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Cuando el calor ataca: relatos para pasar el verano

Mientras las altas temperaturas no retroceden, la ciudad se puebla de historias rodeadas de un clima que agobia. Es enero y hace calor, mucho, y con él aparecen sus defensores y detractores. Aquí algunas historias para compartir, en lo posible a la sombra.

Domingo 13 de Enero de 2008

Y sí, el clima tiene esas cosas. Obliga a las personas a seguir de cerca al termómetro en una carrera similar al minuto a minuto con que hoy se mide el rating. Encima, ya no basta con la crueldad de la temperatura real sino que en los últimos años se sumó la pasión por la sensación térmica, tornando la escalada de calor en una espiral interminable. Es enero y hace calor, mucho, y con él aparecen sus defensores y detractores. Aquí algunas historias para compartir, en lo posible a la sombra.

Una de taxistas / Hernán Lascano

Uno entra en el taxi como un clavadista olímpico compitiendo con millones de peatones, pensando en la fusión de los átomos de hidrógeno en el interior del sol, en el vapor del gas naranja que veían las tropas yanquis elevándose sobre el río Mekong, aunque por fortuna lo que agobia no es tan inhumano, apenas el polvo de azufre que flota en la atmósfera de enero a las doce y cuarto del mediodía a la altura de San Luis y Presidente Roca.

El taxista se parece a Jorge Amado, uno que sobre el calor escribió tupido, y tiene la voz igual a Pepe Biondi. Maneja callado unas diez cuadras porque entiende que el pasajero necesita revivir. Pero el calor es su tema y no tardará en desenrollar una hipótesis.

El calor hace que ocurran cosas extrañas, dice el tipo. En el verano la gente enloquece, se pone animal, no le importa nada. El frío es más civilizado. Pero cuando pega el calor nadie da dos guitas por lo que piensa el otro. Revoleás la remera, metés la cabeza en la canilla, te tiras al río en pelotas. Yo lo resumo así: Con el frío te cubrís. Con el calor te sacás.

El efecto de la radiación solar en la conducta humana es el núcleo del ensayo del taxista, que se ufana de haber hecho un acopio de sólida evidencia para su tesis. La última, que incorporó la madrugada del Año Nuevo, es la culminación de su teoría térmica y la cuenta como si estuviera en la ONU ante delegaciones de expertos venidos de todo el orbe.

El 1º de año, dice, brindé con mi mujer, me di una ducha y a la una ya estaba dando vueltas. Mucha gente en la calle, mucho trabajo, un calor de guanacos. Como a las 5 me hacen señas dos parejitas. Muy buen aspecto. Tengo la luz del reloj débil adrede, porque al pasajero lo elijo yo: cucarachas no subo. Me paro y entran. Más o menos 22, 23 años los pibes. Me dicen que buscan un hotel para pasar la noche.

Todo el mundo de festejo, caminamos bastante. No había una pieza en toda la ciudad. Los pibes no se rendían fácil, volvíamos a los lugares donde ya habíamos pasado para ver si se desocupaban. Pero nada. Así que una de las pibas, en Pellegrini y Mitre, avisa que abandona, pide que la llamen al día siguiente, anota el teléfono y se baja.

Los pibes, que eran unos duques, le preguntan a la otra chica dónde baja. Ella se ataja, contesta que vive lejos. Pero por favor, le dicen, dónde vivís, que te alcanzamos. En Nuevo Alberdi, dice ella. Cuánto sale el viaje hasta allá, jefe, me dicen. Y, unos 25 pesos, digo yo. Bueno vamos, cómo no, la llevamos.

Así que agarramos para el barrio. Casi al llegar la piba, muy bonita, muy compradora también, dice: Ven allá, al final de esos árboles, camino a Ibarlucea, ahí hay dos moteles. Si quieren podemos probar. Entonces uno de los pibes, al que se le había bajado la mina, empieza a rezongar: Ah, sí, que vivos son ustedes, y yo qué hago. Y la mina, muy rápida, le dice: Vos tranquilo, venís con nosotros.

Yo soy de otra época, pensaba que tal vez no había entendido bien, pero paraba la oreja como loco. Vamos para allá, dice la chica. De repente me encara a mí: Señor, usted tire el asiento de adelante bien para atrás y el más chiquito de ustedes dos se mete en el hueco. Cuando llegamos, dice la piba, el tipo de la recepción va a ver solamente a dos personas atrás y nos deja pasar. Ahí usted se arrima hasta la puerta de la habitación, nos bajamos los tres y nadie nos ve.

Los varones le hicieron caso sin decir una palabra. Y yo también: corrí el asiento como me dijo, dejé que uno de los pibes se escondiera, entramos, los bajé a los tres en la puerta de la pieza y me piré.

Qué pasó después no sé, dice el taxista de la voz de Pepe Biondi. Pero ese día, sigue, el calor revivía los muertos. Lo firmo ante el juez: esto en invierno no pasa.

Entre juegos y conjuros / Lisy Smiles

Hay ciudades y ciudades. Amigables, históricas, modernas, violentas, frías o cálidas. Inés nació en una calurosa, casi bochornosa, en cuanto a la temperatura. Cuentan que la noche que decidió obligar a su madre a que pariera, el termómetro estaba en 32 grados, y eso que era cerca de la 1 de la madrugada.

Siempre que intenta explicar a quienes aseguran disfrutar el calor por qué ella lo detesta cuenta una anécdota. Cuando era chica, no más de 9 años, su padre la llamó junto a su hermano mayor, un por entonces niño de 11 años, para que eligiera entre un ansiado viaje para las vacaciones o un flamante aire acondicionado. La respuesta llegó de la mano de un encendido griterío: ¡Aire, aire!

Tampoco se siente un bicho extraño cuando logra ir al mar, y la playa se vacía a medida que se acercan los nubarrones. Ella se queda, a lo sumo busca un refugio si vislumbra que la tormenta será fuerte. "El mar siempre tiene la misma temperatura", dice a quien intente convencerla de que no se bañe cuando llueve.

Entonces, como cuando era chica, corre hacia el mar apenas caen las primeras gotas ante una playa desolada. El recorrido, para que cumpla con la característica de rito, debe realizarse mientras se grita: ¡A disfrutar!

La infancia, ese momento tan particular, tiene una actividad clave: el juego. Con los años, y a pesar de que por entonces esa es la tarea principal, los adultos lo olvidan. Ella, no. Dice que cuando sea vieja cumplirá el sueño de vivir más al sur pero mientras tanto, cuando el verano paraliza las noches en un duermevela interminable, retorna a un juego que solía usar de conjuro ante el sopor. Desafía a ver quién descubre el movimiento de una hoja, síntoma ineludible de que la noche ya está en retirada o de que siempre una brisa llega. Incluso, en el peor momento.

Olvidos del fuego / Alfredo Montenegro

Como ya acostumbra, Crónica TV lo había previsto, pero se mofaban del estilo del canal al esgrimir que la información seria pasaba por otro lado. Sin embargo, cuando estalló el verano todos se dedicaron a calcular récords históricos, a brindar consejos para combatir los golpes de calor y a buscar instrucciones para no disecarse, además de ofertar equipos de refrigeración y huidas al mar.

Al ser considerado enero como un mes sin demasiados hechos valorados como "correctamente periodísticos", el calor es el tema obligado que se chorrea sobre las charlas de colas bancarias, taxis y largos viajes en ascensor, gracias a la buena o mala prensa que le ofrecen los medios de comunicación.

Pero se debería advertir sobre cierta histeria, superficialidad e intenciones mercantiles que demonizan al calor. Sucede que tratan de encubrir tras las altas temperaturas la verdad de la milanesa. Ahora, nadie se acuerda que no había indignación cuando la temperatura subía en invierno y hasta se protesta porque en Europa no pasa como acá.

Grupos de muchachones que gustan de cuestionar todo mientras pasan las tardecitas en las esquinas periféricas han investigado el tema para acordar que "con el calor que hace ni se puede trabajar". Semejante hipótesis sería un punto de partida para no agarrársela con las altas temperaturas y explotar esa premisa, quizás algo vaga.

Por otra parte, 38 grados de temperatura son tan agobiantes para quienes pueden pasarla regio en una pileta, acondicionadas alcobas u hosterías de Las Leñas. Entonces, parece que sufrir calor, como también se venía previendo, depende más de las condiciones de vida. Porque para algunos, el calor es más agobiante que para otros.

Claro que defender al calor afirmando que no es culpable de los cortes de luz y la falta de agua provoca apuntar a causas y no a consecuencias. A los que no invierten o comercializan los servicios.

Defender al calor porque lo promueven los humanos implica admitir que no todos son responsables, ya que los depredadores del planeta y causantes del calentamiento global son sólo algunos pocos. No alcanza con justificar al calentamiento por el efecto invernadero que aumenta el nivel del mar, reduce al casquete polar y causa inundaciones o sequías. Habría que ventilar quiénes son los calentadores, como los países desarrollados y la cómplice ONU.

Históricamente, al calor se lo vinculó con el amenazante infierno que achicharra a los pecadores, al fuego que quemó vivas a supuestas brujas, y hasta se tildó de incendiario a todo panfleto. Pero, los cuestionadores también dicen que tras una explosión calorífica se armó el universo y se prendieron las estrellas. También ellos exigen no olvidar que las brazas se usan para afilar los machetes antes de combatir, templar los cueros de bombos murgueros además de hacer crujir y dorar a los costillares.

Entonces insisten en no satanizar al calor y combatir a los que contaminan al revolear dióxido de carbono. Además, advierten que en lugar de orar para que bajen las temperaturas, sería más conveniente ventilar todas esas falsedades y ver a quiénes benefician. En tanto, ya andan conjeturando que "quizás, tampoco lo que mata es la humedad, sino los que humedecen".

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