Los últimos segundos de su vida, Antonio Ezequiel López los pasó dentro de una zanja de aguas pestilentes en la esquina de Garay y Alsina, en el barrio San Francisquito. Alrededor de las 19 del jueves el hombre de 35 años circulaba por la primera de esas calles en una bicicleta cuando una moto se le puso a la par y una sucesión de disparos lo catapultó dentro de una zanja. Luego, como si fuera parte del trámite, el sicario volvió sobre sus pasos y lo remató con otra saga de balazos. Una ejecución con sello mafioso que dejó más preguntas que respuestas a los investigadores.
“Se escucharon dos secuencias de disparos. Primero unos diez. El estruendo fue terrible. Pensé que eran cortes del motor de una moto, pero después de un breve silencio se escucharon tres o cinco disparos más”, explicó una vecina que vive a unos 70 metros de la escena del crimen. “Yo estaba sentada en el comedor de mi casa y escuché las detonaciones. Vi los destellos desde la ventana y no me animé a acercarme. Esos destellos no podían ser otra cosa que una mala señal, y así fue”, añadió otra residente de la zona. El cuerpo, según las primeras pericias forenses, tenía al menos diez orificios y la víctima vivía a unas 15 cuadras del lugar donde lo mataron.
Las detonaciones que terminaron con la vida de López obraron como un llamador de curiosos y de policías, en una primera instancia de la Brigada Motorizada que andaban patrullando la zona. Los curiosos se acercaron incluso hasta la zanja para ver “si el muerto era alguien del barrio”. Pero los uniformados lograron demarcar un perímetro y alejarlos hasta la llegada del fiscal Ademar Bianchini y los efectivos de la Agencia de Investigación Criminal (AIC) que trabajaron en la escena.
Al lugar también llegó el ministro de Seguridad de la provincia, Claudio Brilloni, quien fue recibido por un par de sarcásticos aplausos de un grupo de doñas de la cuadra. El funcionario enfrentó las cámaras de los noticieros de la tele y le pidió tranquilad a los vecinos. “Desde el gobierno estamos haciendo lo posible para evitar este tipo de hechos”, indicó. Tras ello se acercó a los familiares de la víctima, con quien tuvo un breve y poco cordial diálogo. Sobre la calle quedaron al menos media docena de círculos de tiza que marcaban las vainas servidas de la pistola asesina.
Los vecinos de Garay y Alsina coincidían este viernes en que en esa zona del barrio San Francisquito viven “tranquilos” siempre que se tomen en cuenta “las inmediaciones”. Aclaran que no es “anormal escuchar disparos”, pero que en esa cuadra se vive en calma, “aunque no es para tirar manteca al techo”, dijo un viejo habitante del lugar. “Igual, éste no es como otros barrios donde la gente circula permanentemente. A la hora del crimen, cerca de las 19, la gente ya se guardó. Ya hizo las compra y se metió adentro. Sólo circulan autos y motos. Pero gente caminando, difícil”, añadió un residente.
Según con quien se hable, en inmediaciones de la escena del crimen el sicario llegó en una moto de baja cilindrada, quizás una de 110 centímetros cúbicos, o en una Honda Titán color oscuro. Algunos dicen que fue un atacante solitario. Otros que en la moto iban dos personas.
Quince cuadras
Los motivos o razones que terminaron en el letal ataque contra López parecen ser ajenos a la realidad de la zona en la que cayó muerto. El hombre residía en inmediaciones de Deán Funes al 5500. Allí, algunos lo recordaban por el mote de “el loco de la escalera”, por la facilidad que tenía para hacer conexiones ilegales al cableado de la luz eléctrica.
Mientras el cronista más se acercaba a la casa en la que residía la víctima, la locuacidad del vecindario se iba acotando hasta llegar tan solo a un par de palabras y algunos gestos. “Lo único que te puedo decir es que no era de buena vida”, indicó un hombre. Sobre López se mencionó que tenía algún tipo de relación con “Los Tripi”, una familia sindicada como cabeza de una banda de vendedores de drogas cuyo centro neurálgico son los monoblocks del Fonavi Parque Oeste.
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La cabeza más visible de la banda es Iván Gabriel Tripi, condenado en mayo pasado a 7 años de prisión en un proceso abreviado homologado por el Tribunal Oral Federal 2. Esa banda es la contracara de otro grupo que opera en la zona: el de Walter Daniel “Dulce” Abregú. “Lo que se dice en el barrio es que este muchacho le cuidaba el departamento a uno de la banda, que está preso”, explicó un residente.
“No hace mucho le mataron un familiar”, agregó otro vecino de la zona en alusión a Oscar Daniel Ordóñez, un muchacho de 21 años al que asesinaron de cuatro balazos por la espalda cuando circulaba en bicicleta la tarde del jueves 22 de junio pasado en inmediaciones de Volta al 7100 (27 de Febrero a la misma altura), a metros de uno de los paredones del cementerio La Piedad. Ordóñez vivía a unas 30 cuadras de la escena de donde lo mataron y la mecánica del ataque fue similar a la que terminó con la vida de López, que según vecinos sería su primo.
“López tiene un hijo o un sobrino que es un bardo. Un pibe berretinudo que tiene bronca con medio mundo. Por ahí, quien te dice, que el crimen no venga de una bronca por ahí”, aportó otro conocedor de la zona. Lo concreto es que quien mató a López tenía una premisa: su blanco no tenía que levantarse, no debía sobrevivir al ataque sicario.