La palabra que signifique, pero también que haga magia
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"La palabra que signifique, pero también que haga magia"

Beatriz Vignoli presenta "Viernes", un tomo con toda su producción poética desde 1979 hasta el presente. En diálogo con Cultura y Libros, la polifacética creadora y periodista local aseguró, contundente: "Toda mi poesía surge de un genuino deseo de rebeldía"
21 de noviembre 2021 · 00:17hs

Viernes santo es un poema sobre los tres días sin Dios en la tierra. El tiempo que pasa Cristo muerto. Después vuelve, pero entre la muerte y la resurrección, la humanidad queda en una orfandad total, se nos raja el templo, un rayo lo parte”, dice Beatriz Vignoli (Rosario 1965) sobre su segundo libro de poesía, Viernes, publicado en 2001 por la editorial Bajo la Luna. Ya pasaron veinte años y, con el mismo nombre, la artista rosarina ofrece al mundo su obra reunida que incluye sus diez poemarios, uno inédito (Tálamo), un poslibro con material juvenil y poemas no publicados en libros, en un volumen extraordinario editado por el sello porteño Ediciones Nebliplateada (Eloísa Cartonera). Viernes. Poesía reunida (1979/2021) resignifica el sentido original de aquel poema sacrificial con un arte de tapa festivo porque celebra la producción de Vignoli hasta el presente, al mismo tiempo que recoge y proyecta una cronología de vida. En conversación con Cultura y Libros a propósito de esta publicación, la escritora, periodista y crítica de arte y literatura hizo un repaso vertiginoso por su trayectoria artística y también visitó mundos privados: compartió legados, inspiraciones, obsesiones y batallas.

“Fotos de álbum familiar, de presentaciones del año del moño, manuscritos, dibujos míos, facsímiles, collages. Es un trabajo sobrehumano, es el tipo de trabajo que se hace cuando uno ya está muerto, fue durísimo, gracias a Dios estaba Marina, yo sola no hubiera podido, me hubiera paralizado completamente”, explicó Vignoli sobre el enorme trabajo que hizo junto a Marina Maggi, poeta e investigadora rosarina, prologuista del libro, que se puso al hombro las tareas de reunir, archivar, clasificar, incluyendo todo tipo de material inédito y poemas que la autora pública desde 1979. “El mismo impulso de donde salen los textos es un impulso de desesperación radical, esa paciencia por mí misma no la tengo, por eso hago sociedades con estas mujeres con las que fraternalmente yo pude contar mi historia”, reconoció Vignoli, prolífica en todo el quehacer literario y dueña de una de las voces más potentes y originales de la poesía contemporánea argentina: “Toda mi poesía es medularmente política, surge de un genuino deseo de rebeldía contra ciertas imposiciones injustas”.

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“Trabajar ese archivo, esa masa selvática, es trabajar recuerdos de vida, todo eso me iba pasando por el cuerpo, pero es cruzar el recuerdo con los documentos, y un documento con otro documento, y empecé a entender qué es la historia. Qué es historiar. Eso lo aprendí con Marina. Ella ponía marquitas, papelitos de colores, señalizaba, sacaba fotos”, detalló la poeta sobre este tomo que estará llegando muy pronto a las librerías de la ciudad. También, hizo una confesión: “De toda la obra reunida cambié una sola palabra, pero no puedo decir cuál es. Le prometí a la editora María (Gómez), que fue quien me propuso reunir todos mis libros, que no iba a tocar nada, pero esa palabra me despertó en medio de la noche y lo tuve que hacer”.

Además de Viernes, Vignoli habló del lanzamiento de su flamante editorial, AlfonZinas, que formó en sociedad con la fotógrafa y artista Julieta López. Juntas el mes pasado publicaron Renacer, el primer libro de Marta Febré, poeta, pintora e histórica propietaria de un kiosco de revistas (su “casa de lata”) en el barrio La Sexta, y que el pasado 10 de noviembre fue declarado de interés municipal en el Palacio Vasallo.

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–¿Por qué elegiste a Marina Maggi para este trabajo?

–Porque es la mejor poeta de su generación, con un talento, un brillo y una música. Su generación recupera lo mejor del 50, a Hugo Padeletti y a Willy Harvey, que fue amigo mío. La poesía del 50 trabaja el significante sonoro del poema, y eso quedó eclipsado por la poesía del 60, que fue mucho más estridente, más popular, realista. La poesía del 50 buscaba esa filigrana musical, buscaba atrapar estados inefables de la conciencia. Hugo Padeletti tiene un trabajo exquisito, y yo era una gran admiradora de esa poesía. Y cuando vi lo que hacían ella y los poetas de su generación, como Santiago Gómez Aparicio que también es muy grosso, dije “acá hay alguien que leyó lo que yo quise hacer, entonces va a saber leer lo que hice”, esa es la ecuación. Además tienen una formación clásica demoledora y la comparten con humildad, no especulan con eso, lo destinan a donde tiene que ir, que es a la obra.

–Sos muy prolífica en todo el quehacer literario, pero, ¿no es agotador hacer las veces de escritora, editora y periodista de tu propia obra?

–¡Agonía, agonía! como dice Lorca. Lo padecí porque siempre soy editora de mis propios textos pero, ¿y el costo subjetivo? Te la regalo, es infernal asumir todos esos roles, pero eso tiene que ver con un hacer argentino o latinoamericano, de ciertas condiciones y de cómo algunos respondemos a esas condiciones, surge de la necesidad. Hay una precariedad extrema en la vida. Mi segundo libro me lo hice yo, lo diagramé yo con la máquina de escribir que me regaló mi tía Elba para mi cumpleaños de quince, y me la regaló porque era de su marido que se había muerto y ella no la podía usar porque era literalmente manca, además de ser feminista y la única peronista de la familia. Es el do it yourself al extremo, desde siempre.

–Tenés un volumen de producción enorme… ¿Nunca paraste de escribir?

–A los últimos diez o doce años les digo la década perdida porque considerando todo lo que hice antes, es mucho menos. ¿Pero qué es parar? El poema viene y hay que estar. El poema viene con el silencio, cuando hago silencio, lo tengo que recibir. Eso es lo que no para, no soy yo la que no para, lo que no para es el poema. Yo tengo la sensación de que no hago nada, pero es ese algo, que también es de uno, pero que uno no reconoce como propio, porque nos identificamos con la tontera, con lo más tonto. Armamos nuestra identidad sobre estupideces, como el nombre propio. Tengo un poema sobre el nombre propio y se llama Error de marketing.

–Ya habías contado que tu nombre te lo puso tu abuelo escultor. ¿Qué hay de legado en tu destino como artista?

–Sí por Beatrice del Dante. El legado vino raro, vino por el lado de mis abuelos. Hubo un salto, donde yo me afilio con ellos. Mis padres también, me dieron muchísimo empezando por la vida pero lo que uno recibe de los padres es inconsciente, lo tenés en el cuerpo, lo vas descubriendo más tarde, en mi caso cuestiones ligadas a la espiritualidad, a lo religioso, en cambio el legado de mis abuelos estaba clarísimo: era arte, literatura, eran gente cultísima. La pareja cruzada: el papá de mi mamá, Erminio Blotta, escultor que trabajaba el mármol; y la mamá de mi papá, que era una mujer muy especial: Elvira de los Ángeles Fontá, la primera mujer egresada de la Universidad Nacional de Rosario, era bioquímica. Aparte de que me amaba, era una persona llena de energía, llena de pilas y de amor.

–En perspectiva de obra reunida, ¿se modificó mucho tu escritura?

–Sí, se modificó porque yo siempre estuve entre dos polos. En uno, el trabajo finísimo con el lenguaje, de búsqueda que tiene que ver con mi formación, yo estudié el traductorado de inglés, estudié estilística y traducción literaria, estoy todo el tiempo en la búsqueda de la palabra justa, y que además suene bien. Sonido y sentido es la obsesión del traductor literario. La palabra que suene y que diga al mismo tiempo, que signifique pero también que haga magia. Hay algo del orden del encantamiento, del sonido de la palabra que te tiene que producir algo. El otro polo es la contingencia que surge tanto del deseo de expresar como de la urgencia por describir. Mi escritura oscila entre estos dos extremos, buscando un equilibrio.

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–Además de la escritura, otra instancia muy potente en tu poesía es la lectura en voz alta...

–Me gustan las perfo, me acuerdo de una en particular, que fue la lectura del poema publicado en Lo gris en el canto de las hojas (2014), en la que durante los cinco minutos de lectura yo intento encarnar el karma de Omar Chabán. Fue muy trágico lo que pasó en Cromañón, lo que él hizo y lo que pasó. Cuando a mí Rosario Bléfari me pide que recite ese poema, después me pregunta, “¿vos al final lo defendés o lo hundís?”. Lo que yo quiero expresar en el poema es lo que filosóficamente expone Kierkegaard sobre la tragedia, lo que hay entre la culpa y la inocencia, como eso indecidible que hay en lo trágico. Más allá de la moral o discurso superyoico, acusatorio, porque esas son todas ficciones. El problema en mi poesía es el problema de nuestras vidas, es la culpa del inocente, ese es el hueso, la médula de todo lo que escribí, la culpa que nos hacen pagar los que tienen poder. Hay que ver qué decisiones tomás para sustraerte de los discursos culpógenos, ahí está el gesto emancipador.

–Hablando de Chabán, en tu poesía y en tu narrativa hay mucha pertenencia a la cultura rock.

–¿Viste el tango que dice "de chiquilín te miraba de afuera"? Nosotros en los 80, acá en Rosario, idealizábamos esa noche porteña que Chabán representaba y a la que no podíamos acceder, era mucho más rica en arte, más llena de vida, y desde el tedio provinciano de lo que era Rosario en los 80, idealizamos todo. Acá la noche estaba muerta, siempre lo estuvo. Nadie sabe a dónde va la noche es todo un invento, de alguna manera muestra eso, porque hay un deseo de noche. “¿Cuándo empezó a ser un lugar la noche?” y acá no había esa noche, había que irse a Buenos Aires y no nos alcanzaba la plata para llegar, y nos cagábamos de odio con mis amigos pensando en lo que nos estábamos perdiendo. Y mucha de mi poesía sale de esa bronca, como dice Kundera, la vida pasa en otra parte.

–Otro poema tuyo que se volvió un hit es Eugenesia. ¿Qué historia hay detrás?

–Eugenesia iba a ser una pancarta, esa parte de la historia no la cuento en el libro, pero dentro de la movida “Macri no” surgió el movimiento de trabajadores y usuarios de la salud mental en defensa de la ley nacional de salud mental, y yo participé de varias reuniones. Organizamos festivales y en uno de esos yo quería hacer una pancarta como un hombre sándwich, después me dio fiaca porque era mucho laburo, y lo subí a Facebook, y a todo el mundo le encantó. Eugenesia sale del lugar de una persona estigmatizada, que tiene que ver con lo que yo estaba pasando en ese momento de hostigamiento vecinal, y, no es que agarro y me pongo en lugar “de”, era lo que yo sentía, yo a mis privilegios no los veía, a lo mejor los tenía, pero si no los hubiera tenido capaz que ahora estaría muerta. Pero fue muy loco, porque yo me veía como usuaria, entré a militar como usuaria. ¿Cuál es la manera más segura de no terminar en un manicomio? Que no existan los manicomios. Entré ahí para no estar sola frente a tanto estigma social, pero esta historia no se las contaba a mis compañeros. Ellos me veían como una periodista que banca la movida, que hace notas, y yo sentía que estaba luchando por mi vida.

Parte de la religión

En la entrevista se vuelven recurrentes, como refucilos que anuncian una tormenta inminente, las imágenes bíblicas. Beatriz cuenta que se trata de las imágenes que le machacaron desde su niñez, en el colegio religioso, y sus padres, muy católicos cada uno a su manera.

“Mi padre era devoto de San Francisco de Asís, era colaborador de la obra de Don Orione, creía en la divina providencia y tenía una veta medio mística. Y la religiosidad de mi madre era desde un lugar que tiene que ver con el ascetismo, el autosacrificio, la privación, negarse a los placeres. Ahora la puedo comprender a mi madre, después de leer mucho, esa austeridad que para mí fue horrible y que sufrí mucho hasta que entendí el grado de entrega a su ideal, porque regalarles a sus hijos una cruz era lo más excelso que ella podía darnos, porque así te ganabas el cielo”.

–¿Y qué te quedó de todo eso?

–Una profunda búsqueda espiritual. También aprendí mucho trabajando con los sueños, no me hubiera podido meter a leer sobre religión o filosofía o espiritualidad en el sentido amplio, si primero no hubiera ido comprobando cosas en los sueños, no solo en los míos sino toda la práctica de compartirlos, de escuchar los sueños de otras personas en los talleres que dicto.

–¿Qué tipo de información hay en el trabajo onírico?

–No es información, es experiencia, es conocimiento. La información es siempre de segunda mano, lo que te vienen a contar; en el sueño hay conocimiento, porque estás vos ahí, es una experiencia, estás viviendo, estás recibiendo, estás transitando, hacemos un montón de cosas cuando soñamos, justo cuando creemos que no hacemos nada.

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Renacer

“La editorial nació del fandom que hicimos con Julieta, de Marta Febré”, explicó Vignoli, sobre el origen de AlfonZina, la nueva editorial independiente de libros objeto preciosos y sencillos, en formato fanzines, artesanales. “Las dos éramos vecinas y muy fans de Marta y no podíamos creer que hubiera una mujer así: kiosquera, pintora, poeta, hacía muestras de sus dibujos en la esquina del puesto de diarios, nos encantaba, la admiramos, ella llevaba sus poemas en el cuerpo porque los recitaba de memoria, es una actriz, es muy histriónica, y una artista nata”, señaló Beatriz Vignoli, al mismo tiempo que aclaró que AlfonZinas, que cuenta con el apoyo de Ubicualab, va a ser una editorial de mujeres, aunque no de forma exclusiva, “que hagan poesía desde lugares impensados, inesperados”. En este sentido, explicó: “Marta hay una sola, pero a partir de ella vamos a construir una categoría, es casi patafísico lo que te digo, pero de ese ser absolutamente único e irrepetible vamos a buscar a otros tan únicos como ella”.

En seguida Beatriz rememoró la presentación del primer libro del sello: Renacer, que se hizo en el local de Ivan Rosado. “¡La felicidad de Marta!’”. Fue la mejor presentación de mi vida, y mirá que tengo muchas a cuestas”, aclaró.

Por último, agregó: “Realmente se hizo vida el título del libro, fue un nacimiento, un renacer. Y para mí la cultura y la poesía si no pasan por esos lugares de dar vida, de generar encuentro, de poner a circular afectos y pasiones alegres, como dice Spinoza, no tiene sentido”.

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Beatriz Vignoli escucha leer a Beatriz Vignoli

Por Norman Petrich

Desde la línea imaginaria trazada por la mesa donde el Negro, eternizado, mira apiñarse a las palomas de la plaza Montenegro en su cotidiana búsqueda de unos granos de cereal arrojados por los niños o a unos atrasados cinéfilos meterse corriendo al Monumental. Hacia allá Rosario sigue su apurado ritmo habitual. Pero dentro del Centro Cultural Roberto Fontanarrosa la respiración es otra. Se está llevando a cabo el 29º Festival Internacional de Poesía y no es uno más. Rostros que hacía tiempo no se veían han regresado sintiendo que una apertura, un cambio de rumbo en la organización los vuelve a incluir, les vuelve a pedir que formen parte, aunque todavía falte mucho por hacer. Un grupo de oyentes aplaude las lecturas de una de las mesas del programa. La locución anuncia que se va a exponer en la pantalla un archivo de un festival realizado anteriormente, valioso material que nos permite recuperar las voces de Gonzalo Rojas, Leónidas Lamborghini y Mirta Rosenberg, entre otros; disfrutarlos a pesar de la floja calidad técnica en las que fueron grabados. Parece que la gente está obsesionada por la presencialidad, ya que se levanta para huir a charlar en el hall mientras espera el llamado a una nueva mesa, cansada de las reuniones a través de pantallas, como queriendo no recordar ese larguísimo 2020 que duró como año y medio. Prefiere salir a ese espacio y trenzarse en abrazos. Hasta yo casi lo hago, pero en el momento en que me estaba levantando percibí algo diferente en el aire. Ajusté mis ojos miopes y astigmáticos, operación que consiste en “achinarlos” hasta casi cerrarlos completamente y pude ver en la pantalla a una joven Beatriz Vignoli, habitante del año 1999, desplegando toda la desfachatez de esa época en la lectura de sus poemas. Sin embargo, en primera fila, la más atenta, concentrada oyente de los versos que sobrevolaban la sala era, también, Beatriz Vignoli. La otra, la habitante de este 2021 que intenta dejar la pandemia atrás.

¡Amable público! Yo tampoco dormía.

Yo miraba la faz sin rostro de la muerte

en los ojos del varón que más amé.

Parecía como si el espacio-tiempo se hubiese quebrado, porque la de ahora miraba a la que estaba en la pantalla como si fuera otra. Era otra. Ella y yo estábamos convencidos de que era otra. Me fui acercando a pasos lentos, como queriendo evitar que algún ruido involuntario rompiera ese estado de gracia.

Yo hubiera escrito versos a la gracia.

No me pondré mejor.

¿Qué es la alegría si el alma se maneja con resortes?

¿Llamar a eso espíritu?

Mis compañeros cantan la genética,

a la luna se sube con máquinas

los gestos han ardido,

las estrellas son monedas inflacionarias en la noche intocable.

Mientras miro disimuladamente el rostro de la oyente tratando de captar todos sus gestos para ver si me revelan algo, la voz de la otra recitando esas líneas me hicieron acordar que quien escribe también estuvo en esa sala buscando ubicarse más cerca del lugar donde partían esos versos, la misma sala que me permite avanzar igual que aquella vez, pero que ahora se ve tan diferente.

Sospecho a la belleza las peores intenciones.

La primavera ha vuelto

las flores insisten

en seguir manipulando al colibrí.

Instalado a una prudente distancia, las miro y me pregunto si la de ahora se reconoce en la que está en la pantalla. A mí me cuesta, porque escucho “lavan todo con cloro, contra nosotros” y dirijo la vista hacia la que está sentada para comprobar si fue ella la que pronunció esa frase tan actual pero no, es la que está en 1999 en la piel de Blanche D. la que parece pintar el futuro que es ahora.

No quiero ver qué nueva diva han estampado en las cajas de fasos

no quiero mirar la matriz móvil de celuloide y plata grabarse en la pantalla

prostituir la luz

Me parece descubrir que la oyente alienta con su mirada y el movimiento casi imperceptible de sus labios a la que lee, parece estar empujándola mientras deja que sea la voz de la otra la que rompe el silencio. Por momentos sus rasgos se tensan, como si estuviera pendiente de que no se vaya a trabar “justo ahí”. En otros, sonríe, satisfecha.

A ellas poco les importa lo que yo parezco descubrir, ellas están enfrascadas en su soliloquio.

Aquí, se está sin sombra.

Nos han arrancado las palabras como dientes.

Estallan los aplausos allá en 1999; la que lee sonríe aliviada, pasada ya la tensión.

La pantalla queda en negro y el espacio-tiempo se recompone para posarse en la que está sentada en primera fila justo a tiempo para girar con ella y levantar una mano saludando a los pocos que quedamos, quienes empezamos a aplaudirla a rabiar; acá, en 2021, nuevamente.

Apenas si puedo sacar una foto como testimonio inútil que nadie en su sano juicio puede tomar como prueba irrefutable de veracidad esgrimida en estas líneas que poco hablan de lo que pasó en el Festival de Poesía. Pero sí hablan de poesía, de esa magia que se deja ver cuando estamos distraídos, tratando de hacernos conocer, en el hall central del Centro Cultural Roberto Fontanarrosa. Es viernes 5 de noviembre.

Afuera, Rosario parece detenerse para siempre, hasta que el semáforo vuelve nuevamente a ponerse en verde.

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