senales

"Memoria en la fragua", relatos por la memoria y la verdad de los desaparecidos

El libro de Gilda Bona reúne textos tomados del Archivo Biográfico Familiar de Abuelas de Plaza de Mayo en base a testimonios de familiares y compañeros de desaparecidos.

Domingo 17 de Agosto de 2014

Cerca de 2.300 entrevistas componen el Archivo Biográfico de Abuelas de Plaza de Mayo. Son como piezas de un rompecabezas que buscan restituir verdad y memoria a personas desaparecidas durante la última dictadura cívico-militar. Son los recuerdos de los padres, madres, hermanos, primos, tíos, amigos, compañeros de militancia o de trabajo, novias y novios. Describen situaciones, vivencias, precisan hechos, arrebatan territorio al silencio. El libro Memoria en la fragua, publicado en Rosario por Baltasara Editora, reúne un conjunto de textos que hace algo más de diez años comenzó a escribir Gilda Bona como un ejercicio en un taller de dramaturgia. La consigna era transformar algunas de esas entrevistas, en algo más, una semblanza, un perfil. Desafiar la horrorosa frase del dictador Jorge Rafael Videla: "No están ni muertos ni vivos, están desaparecidos". Bona, primero como integrante de ese taller, luego invitada por el Archivo, buscó dotar de sentido a esa vida de amores y desamores, de militancia, de trabajo. Buscó unir las piezas de ese rompecabezas.

En 2002 Gilda Bona llegó a un taller de dramaturgia que dictaba en Buenos Aires Patricia Zangaro con la intención de aprender a escribir teatro. Allí, como parte de un ejercicio, y a través de otra integrante del espacio que era familiar de desaparecidos y tenía relación con el Archivo Biográfico de Abuelas, comenzó a trabajar sobre las entrevistas. Así surgieron lo que en un momento se llamaron monólogos e integraron Teatro por la Identidad. Luego, desde Abuelas invitaron a Bona a trabajar sobre el conjunto de entrevistas. Todos los meses durante un par de años, se llevaba a su casa el material y, con extremo cuidado, abordaba las entrevistas para transformarlas en relato. Esos textos hacen los veces de hilos a través de los cuales es posible invocar a la memoria y recrear a esa persona de carne y hueso que hoy está desaparecida. Esas y esos desaparecidos esperaban un niño o una niña que hoy integran los 400 que Abuelas busca o son parte de los 114 que ya se encontraron.

La recuperación de Ignacio Guido Montoya Carlotto, el nieto de la presidenta de Abuelas, Estela, pone sobre la mesa otra vez las piezas del rompecabezas. Sensaciones, sentimientos pero también datos y hechos que comienzan a cruzarse para restituir identidades. A continuación algunos de los relatos que se publican en Memoria en la fragua:

Conmigo

"Víctor Hugo. Mi hijo. De chico era tímido. Y miedoso. La pucha si era miedoso. A la hermana le gustaba hacer bromas y una vez se hizo la viva con Hugo. Puso detrás de la puerta del baño un muñeco grande con ropa y sombrero y una rama de árbol en la mano que parecía un arma. Cuando Hugo entró al baño casi se desmaya. Pegó un grito, salió corriendo y se metió debajo de la cama.

¡Pobrecito, qué susto se llevó!

Otra vez, la hermana pasó una cañita por un agujero que había en la pared y le soplaba en la cara a Hugo, que estaba durmiendo. Se despertó de un salto.

¡Pobrecito, qué susto se llevó!

Cuando él se asustaba yo siempre le decía: No pasa nada, Huguito, no pasa nada, y se le iba el miedo.

Así mismo me dijo él cuando ya de hombre le pedí que se fuera del país porque estaba en peligro. No pasa nada, mami, no pasa nada, me dijo. Ahora era yo la que tenía miedo.

Conoció a Isabel y juntos estuvieron hasta el final, cuando él ya era Jefe de Logística del ERP.

Yo tenía cada vez más miedo. Él volvió a repetir: No pasa nada, mami, no pasa nada.

Yo seguí teniendo miedo.

Le estaba cambiando los pañales a su primer hijo cuando se le metieron. Quiso escapar, subió a un árbol y ahí lo mataron. Le saquearon la casa. Ni un papel quedó. Fueron al trabajo de Isabel. Había otra chica también embarazada. La agarraron por error. Isabel se paró y dijo: No, soy yo.

Ella, como él, tampoco tenía miedo.

En la comisaría me hicieron esperar en una silla. En una silla de mi hijo. Por ahí también andaba una camisa suya. La pedí. No me la dieron. No me dieron el cadáver tampoco. Día y noche. Martes, miércoles, jueves, viernes. Sin acostarme, sin bañarme. El viernes a la tarde me lo dieron.

No lo veles acá, en el pueblo, me dijo alguien, para que no los marquen. El cura no lo quiso ver. Era un hermoso día de sol. Yo miraba el cielo. Nubecitas blancas. Se puso a llover. Gotitas. Me quisieron sacar a la hora de cerrar el cajón y yo les dije: No, porque mi hijo no está ahí. Todos pensaron que me había vuelto loca. Mi hijo está conmigo, les dije, ustedes cierren el cajón, mi hijo está acá conmigo. Y mi hijo está conmigo. Acá, en mi hombro él apoya su mano. Que digan que invento, yo sé muy bien que no. Acá en mi hombro mi hijo apoya su mano y me dice:

No pasa nada, mami, no pasa nada. Y yo me calmo y disfruto del sol y de la lluvia.

A partir de Víctor Hugo Fina, asesinado en Rosario, Santa Fe, el 10 de agosto de 1976, y de Isabel Angela Carlucci, desaparecida en Capitán Bermúdez, Santa Fe, el mismo día, embarazada de 6 meses. Sus restos fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense en el año 2012.

A pura fragua

Bien temprano a la mañana, después de pasar de refilón junto al aro donde Paco, el loro, estaba siempre presto al picotazo, entrábamos a la herrería de Tomás. Ahí estaba él. Mirada penetrante, piel blanca, anchas espaldas y manos de artesano; con el delantal de cuero ya puesto y la máscara acá, en la cabeza. La fragua ya encendida y el mate listo para ser cebado. Sin demora nos sentábamos alrededor de la fragua. Y cuando Tomás se sentaba, a callarse. Abrir bien las orejas para que su decir claro y ameno nos transportara de la década del setenta a las logias de herreros del Medioevo. De su mano nos adentrábamos en los secretos guardados con celo durante mucho tiempo. Cómo forjaban el hierro, cómo soldaban. Y tantos otros.

Mediodía. Tomás a quitarse el delantal y la máscara. Lavarse las manos y la cara. Ponerse la corbata y el saco a cuadros. Y, portafolio en mano, enfilar rumbo al puerto con ese su andar rápido y de pasos cortos. Allá lo esperaban los obreros. También con las orejas bien abiertas para escuchar al Tomás abogado laboralista como nosotros escuchábamos al Tomás herrero. Parecían dos tipos distintos, pero no. Eran un solo tipo con dos sueños. El primero de esos sueños era ayudar a construir un mundo sin tantas desigualdades y el segundo llegar algún día a tener una herrería copia fiel de las de la Era Medieval.

De su trabajo de abogado no comía. Si nunca cobraba. Así que el pan se lo ganaba ahí, en la herrería. Casas de prestigio ávidas por todo lo que hacía. Desde sus filigranas a pura fragua y martillo hasta sus rejas fraguadas al estilo medieval. Tomás nunca llegaba a tiempo con los pedidos. Si la charla se hubiese cortado allí donde terminaba la lección matutina sobre las logias medievales, habría sido probable que llegara con las entregas. Pero la cuestión era que Tomás no solo era un libro abierto en cuanto a las cuestiones de su oficio de herrero. Tomás además incursionaba con la naturalidad de un pez en el agua en el campo de la Antropología, la Paleontología, la Arqueología, la Filosofía, la Historia, la Sociología, la Psicología y por supuesto en el del Derecho y en el de la Política Nacional e Internacional. ¿Y quién se iba a querer levantar para cumplir con los pedidos?

Varios de nosotros, además de ser los aprendices de herreros de Tomás, militábamos. En el ERP. Y junto con nosotros Mecha, la compañera de Tomás y madre de sus dos hijos. Tomás no comulgaba con la lucha armada. Por lo menos no con la de aquellos tiempos, los setenta. Y lo ponía de manifiesto sin que le temblara el pulso. Por ese motivo tratábamos de que su frondoso saber no recalara en cuestiones de política. No siempre lo conseguíamos, claro. Y cuando no lo conseguíamos y entrábamos en ese terreno nosotros, por pura dignidad, le discutíamos su postura y defendíamos la nuestra pero, en cuanto veíamos que él empezaba a levantar presión y más aún cuando ya se ponía de pie, dejábamos la dignidad de lado y rajábamos a refugiarnos porque sabíamos muy bien que en cualquier momento —Tomás, tipo afable, cálido, gracioso y hasta tierno— transmutaría en un ser virulento que, a las puteadas, manoteaba hierros y los revoleaba por los aires sin la más mínima intención de no acertarnos en la cabeza.

Y era en esos momentos cuando Paco, querido Paco, hacía su intervención: Tomás, teléfono. Avisaba. La dueña del galpón devenido en herrería vivía en la parte de adelante del terreno. Y tenía teléfono. En el contrato de alquiler había dejado muy claro que Tomás podía hacer uso del mismo para que lo llamaran. Y también había dejado claro que Paco y su aro no debían ser removidos de su lugar bajo ninguna circunstancia. Y el lugar de Paco era ahí, a la entrada de la herrería. Yo siempre estuve convencido de que Paco estaba con la lucha armada porque cada vez que se armaba la batahola él: Tomás, teléfono. Y Tomás, embebido como estaba en querer liquidarnos a todos, siempre caía en la trampa y dejando el hierro que tenía en la mano listo para lanzar por los aires, corría a atender el teléfono.

La señora no podía evitar la sonrisa de orgullo por la capacidad de Paco en imitar su voz y le decía: Tomás, fue Paco. Para qué. Tomás, enardecido, volvía a la carga sobre sus pasos y, cuidándose del factible picotazo, gritaba a todo pulmón: Loro y la puta que te parió. Era clavado que después de ese paréntesis telefónico termináramos todos meándonos de risa.

A nosotros nos salvaba Paco. A Mecha, en cambio, se le hacía más difícil. Así y todo, guerrera como era, no cedía bajo la presión verbal de Tomás para que se abriera de la organización. Vivían inmersos en ese conflicto. Pese a eso bastaba verlos juntos para saber que el amor que se tenían era enorme. Ya en el 75 las cosas se ponen muy negras y Mecha, embarazada por tercera vez, decide retirarse de ese tipo de militancia. En el mismo momento en que Tomás recibe amenazas anónimas para que se alejara del puerto. Que se fueran, que se fueran. Les decíamos. Que una vez que te tenían en la mira, no tardarían en gatillar. Tomás decía que no. Que su militancia, la que ejercía desde su profesión, no tenía nada que ver con las armas y que Mecha ya se había abierto de la suya. Había una clara ingenuidad en su argumento. Y es que Tomás era un tipo que creía en la justicia. Y daba por hecho que las bestias que acechaban desde el anonimato se atendrían a ella.

Fue en la llamada Noche de las Corbatas, que ellos irrumpieron en su departamento en el momento en que Mecha, en camisón, le estaba dando de comer a sus hijos de cuatro y dos años arroz con huevo. Desde ahí fue que llamaron a Tomás. Tenían a su familia, le dijeron. Y Tomás fue. A los chicos los dejaron. A ellos dos se los llevaron. Dicen que solo una vez pudieron verse durante el cautiverio. Una noche que uno de los guardias, reblandecido por el alcohol, los dejó salir de sus celdas. Dicen que Mecha se quitó la capucha y su cascada de pelo rubio le enmarcó sus grandes ojos azules y que buscó los de Tomás. Que después vino el abrazo. Y en medio de ellos dos, la panza.

Yo había ya perdido muchos compañeros. Esa noche perdí un amigo. Un amigo hecho en una pura fragua de charla, mate, hierrazos y carcajadas.

A partir de Tomás Fresneda desaparecido en Mar del Plata el 8 de julio de 1977 junto a su compañera Maria de las Mercedes Argañaraz, "Mecha", embarazada de 5 meses.

En cualquier lugar

La Rusa. Así la llamábamos. Pelo ondulado bien rubio. Cinco años menor que yo. Y mi única hermana. Todos los demás varones.

Le gustaba andar en la cocina. Ayudando. Y probando. El dulce de leche de mamá era espectacular. Y la Rusa la ayudaba comiéndoselo a cucharadas. Con el pan sí que la ayudaba. Y recién salido del horno se lo llevaba a su amiguita de la vuelta. Y de ahí volvía con otro pan. El pan de la otra familia. En vez de figuritas intercambiaban pan caliente.

No teníamos juguetes. Así que inventábamos. Al teatro jugábamos siempre. Y la Rusa actuaba de payaso.

Le gustaba caminar. Largas caminatas al río. Mirarlo fluir. Incesante. Y también iba al pueblo caminando. Al cine. Con la entrada que conseguía a cambio de los peces que teníamos en el estanque.

Se puso alta. Y el pelo se le oscureció un poco. Y coqueta sólo al principio de su crecimiento. Después siempre de vaqueros. Y la cara lavada. Y ya señorita a Rosario. A estudiar psicología. Y ahí Tito y la militancia. En el ERP. Me escribía en las servilletas de los bares. Y siempre decía que estaba bien.

Se casaron en Paraná. Festejamos con un almuerzo en el patio de la casa. Alguien trajo una radio. Los Iracundos. Los Gatos. El Cuarteto Imperial. Y un poco de rock para Tito. Bailamos hasta tarde. Y después ellos dos de vuelta a Rosario.

La última vez que la vi la noté muy desmejorada. Y también en esa ocasión me dijo que estaba bien. Después supe que en ese momento ya andaban escondiéndose.

Soñaba con tener un bebé. Y en una servilleta me contó que estaba embarazada.

Los esperábamos para el 31 de diciembre. No llegaron. Seguimos esperando el primero y también el día siguiente. Pero tampoco. Mis hermanos y yo salimos a buscarla. Pero ya ni rastros. Ni de la Rusa ni de Tito.

La Rusa era de escuchar. De ayudar. Pero no contaba cuando ella tenía problemas. Si me hubiera dicho que la perseguían, yo la habría escondido. En algún lugar. En cualquier lugar.

A partir de Graciela Alicia Greca, "la Rusa", desaparecida en Rosario, Santa Fe, el 31 de diciembre de 1976, junto a su compañero Norberto Manuel Alonso, "Tito"; ella embarazada de 3 meses.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

LAS MAS LEÍDAS