La Pandemia de Covid-19 fue un fenómeno planetario que aún nos conmociona. No hubo ninguna nación en el mundo que no haya registrado casos.

La Pandemia de Covid-19 fue un fenómeno planetario que aún nos conmociona. No hubo ninguna nación en el mundo que no haya registrado casos.
Hay un conocido dicho del sanitarismo: un brote nos puede sorprender, una pandemia no. Pues volvimos a tropezar con la misma piedra. Por ello, si hay algo que esta pandemia no fue, es inesperada. O en todo caso sólo lo fue para la gente común.
En 2019 la OMS advertía sobre la “amenaza muy real de una pandemia fulminante, provocada por un patógeno respiratorio” (informe anual de OMS, firmado por su presidente en 2019).
Numerosos trabajos científicos alertaron sobre su inminente ocurrencia. La ciencia sabía que iba a ocurrir, los gobiernos también. Pero el planeta no tiene comandante a bordo.
La globalización económica, la expansión caótica del modelo productivo y la cultura del sálvese quien pueda, desembocaron inexorablemente en este desastre.
Porque una epidemia no solo es un fenómeno biológico, sino social, cultural, médico, económico, ambiental, político e histórico.
Un inestable equilibrio entre naturaleza y sociedad se rompe en un momento por factores que involucran en mayor o menor medida la acción humana. Esta ruptura se produce en un contexto, en un tiempo y en un espacio. Su dimensión, también está supeditada a las circunstancias.
En la historia, las epidemias, en tanto fenómeno de masas, han estado atadas a movimientos poblacionales. Los procesos sucesivos de urbanización, algunas veces han devenido en catástrofes sanitarias.
La viruela y el sarampión, por ejemplo, diezmaron las poblaciones originarias de América, en la época de la conquista. Al terminar el siglo XVI, entre los españoles y sus microbios se habían dado cuenta que el 95 por ciento de los americanos. No es cuestión de minimizar la brutalidad de los conquistadores, pero es probable que el arma más letal fuese su invisible portación. La desproporción entre el número de habitantes y el de invasores hace imposible que el genocidio se haya debido solo a las masacres.
Más acá en el tiempo, la Gripe Española (1918-1919) o Gripe de Kansas fue la responsable de 30 a 100 millones de muertes en 8 meses. Norteamérica y Europa, principalmente, sepultaron millones de jóvenes. Ningún evento planetario (ni la peste bubónica ni las guerras mundiales) sumó tantas víctimas en tan poco tiempo.
En esta oportunidad, la humanidad observó absorta cómo fueron cancelados los desplazamientos mientras la economía mundial se desmoronaba. La rápida propagación del virus confinó a millones de personas en todo el planeta.
La impresionante velocidad del colapso encuentra sus razones en la globalización neoliberal.
En efecto, la Pandemia comenzó en China, base de la producción de muchas de las partes, insumos intermedios y bienes finales.
Juan Perez Ventura, escribió en su blog “El nuevo orden mundial en el siglo XXI”, que las multinacionales, para mejorar sus ingresos han buscado disminuir sus gastos en recursos humanos, ‘deslocalizando’ la producción: trasladando los procesos industriales a Asia, África y Latinoamérica. Cuando ese engranaje de la producción se interrumpe (en este caso por la pandemia), el sistema económico mundial cruje. Y así fue.
El Profesor Louis Hackett, ya en 1950 había advertido que si la gente se está cayendo continuamente en un abismo, es más barato y más humano construir una barrera en la altura que un hospital en el fondo.
Pues bien, la economía del mundo se ha estado organizando en el sentido contrario.
El 25 de septiembre de 2015, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible, donde se compromete a ”… poner fin a la pobreza y el hambre en todo el mundo de aquí al 2030, combatir las desigualdades dentro de los países y entre ellos, a construir sociedades pacíficas, justas e inclusivas, proteger los Derechos Humanos y promover la igualdad entre los géneros, el empoderamiento de las mujeres y niñas y a garantizar una protección duradera del planeta y sus recursos naturales…”
Para que no sea pura retórica, es inevitable revertir los procesos de producción y consumo actuales.
Cuando observamos la curva de crecimiento de la población mundial y vemos la forma en que el modelo económico y social vigente ha corrompido los ecosistemas, podemos comprender el motivo de la mutación de los microorganismos: es pura supervivencia.
El Coronavirus hizo un salto de especie aparentemente en diciembre de 2019 en la ciudad de Wuhan. Lo demás es historia conocida.
Pese a la actitud de sectores conservadores de apelar a la “responsabilidad individual” para enfrentar la epidemia, hoy podemos comprobar su inviabilidad: ningún fenómeno de masas (y una epidemia lo es), puede ser superado sin la participación activa del sujeto pueblo. El individualismo hace prevalecer los intereses particulares sobre los del colectivo, sin aceptar que el bien social contempla el bien particular, incluyendo la libertad futura. En tiempos de peste , dirá Albert Camus, sólo hay historia colectiva, caducan los destinos individuales.
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Muchísimos ejemplos bioestadísticos, nos permiten afirmar que aún dentro de los límites de la globalización neoliberal, concentradora en lo económico e individualista en lo cultural, hubo un proceso de cooperación mundial, más o menos coordinado, que evitó una catástrofe sanitaria de mayor envergadura.
Aún así, solo por poner un ejemplo, en nuestro país hubo casi un 20 por ciento más de fallecimientos que en años no pandémicos.
Algunos Estados tomaron nota, comenzando a establecer nuevas prioridades.
Definitivamente, la ‘nueva normalidad’ estará determinada por una “nueva moralidad”. O volveremos a tropezar con la misma piedra.
(*) Ricardo Nidd es médico psiquiatra especialista en epidemiología de la Universidad de Rosario. Actual profesor adjunto en la Cátedra de Medicina Preventiva y Social y ex decano de la FCM - UNR (período 2015-2019) …