Hacía poco más de un mes que Florencio Alberto Cáceres, de 20 años, había
llegado a Rosario desde la ciudad chaqueña de Roque Sáenz Peña para mitigar la pobreza trabajando
como cartonero junto a su familia. En la madrugada de ayer, como una paradoja del destino, encontró
la muerte en un sitio tan marginado como el que había dejado atrás: la villa que se levanta en el
cruce de Pasco y Lima, en la zona oeste de la ciudad. Todo indica que quedó en medio de una gresca
a la que era ajeno y uno de los contendientes le asestó una puñalada mortal.
Cáceres tenía 20 años y vivía con sus padres y sus seis
hermanos en una casilla con techo de chapa en Ancaste al 2600, un pasaje de tierra de una cuadra de
extensión situado entre 27 de Febrero y Gálvez. Se ganaba la vida recolectando plásticos en un
carro con su tío.
Primero, según las fuentes policiales
consultadas, Hugo B. y sus compañeros intercambiaron insultos. Pero los decibeles de la gresca
fueron aumentando y el hombre acudió a su vivienda, contigua a la de su vecino, para buscar un
cuchillo de grandes dimensiones, al parecer dispuesto a resolver sus diferencias de la peor
manera.
Mientras esto ocurría, Cáceres
regresaba de una fiesta de cumpleaños. Pasó caminando por la calle y en ese momento tuvo el
infortunio de toparse con Hugo B. La policía no tiene ningún indicador de que el agresor y la
víctima se conocieran de antes.
De acuerdo con los testimonios que
pudieron recoger los investigadores, el hombre estaba visiblemente alterado y desafió al muchacho a
"pelear". Según el vocero consultado, Cáceres se negó y aún así el agresor le asestó una cuchillada
que le perforó el hemitórax derecho. "No sabemos por qué lo atacó", comentó el comisario José María
Brunelli, jefe de la comisaría 13ª, que controla la zona. Tras el ataque, Hugo B. se marchó y hasta
anoche no había sido localizado por la policía.
El incidente en el que el joven fue apuñalado ocurrió en villa
La Boca, un sitio donde se levantan un racimo de casas precarias y algunas de material. Según una
fuente policial, cerca de las 4 de ayer Hugo B., de 33 años, compartía con tres amigos unos
cervezas en la vivienda de un vecino. Unas dos horas después, cuando ya habían bebido varios
porrones comenzaron a discutir por cuestiones que no fueron precisadas.
Postal de exclusión.
Gestos de dolor, pero desprovistos de
estrépito, se advertían allí en los rostros de los familiares de Florencio. Un pariente del
muchacho estaba sentado al lado del carrito con el que recogían desechos en las calles rosarinas,
con la vista clavada en el suelo, como si intentara asimilar lo que había ocurrido.
Los hermanos menores de Florencio
correteaban por el patio de tierra y solamente Soledad, una de las hermanas del muchacho, intentaba
explicar el violento episodio.
Soledad estaba sorprendida por lo
ocurrido, pero lucía tranquila. Enfundada en una camiseta de Newell’s, comentó que no conocía
detalles de cómo se desencadenó el episodio en el que fue asesinado Florencio.
"No sabemos lo que pasó. Mis viejos
no están porque están haciendo los trámites para velarlo", aclaró la chica. A su lado, otra hermana
esbozaba algunos monosílabos. De lo que realmente ocurrió, sabían casi nada.
Ya era la una de la tarde y todavía
no les habían entregado el cuerpo del muchacho. El cadáver estaba en el Instituto Médico Legal para
la realización de la autopsia de rigor.
Tal vez había pasado a un segundo
plano que la vida de un pibe de 20 años quedara trunca de una manera absurda. Un muchacho recién
llegado a Rosario y sin antecedentes penales había encontrado la muerte en una disputa en la que,
hasta ahora, todo indica que no había participado.
La vida de Cáceres estaba signada por la pobreza. Vivía en un rancho
de chapa rodeado por algunas casas de material. En la parte delantera de la vivienda, un patio de
tierra con ropa tendida, un carro de cartonero y trastos por doquier completan el paisaje.
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