuerte biologicista y genital que no tiene que ver con la ESI.
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La autora, psicóloga social y licenciada en ciencias de la educadora, reivindica la ESI en el nivel inicial y cuestiona a quienes sostienen que los docentes “quitan inocencia” a niñas y niños.
—Hablabas del vínculo con las familias y hay un capítulo en el libro que habla del WhatsApp de la escuela, donde se plantea ir de un objeto temido a un lugar amoroso. ¿Cómo trazar ese puente?
—Me parece que una de las cosas que nos enseñó la pandemia, o en este caso el análisis de los grupos de WhatsApp, es que un recurso cualquiera no es bueno ni malo en sí mismo, sino que depende del uso que se le da. Cuando un grupo de WhatsApp se transforma en un objeto persecutorio para las docentes, porque cualquier cuestión se transforma en un teléfono descompuesto, entonces si un nene le tocó a otro la cola en el WhatsApp se transforma en que alguien abusó de otro, es una historia. Pero cuando un grupo de WhatsApp durante el Aspo también se transformó en un espacio donde a todas las nenas y nenes les llegaba la voz amorosa de su maestra, un cuento o la posibilidad de estar conectados desde un lugar muy cuidadoso inclusive con las familias. Entonces no es el grupo de WhatsApp en sí mismo, sino cómo se utiliza. En ese punto el Aspo nos dejó un aprendizaje muy fuerte, porque en realidad era el recurso más accesible, porque muchas familias no tenían otra posibilidad de estar conectadas y recibir algo de las docentes. Entonces a mí por lo menos me abre la chance de dejar de demonizar un recurso y en todo caso abrir preguntas respecto de cómo lo usamos.
—En el libro anterior también apelás a la palabra ternura. ¿Qué implica este concepto?
—Parto de la frase de Fernando Ulloa, que habla de que la ternura permite resistir la barbarización de los lazos sociales, en especial después de lo vivido en la pandemia. La ternura como un acto político, pensar al otro, como posibilidad de armar otras comunidades que nos sean individualistas, donde el otro no sea mi enemigo. A mí me parece fundamental y me parece que la ESI es una herramienta que nos enseña y nos propone una manera de vivir juntos desde un lugar de cuidado colectivo, comunitario, en oposición al individualismo y a la crueldad, en oposición a transformar al otro en una cosa que no me interesa. Creo que esta pandemia puso el concepto de ternura versus crueldad en muchos actos que se veían. La ternura que había de las docentes hacia las familias desde un lugar de cuidado frente a muchas situaciones de crueldad y de individualismo extremo como el “salgo a la calle sin barbijo porque no me importa y no me vacuno porque no me importa”. Creo que en la pandemia quedaron muy en claro esas dos posiciones.
—¿Creés que en esta sociedad, atravesada por el neoliberalismo, el concepto de ternura está desvalorizado?
—No creo que esté desvalorizado, pero sí lo quiero correr de un concepto naif. Por eso reivindicar el concepto que plantean autores como Fernando Ulloa o Rita Segato, la ternura como un concepto político que pone en valor los vínculos y lo comunitario, frente al individualismo exacerbado y la competencia del “sálvese quien pueda” que propone el neoliberalismo. Creo que sí hay un concepto naif que es fundamental interpelar, pero hay autores que lo reivindican desde un concepto más profundo, que es el que yo propongo en el libro, que sostengo y que creo que la ESI viene a poner en valor, contraponiendo al mercado y al neoliberalismo más extremo, la posibilidad de armar comunidades desde otro lugar.