Argentina se alinea una y otra vez con los enemigos de la democracia. En el pasado lejano y hoy nuevamente, bajo el cuarto gobierno "K". La pulsión autoritaria es muy potente en una parte importante de la sociedad argentina. Sea en los años 30/40 como hoy, esa tendencia visceral toma la forma de un posicionamiento frontalmente crítico de las potencias democráticas y de Occidente en general. Que además tiene un costo alto que se paga con aislamiento internacional y salida del país de la corriente principal de las relaciones internacionales.
En el caso del gobierno actual, el alejamiento de las potencias democráticas es no solo una aberración sino un acto inmaduro, no producto de un cálculo de riesgos y beneficios cínico pero al fin de cuentas racional, sino una reiteración de esta tendencia visceral que domina al menos al sector más poderoso de la coalición de gobierno.
Es necesario recordar la cumbre en Managua del 10 de enero, un verdadero aquelarre de dictadores, avalada por la presencia del embajador argentino. El festival se hizo para celebrar la falsa reelección en las urnas del tirano local, el sandinista Daniel Ortega. Asistió la flor y nata de las dictaduras viejas y nuevas de la región: primeras figuras de Venezuela (Nicolás Maduro) y Cuba (Díaz-Canel), altos funcionarios de China, Rusia, Bielorrusia, Irán (el vicepresidente económico Mohen Rezai, autor intelectual del atentado a la AMIA y prófugo de la Justicia argentina y de Interpol) y el embajador de la Argentina, Daniel Capitanich. Una vergüenza irremontable, que las tardías y totalmente ineficaces denuncias contra Rezai no remedian. Rusia ni siquiera se dignó contestar al requerimiento argentino sobre Rezai.
América latina genera los Maduro y Ortega no por casualidad: es una tierra con hondas raíces autoritarias y produce caudillos dictatoriales respaldados por mayorías aplastantes desde hace dos siglos. Hugo Chávez es solo un ejemplo reciente, pero la lista ocupa todo el siglo XX y lo que va del XXI. El caudillismo nace y renace en cada etapa de la historia latinoamericana. El subdesarrollo crónico es su consecuencia directa, como trágicamente demuestra Venezuela.
Ahora se desarrolla la gira del presidente Fernández por Rusia (en medio de la grave amenaza de Vladimir Putin de invadir Ucrania). En el encuentro en el Kremlin, Fernández declaró emocionado: “Es un honor poder conocerlo, poder verlo a los ojos”, le dijo al antiguo coronel de la KGB y temible dictador que envenena y encarcela a sus opositores. Es innecesario enumerar a estas alturas los crímenes y la aniquilación de la democracia que cometió Putin en su país durante sus largos años de reinado absoluto. El via crucis del líder opositor Alexei Navalny y la destrucción de su organización, así como de la más antigua ONG de DDHH de Rusia están ahí, para quien quiera informarse. Sus siniestros delitos son el producto de un sistema de control social y represión directamente inspirado en el modelo soviético, del que Putin fue parte. Exhibir simpatías y hasta expresiones de devoción por Putin delata a los autoritarios, que son cada vez más en América latina (ellos se autoperciben "progresistas", aunque Putin sea un ultraconservador con un aliado fundamental en la poderosa Iglesia Ortodoxa).
Debe descartarse la extendida imagen de superpotencia que vender Rusia. El país de Putin es una economía importante pero no mayor en tamaño que España o Canadá, y cualitativamente muy inferior a estas naciones desarrolladas. Rusia solo puede ofrecer hidrocarburos y armas. Además de subdesarrollada, Rusia tiene una mundialmente famosa economía turbia, la de los "oligarcas", un capitalismo de amigos del Kremlin y empresas estatales que controlan los sectores estratégicos: armas, gas y petróleo. No tiene mucho más para ofrecer. Su industria de bienes de consumo atrasa 30 años. No puede mostrar una marca de celulares o productos electrónicos y otros bienes de consumo competitiva y con presencia global; sus autos Lada y Niva son prehistóricos para los europeos. El único mercado para ellos fuera de Rusia es India. El PBI de Rusia es de unos 1,48 billones de dólares, cifra imponente vista aisladamente, pero que es apenas un tercio del PBI de Alemania y un cuarto del de Japón. Y el 45% de ese PBI ruso surge del complejo gasífero-petrolero.
Después de conmoverse en Moscú, Alberto Fernández pasó a China, a recibir honores de estado y sellar negocios con la dictadura que gobierna ese enorme país con una mano de hierro que hace ver a Putin como un timorato. Pero China es diferente a Rusia y a sus goyescos subalternos caribeños: es una superpotencia económica y gran socio comercial de Argentina. Un elemental realismo internacional hace obligatoria una buena relación con ella, aunque esté gobernada por una dictadura que solo George Orwell pudo imaginar y predecir. Un país emergente como Argentina, que solo ingresa divisas por exportar bienes primarios, debe tener buenos vínculos con China, el mayor consumidor mundial de esos productos. Lo que no quiere decir en modo alguno compartir sus valores inaceptables, el repudio frontal que hace el partido comunista chino de la democracia, algo que Pekín pone por escrito en sus documentos oficiales y en los discursos de sus líderes. Pero el gobierno argentino quiere llevar la relación más allá del plano comercial, a un plano de fraternidad y alineamiento, que resultará en los hechos de subalternidad. Pekín se debe frotar las manos ante la debilidad extrema de la Argentina que hoy le toca la puerta. Le dará eventualmente un auxilio, pero en condiciones que serán draconianas. Ya lo eran cuando firmó acuerdos con la anterior gestión "K", en tiempos que hoy parecen de holgura y fortaleza de la Argentina. Ahora, con un país quebrado y totalmente aislado, las condiciones de Pekín serán aún más gravosas. El cuadro recuerda a las inversiones que China hace en Africa. Pekín se quedará probablemente con el principal puerto de Kenia por una deuda de 5.000 millones de dólares, concedidos al país africano para construir (con una empresa china), una línea de ferrocarril. Los intereses que cobra China por ese préstamo son exorbitantes, denuncia la oposición keniata.