Podemos nombrar una calle llamada Estanislao Zeballos, echar una mirada a las
imágenes que ilustran un billete de cien pesos, o escuchar hablar de localidades como Los Toldos o
Carhué, sin reparar que en estas referencias asoma una parte turbia de nuestra historia, aquella
que todavía se conoce eufemísticamente como "La conquista del desierto". El realizador Andrés Di
Tella (director de trabajos como Montoneros, una historia y Fotografías) se detuvo, precisamente a
examinar qué hay detrás de esos datos y lo plasmó en El país del Diablo, que pudo verse en la
reciente edición rosarina del Bafici.
Atraído por las imágenes de un antiguo filme mudo, dirigido por el santafesino
Alcides Grecca, que reconstruía uno de los últimos malones (con la actuación de algunos indígenas
que participaron de ese embate), Di Tella emprendió un viaje por aquellas tierras de la pampa y el
sur argentinos. Territorios a los que Adolfo Alsina había intentado separarlas zonas "civilizadas"
con una inmensa zanja.
En el camino descubrió a un personaje peculiar: el rosarino Estanislao Zeballos,
periodista, escritor, legislador y ministro. El país del Diablo es el título de su documental, en
cuyas historias descubrió también (siendo su madre oriunda de la India) algo en común con aspectos
de su propia vida.
—
Es notable que tu interés por el tema haya comenzado con una película santafesina, El
último malón, y que hayas reparado en un personaje histórico rosarino, Estanislao
Zeballos.
—Todo comenzó hace unos veinte años. Fui a un seminario que dictaba David
Viñas, y un día nos llevó al Museo del Cine a mostrarnos la película de Alcides Grecca. Un filme
increíble, porque fue hecho en 1914 y refleja un malón en San Javier, que fue uno de los últimos en
Argentina, ocurrido unos años antes, con algunos de los propios indígenas como actores. Esas
imágenes me quedaron en la memoria porque era un testimonio increíble. Era una reconstrucción de
algo de lo cual nadie habla: la conquista del desierto, la guerra contra el indio. Desde entonces
me quedó la idea de hacer algo, pero no le encontraba la vuelta. Meterse con un tema histórico, en
términos cinematográficos, es como suicida.
—Posiblemente lo que te llevó a interesarte por Zeballos fue el descubrirlo como el
"primer documentalista", como decís en la película.
—Claro, porque era escritor, periodista, medio geógrafo, medio científico,
amigo e interlocutor de (Julio) Roca y, de alguna manera, uno de los ideólogos de la campaña del
desierto. Como se hacía en esa época, viajaba a los lugares y se informaba no sólo con la
documentación o la bibliografía sino con el viaje sobre el terreno. Como dice en un momento
Nazareno Serraíno, cacique ranquel en la actualidad, Zeballos era un argentino innovador. El lo ve
con una óptica negativa, porque instaló la idea de que a los indios había que verlos como bichitos
raros, como "el otro". Sin embargo, a mi me interesó que fue cómplice del exterminio de los
indígenas argentinos y, a la vez, el primero que empezó a rescatar su cultura. Escribió libros
sobre el tema, al punto de que hoy los ranqueles o mapuches que quieren reconstruir su historia,
sus costumbres y sus tradiciones, tienen que recurrir a lo que dejó él. Me interesa esa paradoja:
que nuestro primer antropólogo, nuestro primer documentalista tenga las manos tintas en sangre.
Creo que todos los que no somos aborígenes, seguimos teniendo algún tipo de responsabilidad de que
el indio haya sido eliminado y avergonzado.
—Sobre el final de la película, se menciona cierto arrepentimiento o reflexión de
Zeballos.
—El escribía sobre la necesidad de exterminar a los indios antes de
viajar. Después los fue conociendo, y creo que eso lo hizo cambiar. Igual, seguía con una visión
que hoy consideraríamos racista. Un año antes de morir, publica un extrañísimo panfleto con un
título muy evocativo, Soñando con los indios del Chaco, porque fue al Chaco y se encontró con una
comunidad indígena viviendo en la miseria, lo mismo cuando fue a La Pampa.
—El país del Diablo no se limita a hablar de la matanza de los indígenas,
sino que además muestra sus cadáveres, sus cráneos.
—Una de las expresiones del interés de Zeballos por los indígenas era
profanar tumbas y coleccionar los cráneos de los indígenas. Creo que eso simboliza sus
contradicciones, porque su interés era genuino y a la vez macabro, e implica una falta de respeto
total a la otra cultura.
—Cuando en la película, mientras se muestran esos cráneos, se escucha una expresión
de Roca acerca de sembrar el terror entre quienes quedaban es inevitable relacionarlo con la
dictadura militar.
—Sí. Yo no hago ningún tipo de referencia a la dictadura militar de los 70
porque no es necesario. En el diario del Bafici titularon una nota que me hicieron con una frase
que me gustó: "La historia ocurre ahora". Y es así, lo que ocurrió hace más de cien años sigue
sucediendo, en algún sentido. Los indios siguen sin poder ser indios, recién ahora están
tímidamente empezando. En Argentina, según un estudio, de 15 mil personas testeadas, el 51 por
ciento tenía en su mapa genético elementos indígenas. Y nos consideramos un país europeo.
—La idea de hacer una zanja para dividir un tipo de gente de otra tiene equivalentes
en la actualidad.
—Claro. Sobre todo, sigue vigente la idea del europeo y del autóctono,
llamémoslo boliviano, paraguayo o negro de mierda. En ese sentido es donde también hay una
continuidad con mi película anterior, Fotografías. En algún sentido yo me identifico con los
indios, aunque sean otros indios, no los míos. Pero yo tuve esa experiencia de sentirme
avergonzado, de odiarse a uno mismo, de querer ser otra cosa.
—Es clave cuando en la película se plantea que en pocos meses se acabó un
mundo.
—Es muy impresionante. Hasta 1879, a doscientos, trescientos kilómetros de
la ciudad de Buenos Aires, todo el resto del país hacia el sur, estaba en manos de los indios. Y
los tipos la verdad es que vivían en el paraíso. Había guerras internas, o contra el Paraguay, pero
le tenían miedo a los indios. Existió el intento de Rosas en los años treinta, aunque Rosas mató
más gente que Roca, algo que hoy suena políticamente incorrecto.
—Con respecto a la expresión de que acabó un mundo, en la última secuencia, ¿no hay
una intención tuya de que ese mundo perdido reaparezca, como si se tratara de un sueño o un
fantasma?
—Sí, está bien esa lectura. Yo creo que es un poco un sueño mío y a la vez
una reconstrucción. Nazareno, el cacique, tiene una parte indígena, pero elige ser ranquel, yo
estoy diciendo que nosotros podemos pensar una Argentina donde podemos imaginarnos un poco
indios.
> fernando g. Varea <</p>
Paradoja. "Estanislao Zeballos, nuestro primer antropólogo, tiene las manos
tintas en sangre"
"Seguimos teniendo responsabilidad de
que el indio haya
sido eliminado"