La primera vez que la vi en persona fue en 2011 en este mismo hotel rosarino de cinco estrellas. Pero en aquella oportunidad la tuve más lejos y no llegué a cruzar palabra. Esa vez entró a la sala para presentar Congo, el segundo libro de su primera trilogía, Caballo de fuego, y el lugar estalló como si en vez de una escritora se tratase de una rockstar. Desde la primera fila uno de los pocos varones de todo el salón la seguía con mirada atenta: era Miguel, su marido y manager.
Esta mañana la autora también llega escoltada por su esposo que permanece casi en silencio pero con la misma guardia a lo largo de toda la entrevista. Acá no hay luces, ni flashes, ni fans aunque todo eso sucederá esta noche cuando las lectoras –más conocidas como “las bonellistas”– lleguen al Teatro Fundación, para ovacionarla como siempre.
Algo que me sorprendió de 2011, y que se reeditará casi de manera calcada once años después, es que las mujeres que la leen tienen entre 15 y 95 años y se acercan a escucharla desde Alcorta, Cañada de Gómez, Zavalla, Venado Tuerto, Rafaela y hasta de otras provincias. “Viajan kilómetros para verme. Hacen cosas que yo no haría”, confiesa Bonelli.
Hace veinte o treinta años el género romántico era despreciado. Al país llegaban tan solo unos tres o cuatro libros norteamericanos con unas tapas que no hacían más que bastardear a esas novelas de amor y se vendían cuanto mucho quinientos ejemplares. En aquel tiempo, Bonelli –que ya era lectora voraz de la romántica– trabajaba como contadora en una empresa y un día decidió dejarlo todo para dedicarse a escribir: “Me metí en un mundo casi invisible y si estoy acá es por ellas. Porque me leen, me compran, me recomiendan, regalan mis libros”.
De Bonelli dicen que no quiere que la entrevisten varones, que no le interesa hablar de temas de actualidad en las notas, que mucho menos quiere problematizar sobre los feminismos. Aunque nada de eso pude confirmar, sí ratifiqué que a lo único que se entrega sin concesiones es a su público.
A esas tías, madres, amigas, hermanas, nueras, vecinas –incluso mujeres que nunca antes habían leído un libro– que trafican de boca en boca sus gordas historias de amor, la autora se los da todo. Al punto de intercambiar fluidamente correos electrónicos o quedarse hasta altísimas horas post presentación para que ninguna se vaya sin su firma estampada en el libro.
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La historia de su último libro se resume así: “Brenda Gómez tiene una vida perfecta, es una alumna destacada en la carrera de Ciencias Económicas, su novio es un joven ambicioso y con un gran futuro, sus amigas son leales, su familia la adora. Pero no es feliz. La domina un mundo interior complejo, plagado de sentimientos e ideas que oculta, pues la avergüenzan y la alejan del modelo que se impone seguir. De los secretos que esconde, uno la atormenta especialmente: ama a Diego Bertoni desde que tiene memoria; un amor extraño por varias razones, pero, sobre todo, prohibido. «¿Quién soy yo en realidad?» es la pregunta que Brenda jamás se formuló, y es, sin embargo, la que posee la llave para resolver los misterios que la definen, para acabar con la hipocresía que la condena a la infelicidad”.
–La protagonista parece vivir en una zona de confort, sin embargo, en un momento se da cuenta que necesita algo que no tiene y sale a buscarlo.
–Evidentemente tiene todo a los ojos de esta sociedad cristiana occidental, pero ese zumbido de dolor que cada uno lleva adentro ella lo también lo empieza a sentir. Y eso que al principio como cualquiera mira para otro lado, lo encuentra a partir de una prima hermana de su madre que es astróloga y le hace la carta natal o como yo lo llamo: el mapa de tu personalidad. Ir por la vida conociendo o no conociendo tu personalidad es casi como entrar a una ciudad desconocida con o sin mapa. Sin mapa no sabes dónde estás y dónde podes terminar.
Para narrar esta historia, Bonelli echó mano a una herramienta que conoció hace ya unos años: la astrología. Aunque explica que viene de una familia católica y conservadora, “donde no se hablaba de astrología y si se hablaba era para denostarla por ser cosa de ignorantes”, dice que vivió un acercamiento casi azaroso que hizo que comenzara a estudiarla.
Todo ocurrió cuando estaba en lo de una amiga y cayó en sus manos el libro Los signos del zodiaco y su carácter, de Linda Goodman, astróloga estadounidense que suele ser la puerta de iniciación a quienes se interesan por los misterios astrales.
“De casualidad yo sabía que era taurina. Pero me lo llevé y comencé a leerlo en el subte. Lo primero que busqué fue el signo de Miguel, mi esposo, que es virginiano. Quedé completamente sorprendida porque del primero al último párrafo era una descripción exacta de él. No podía creer que fuese tan certera. Luego fui a la mujer de Piscis, que es mi mamá, al varón de Aries que es mi papá y ahí empezó mi cambio”, cuenta la escritora y sostiene: “La astrología es algo serio y no se trata de leer el horóscopo de las revistas”.
La novela es parte de una saga que comienza con Nacida bajo el signo del Toro, sigue con Nacida bajo el Sol de Acuario, se continúa con Nacida bajo el fuego de Aries y culmina con El hechizo del agua. Aunque están dirigidas a todo público, las anteriores se centran en protagonistas adolescentes y como siempre aclara se pueden leer de manera aleatoria. “Me interesó detenerme en esa edad tan complicada del ser humano, donde no se es ni lo suficientemente libre e independiente. Y porque a esa edad me hubiese gustado acercarme a conocer algo así”, cuenta Bonelli.
En los cuatro libros la autora se dedicó a pensar el signo de cada uno de los protagonistas y quiso presentar a la astrología como una herramienta: “Nunca antes lo había hecho, porque nunca me gusta escribir «para». No me interesa ni bajar línea ni adoctrinar a nadie, escribo porque me brota una historia y no puedo evitar escribirla, pero acá si me permití hacer esto”.
Dejó para el final el elemento agua, eligió el signo Piscis para Brenda, la protagonista, y así lo explica: “Piscis es el último signo zodiacal. Partimos de Aries, que como Tauro es un signo básico, y todo se va complejizando hasta alcanzar el máximo de la complejidad que es Piscis donde se integran todos los signos para diluirse. Piscis es la disolución del ego en una sociedad que hace monumentos al ego. Diluirse es muy difícil. Las piscianas son personas que sufren mucho. Se esconden y se endurecen pero por dentro son agua. Y yo quería entender eso”.
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–¿Qué dijeron tus lectoras del último libro?
–Lloraron mucho, es una novela muy pisciana. Piscis es un signo muy llorón. Y para mí, que soy taurina, era un desafío. Aclaro que si lo terminan llorando es de alegría porque el final es feliz.
–¿Qué te interesó de narrar una historia que vuelve al tema del primer amor?
–El de Brenda es un enamoramiento con Diego, que es cinco o seis años mayor y que primero fue un ídolo, alguien a quien ella miraba y admiraba como una prima menor y luego pasó a amarlo. A mí me resulta interesante el misterio del primer amor. Me encanta porque siento que es el amor más puro. Si bien hay gente que tiene un buen recuerdo y gente que no, siento que ese amor viene con una carga de inocencia y de pureza que no se repite. Porque ya no es lo mismo amar a la edad adulta como amamos a los quince años, porque estamos atravesados por los problemas y las cosas que vienen con la adultez.
–Siempre que se habla de tus novelas hay un acento en el carácter erótico de las tramas. ¿Qué lugar ocupa el sexo en tus libros?
–El lugar que ocupa siempre en todas partes. Entiendo que el componente erótico sorprenda, pero para quienes leemos romántica desde siempre sabemos que es parte de eso. Es como que nos sorprendamos de que en un policial haya un muerto. Es un componente básico de ese género. Entiendo que provoque sorpresa, en mi caso lo manejo con mucho respeto y siempre en el marco de los personajes. Muchas mujeres me dicen que las ayuda a desinhibirse y que sus esposos están contentos con que ellas lean.
–¿De dónde nacen tus historias y cómo elegís los temas para escribir?
–De la vida real. Observo a la gente y escribo. Lo hice con temas como la violación, el aborto, la pérdida de un hijo. Siempre me interesan los temas muy humanos y siempre recibo respuestas muy humanas. Una lectora de dieciocho años de un pueblo de Santa Fe me escribió contándome que había perdido a su hermano que le llevaba varios años y me dijo que quería que alguno de mis personajes llevara el nombre de él que se llamaba Sebastián, aunque sea uno secundario. Pensé mucho en ella, en sus padres, en ese pozo negro de sufrimiento y traté de entenderlo y abismarme en él. Y entonces, aunque el personaje que estaba escribiendo ya tenía su nombre, decidí llamarlo Sebastián.
–En tiempos de relaciones líquidas, de sexoafectividad a partir de algoritmos y también de un ideal de amor en fuerte tensión: ¿por qué seguir escribiendo novelas románticas?
–Lo único constante es el cambio. Siempre la sociedad va a estar cuestionándolo todo. El amor está en un entredicho, pero es lo único que le da sentido a la vida. En un punto hay quienes tienen poder y status pero sin amor se sienten vacíos. No hablo del amor de pareja, hablo del amor a todo, a la naturaleza, a los amigos, las amigas, la familia. Desde los griegos pasando por el Medioevo, el Renacimiento, la Edad Moderna se habló del amor. Se ha ido adaptando a los nuevos códigos, no es lo mismo el amor en la antigua Grecia que ahora, pero siempre existió.