La contramarcha en la designación del ex comisario general José Luis Giacometti como secretario
de Seguridad Pública de Santa Fe es probablemente el mayor paso en falso de toda la gestión de
Hermes Binner. Más que nada porque expuso una notoria improvisación en el terreno de la
administración que más sensibiliza a la ciudadanía: el que se relaciona con el control de la
criminalidad en el espacio público. Pero además porque en esas seis horas que transcurrieron entre
el nombramiento y su cancelación se notó una crisis de orientación ideológica respecto del modelo
de gestión pretendida en la materia.
Lo grave de un fallido así es la mala señal que representa hacia abajo
porque es leído como un déficit de autoridad. En general se tiende a equiparar manejo de la gestión
de la seguridad con capacidad de gobernar a la policía. Es un error. En todo estado democrático la
policía es una institución civil, profesional y armada, que deviene herramienta decisiva para
garantizar los derechos individuales y la tranquilidad pública. Pero en el marco de las estrategias
para la prevención del delito es un actor. Privilegiado y fundamental. Pero no el único.
Binner había planteado en su campaña que la acción policial no alcanzaba
para poner freno al delito. Sostenía, en esa línea, que para ese propósito es imprescindible
desplegar políticas diversificadas de prevención social —no solamente penales— de los
ilícitos. Para atenuar en la coyuntura y en el mediano plazo las situaciones de riesgo había que
hacer otras cosas.
Dar seguridad es también abrir calles, hacer iluminación y saneamiento
en los barrios, garantizar educación y salud, ofrecer alternativas recreativas o laborales
tempranas a los sectores más expuestos a la cooptación del delito. Esa variante es trabajosa, menos
inmediata en sus resultados y demanda muchos más recursos.
Poner como secretario de Seguridad a un representante conspicuo de la
visión más policial en las políticas del área después de haber asignado durante dos años las tareas
del rubro a funcionarios con una visión distinta fue incomprensible y detonó el comprensible
zafarrancho. Los secretarios de Seguridad Comunitaria, Enrique Font, de Control de las Fuerzas de
Seguridad, Gonzalo Armas, y de Asuntos Penitenciarios, Leandro Corti, hicieron saber que sería
imposible esperar resultados de semejante alquimia.
“No es que los secretarios armaron un golpe de escritorio como si
fueran porongas de la bonaerense. Sólo fueron a decir que si la decisión era cambiar de modelo
debían continuar con gente convencida. Ellos se formaron creyendo en que el problema histórico del
desgobierno de la seguridad es consecuencia de la delegación que gobiernos y legisladores hicieron
del tema en las instituciones policiales”, resumieron muy cerca de los secretarios.





























