Pocos días atrás, en la presentación de la quinta edición de Prostitución y rufianismo, el libro de mi padre Héctor y Rafael Ielpi, le escuché contar a este último una anécdota. Resulta que allá por 1973 uno de los entrevistados para el libro les mostró por primera vez a mi papá y a él una lata del Petit Trianon y se las ofreció de regalo. Papá, como siempre, pudoroso, y seguramente esperando que le insistieran, dijo: “No, no, gracias”; a lo que el Negro, ni corto ni perezoso, respondió: “Entonces me la llevo yo”. Así fue como mi primer contacto con esa ficha tuvo que esperar hasta 1979. En ese entonces mi padre era director de prensa del Banco Provincial de Santa Fe y no tuvo mejor idea que, en plena dictadura y con el banco intervenido, publicar en una revista una nota llamada “La gallina de los huevos de oro”, donde se preguntaba qué estaba pasando con el banco y sus fondos, y cuestionaba por qué siendo la sucursal de Rosario la más importante la casa central estaba en la ciudad de Santa Fe. La verdad es que para hacer algo así los huevos de oro los tenía que tener él ya que el resultado era cantado: lo echaron abruptamente y no le pagaron siquiera la indemnización que le correspondía por sus casi veinticinco años de servicio. Y fue así que, “para parar la olla”, como le gustaba decir, de un día para el otro se dedicó por un tiempo a la compraventa de muebles antiguos. Cierta vez, revisando una mesa que había comprado, encontró que tenía un doble fondo que escondía alrededor de cuarenta de esas latas. Ese hallazgo lo sobresaltó más que si hubiera descubierto el tesoro del pirata Morgan, y le demostró una vez más que a veces la vida te devuelve multiplicado lo que alguna vez perdiste.
El primer hallazgo
Años después, en 1995, con la aparición de Google, empecé a rastrear la ficha por internet. Encontré así que un investigador aficionado llamado Fred Mazzulla junto a su esposa, Jo (seguramente Josephine), interesados por la prostitución de principios de siglo en Denver, Colorado, habían escrito varios folletos sobre el tema, y en uno de ellos llamado “Brass checks and red lights”, algo así como “cheques de latón y luces rojas” (los prostíbulos en Denver colgaban quinqués con una luz roja anunciando el rubro), y cuyo subtítulo es la histórica frase “Honi soit qui mal y pense”, es decir, “vergüenza para el que piense mal” (avisando que se hablaba de historia y no de pornografía), originalmente publicado en 1966 pero que tuvo varias reediciones, aparece una ficha de un burdel llamado Miss Olga que es exactamente igual a la del Petit Trianon.
El paso siguiente fue conseguir ese folletín, luego de lo cual me desilusionó no encontrar en él nada interesante sobre la ficha más que su imagen. Poco tiempo después aparece que un numismático tucumano llamado Teobaldo Catena había escrito en 1990 un artículo sobre la ficha del Trianon dando las características técnicas que describía un catálogo norteamericano de subastas del año 1986. Esa es la nota que transcribió mi padre en 1997 en el tomo tercero de Rosario era un espectáculo llamado “¡Arriba el telón!”, pero que está más llena de preguntas que dé respuestas.
La madama, la prostituta y un cliente, en una imagen de principios del siglo XX.
Una Disneylandia del sexo
Como no había forma de seguir con la investigación, fui contactándome con numismáticos de habla inglesa y francesa para preguntarles si alguien sabía algo sobre el origen de esa ficha, pero nadie conocía nada más allá de sus características técnicas. Sin embargo, poco a poco en internet fue apareciendo información nueva: otra ficha, igual, en Cap d´Ail, Mónaco, con la misma imagen de mujer y la misma inscripción de “Discrétion-Securité”, pero en cuya otra cara no hay una dirección sino que dice simplemente “Bon pour entrer au Paradise” (buena o apta para entrar al Paraíso). Esta ficha está en exhibición en el Museo de Cap d´Ail, así que les escribí para interiorizarme de la historia de ese burdel. Su directora, Heléne Bonafous, me respondió que el burdel en cuestión se llamaba Le Paradis (El Paraíso), que estuvo activo hasta casi entrada la II Guerra Mundial y que luego fue transformado en un hotel para turistas llamado Loup blanc (lobo blanco) para finalmente convertirse en un edificio de departamentos, pero que no tenía ni la menor idea de dónde se habían acuñado esas fichas. Enclavado en una muy concurrida ciudad portuaria, El Paraíso era visitado por marineros de todas partes del mundo y constituía una especie de Disneylandia del sexo a la que Hugh Hefner le habría puesto un “like”: frecuentado tanto por heteros como por homosexuales, además del burdel tenía un par de pistas de baile, desde una convencional hasta otra más picante o “traviesa”, para usar la palabra de Heléne, donde la interacción entre los danzarines, ya más sueltos de ropas y prejuicios, podía derivar en una desenfrenada bacanal. También tenía salón de juegos con ruletas, bar, y el llamado salón o cine azul, ámbito exclusivo y escandaloso donde pasaban películas pornográficas. Las habitaciones estaban en la planta alta y contaba, además, con un pasadizo secreto por donde los clientes más temerosos de su identidad podían entrar o salir en canoa por la costa. Una nota sobre ese burdel asegura que la ficha en cuestión era para hacer funcionar un piano mecánico, lo que no deja de llamarnos la atención ya que es de suponer que su escaso peso de 1,4 gramo no podría accionar ningún mecanismo de ese tipo.
Todos los caminos conducen a París
Así que ya no era una, ni dos fichas iguales, sino tres, ¿y si había más? ¿Y qué tenía que ver Rosario, en Argentina, con Denver en Estados Unidos, y con Cap d´Ail en Mónaco? ¿Serían todos burdeles de un mismo dueño o de una misma organización, como la Zwi Migdal? Para complicar aún más las cosas, con el tiempo fueron apareciendo cada vez más “latas” del mismo tenor, pero gracias a esto se fue haciendo notorio un patrón: todas apuntaban a Francia, y más precisamente a París. Los burdeles La Feria, uno de Niza y el otro de Vichy; “On s´amuse”, de la ciudad de Amiens; Nora, de Villerupt; Mme. Blanchette, de Lyon; Madame Renée, de Grenoble; Moulin D´amour, de Hirson, y Gabrielle Modéle, The studio, Aux fleurs, Aux glaces, Juliette y Madame Julia, de París, compartían todos la misma ficha.
Para sacarme toda duda y hacer más “científica” mi investigación, tenía que conseguir una de esas latas para compararla con la del Petit Trianon, y así compré una de La Feria de Niza. Y ahora puedo decir a ciencia cierta que, efectivamente, se trata de la misma ficha, indistinguibles una de otra a primera vista.
Francis Cartaux pone el gancho
Quedaba todavía por descubrir quién era el que las hacía, pero lo que estaba claro era que, si tantos burdeles usaban esa ficha, debía entonces producirse de a cientos de miles, por lo que la fábrica no habría pasado desapercibida en la época.
Fui revisando las imágenes de cientos de fichas de prostíbulos de principios de siglo, algunas firmadas por un tal “Katz”, de París, pero que no tenían nada que ver con la del Trianon. Hasta que di con una de un burdel australiano de nombre Martha que tenía las mismas dimensiones y la misma estructura de corazón de cartón enchapado en bronce, pero esta vez con otra imagen de mujer y de perfil (la dama de la ficha del Trianon está de frente). Por lo que pude ir apreciando, está claro que como la matriz original se fue desgastando con las miles de copias que se imprimían, el fabricante tuvo que hacer un original nuevo, pero esta vez le estampó su firma: de un lado figura un pequeñísimo triángulo con las siglas “F.C” (Francis Cartaux) y un tonel, y del otro directamente el nombre del fabricante y la ciudad: “Cartaux, París”.
Me fue imposible encontrar una biografía de Francis Cartaux. Hay un personaje en la historia de Francia de nombre muy similar, el pintor miniaturista François Carteaux (1751-1813), quien luego de la Revolución Francesa se convirtió en general del ejército napoleónico, pero aparentemente no estarían relacionados. Lo poco que he podido rastrear de Cartaux es que participó en 1904 de la primera Feria de París (no confundir con la Exposición Universal de París del año 1899), una muestra de productos nacionales para el público en general, y que tenía la fábrica de medallas y cospeles junto con el despacho de venta al público en un edificio que data del siglo XIX ubicado en el número 6 de Cité Dupetit Thouars de París, una calle estrecha y pintoresca.
El taller de Cartaux en París.
Cuerpo de metal, corazón de cartón
Develado entonces que la ficha del Petit Trianon estaba hermanada con piezas similares distribuidas en muchos burdeles de distintas partes de Europa y América cuyos dueños en su mayoría eran franceses (recordemos que el dueño del Trianon era Henry Chatel, un rufián que había nacido en París en 1896 y que había llegado al país en 1917, a la edad de 21 años), y que su fabricante era Francis Cartaux, pensemos ahora cuál habría sido a ciencia cierta su uso. Como vimos, los investigadores de Cap d´Ail sostienen que se usaba para hacer funcionar un piano mecánico; otros dicen que se usaba como moneda de intercambio para un servicio sexual, y unos terceros, por lo general los expertos numismáticos, dicen que se trataba de una ficha de publicidad. Que se haya usado como ficha de pianola nos resulta poco convincente por dos motivos: uno es su escaso peso, y el otro es que por lo general los fabricantes de pianos automáticos entregaban junto con el instrumento las fichas para hacerlo funcionar. Una ficha normal de pianola tenía 30 milímetros de diámetro y pesaba 9,5 gramos, muy lejos de los 21 milímetros de diámetro y 1,4 gramo de peso de la ficha del Petit Trianon. ¿Moneda de intercambio por un servicio sexual? Sí, por qué no. Seguramente en muchas ocasiones tuvo ese uso, pero si la regla general fuera esa, ¿no resulta un poco extraño usar para ese fin exclusivamente una ficha tan sofisticada y que tenían que importar de Francia cuando cualquier otro pedazo de lata local y barata podía cumplir esa misión?
Por último, digamos unas palabras sobre las fichas de publicidad. Hacia fines del siglo XIX y principios del XX hubo un auge en la producción de medallas, cospeles y fichas. Estos productos se utilizaban en cualquier ocasión a que dieran lugar, desde máquinas hasta eventos sociales. Las fichas publicitarias de antaño suplantaban lo que después harían las tarjetas, es decir, transmitir un nombre, una dirección y una ocupación. Y eso es exactamente lo que hace la ficha del Petit Trianon y todas las otras similares. Que su razón de ser haya sido publicitar y no específicamente pagar por un servicio explicaría muchas cosas. Explicaría, por ejemplo, que no se podían usar de un burdel al otro ya que en París, habiendo tantos prostíbulos cercanos con fichas casi indistinguibles unas de otras, nada hubiera impedido que se usara de un lugar más barato a uno más caro. También explicaría por qué el dueño de esa mesa que compró mi papá en 1979 tenía cuarenta latas escondidas en un doble fondo, porque o un asiduo concurrente de los prostíbulos, o era un inversionista en fichas de burdeles, o era simplemente un acumulador de fichas que le habían sido regaladas por los “tarjeteros” de entonces. Y también explicaría por qué tenía impresa la dirección, porque ¿para qué quería uno esa información si ya estaba dentro del burdel? Obviamente esas fichas no eran para ser usadas dentro del prostíbulo sino afuera, como un atractivo objeto publicitario.
Voy a señalar aquí que obviamente el valor del metal para publicitar es muy superior al de una tarjeta de cartón que cumpliría la misma misión. Hasta que finalmente fueron reemplazadas por tarjetas, por entonces se buscaba disminuir el costo de las fichas practicándoles agujeros “decorativos” redondos o en forma de estrella. Aparentemente solo Cartaux logró bajarles el costo a las fichas poniéndoles un cartón en el centro, pero por eso mismo considero que esa ficha es histórica, porque es un híbrido mitad cartón y mitad metal que señala un cambio de época.
Finalmente, voy a hacer como hacía mi padre y voy a dejar picando unas tareas para los que vengan detrás: faltarían imágenes de la fábrica de Cartaux (creo que las vi por internet al principio de mi investigación pero después no las volví a encontrar), y averiguar si estas fichas también se encontraban en los burdeles de las colonias francesas. Por otro lado, si alguno tiene tiempo, dinero y ganas, estaría bueno que se comprara un modelo de cada una de ellas y luego ese juego se donara para un futuro museo cuyo lema sería, como bien puso Mazzulla en su folletín, “Honi soit qui mal y pense”, vergüenza para el que piense mal.