Política

"Se apuraron en decir que estamos frente a una hegemonía de Cambiemos"

El sociólogo Gabriel Vommaro es un anatomista de eso llamado PRO y su versión evolucionada

Domingo 24 de Diciembre de 2017

El sociólogo Gabriel Vommaro es un anatomista de ese espécimen llamado PRO y su versión evolucionada, Cambiemos. Frente a la incomprensión generalizada acerca de esta criatura que hoy domina el ecosistema político argentino Vommaro pone la lupa sobre el proceso de movilización de las clases medias altas y altas ante la desconfianza en los partidos tradicionales y el fantasma de la "chavización" de la Argentina. En su opinión, el éxito electoral de Cambiemos responde a dos logros: crear un partido de centroderecha pro mercado competitivo y representar a distintos sectores del espacio no peronista que hasta entonces dispersaban su voto.

   En plena gira de presentación de su último libro, "La larga marcha de Cambiemos", Vommaro realizó esta entrevista con La Capital, en la que analiza la capacidad del macrismo para construir poder pero también las múltiples resistencias que enfrenta para imponer su programa de reformas, como se evidenció con la controvertida reforma previsional.

   —En sus investigaciones resalta cómo el 2001 representa para un sector de la élite un punto límite: reafirman su desconfianza en los partidos tradicionales y se plantean la necesidad de construir una herramienta política propia. ¿Cómo se da en Cambiemos ese proceso de convergencia y articulación de sectores que provienen de orígenes muy diversos?

   —En el libro "La larga marcha de Cambiemos" me concentro en el sector que considero el núcleo duro de la movilización política que está detrás del PRO y Cambiemos luego, que es el mundo de las clases medias-altas y altas y los sectores económicos vinculados a ellas. Ahí uno puede encontrar los dispositivos más novedosos. Desde muy temprano el PRO tuvo un conjunto de organizaciones que se pueden llamar parapartidarias —porque no son formalmente parte del partido— que funcionaron como mediaciones con este universo, sobre todo con el mundo de los negocios. Se trata de ONG's y fundaciones comandadas por figuras políticas que forman parte de esos universos, por lo cual hablaban el lenguaje de esos actores. Por ejemplo, G25 —que fue una de las principales ONG creadas por Esteban Bullrich y luego se suma Dietrich a ella— copia el modo de incorporar y reclutar gerentes de las grandes empresas. Desde el momento en que se intensifica esta idea de que Argentina puede ir hacia una hostilidad mayor hacia el mundo privado es cuando tienen cada vez mayor eficacia para incorporar a estos actores. Les ofrecen dos cosas: recompensa moral, la idea de que ellos van a poder ser reconocidos por la sociedad como actores de la salvación del país o algo así; y en segundo lugar, les ofrecen lugares de gestión, adaptados a ellos. Fuera de estos sectores la forma de incorporación y de agregación que tiene el PRO primero y Cambiemos luego es más tradicional: acuerdos con grupos políticos en los que priman muchas veces transacciones políticas clásicas. Tienen para ofrecer el liderazgo de Macri como un liderazgo más o menos popular, listas más o menos competitivas, cargos en el Estado. Eso puede explicar por qué se sumaron radicales, peronistas, y se siguen sumando.

  —El PRO primero y Cambiemos después se han revalidado permanentemente en elecciones. Más allá de convertirse en el mejor instrumento para canalizar ese sentimiento antikirchnerista mayoritario, ¿qué demandas y expectativas logra representar de sectores medios, incluso bajos, que forman el grueso de la pirámide social?

  —Cambiemos, que es bastante más que el PRO, termina de superponer dos proyectos. Uno es crear un partido de centroderecha pro mercado competitivo; otro es reconstituir el espacio no peronista y darle una representación a un montón de sectores que hasta el momento dispersaban su voto. Esa superposición explica muy bien buena parte del peso electoral que hoy tiene Cambiemos. En segundo lugar, desde el gobierno Cambiemos tiene la voluntad permanente de disputar electorados que van más allá del electorado tradicionalmente no peronista. Intenta construir vínculos con sectores medios bajos, sobre todo. Cambiemos hoy tiene un 40 por ciento de los votos, pero también sigue habiendo una muy fuerte correlación entre voto y clase: entre clases bajas y voto kirchnerista y clase media para arriba y voto Cambiemos. Tampoco habría que exagerar el peso del gobierno en sectores a los que por ahora les pudo ofrecer continuidad en algunas políticas sociales, pero en un contexto macroeconómico bastante hostil. En cambio, a los que sí les pudo ofrecer un poco más fue a las clases medias trabajadoras que ya habían tenido cierta distancia con el kirchnerismo en los últimos años y que todavía tienen alguna expectativa de que este gobierno les permita mantener los niveles de consumo que habían adquirido en los años anteriores pero que resuelva problemas heredados y arrastrados del pasado, que tienen que ver por ejemplo con el hábitat y la mala calidad de la vida urbana.

  —Como no sucedió nunca en la historia argentina reciente, actores que provienen del mundo empresario colonizan todas las áreas del Estado. ¿Cuál es la relación de Cambiemos con la cúpula empresaria?

   —La presencia generalizada de gerentes del mundo privado en el Estado no se dio de un día para el otro y tampoco tiene que ver con una especie de acuerdo corporativo entre Cambiemos y las grandes empresas. Es más bien una movilización de esos actores que no son los propietarios pero son los grandes protagonistas de este capitalismo globalizado. Cambiemos no es tan claramente en sus inicios un proyecto apoyado orgánicamente por la clase empresaria de Argentina: algunos sectores sin duda impulsaron fuertemente la unificación de la oposición al kirchnerismo, y también estaban dispuestos a acordar con el candidato oficialista de entonces si ganaba. El gobierno creyó que por ser un gobierno fuertemente influenciado por el pensamiento managerial, la restauración de una lógica de mercado y la creación de un clima de negocios favorable para la inversión privada iba a tener como respuesta más o menos rápida un voto de confianza del mundo empresario a través de lo único que pueden hacer las empresas que es poner dinero, invertir. Hasta ahora eso no pasó, con lo cual no parece haber habido un acuerdo orgánico de ese tipo.

   —Cambiemos parece tener un objetivo bastante claro de reorganización social y busca avanzar, con marchas y contramarchas, en función de la resistencia social ¿Cree que subestimaron cuán sólidos eran ciertos consensos básicos de la sociedad argentina, por ejemplo sobre el terrorismo de Estado y la participación del Estado en la economía y la seguridad social?

   —Cuando escribí cosas pensando en cuáles eran las chances del reformismo cambiemista siempre era muy prudente. Para todos los tipos de reforma Argentina tiene mecanismos de resistencia con bastante capacidad de soportar los cambios de gobierno. Eso crea obstáculos para cualquier acción reformista, sea en un sentido progresista como más pro mercado. Muchos se apuraron a decir que estamos frente a una hegemonía: hay un control de la agenda y del timing político que da también un uso inteligente de los recursos del Estado. Pero hegemonía es otra cosa. Quizás puede ser que después de octubre el macrismo se consideró en una posición de fuerza más grande de la que tenía en los hechos, y por primera vez tanteó una agenda de reformas muy clara. Ahora empezó a entender que tiene que lidiar con resistencias institucionales, corporativas y sociales más complejas, y que este país tiene reservas de movilización bastante intensas.

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