Un mes antes de matarlo a balazos y puñaladas en un garaje subterráneo, los
asesinos de Abel Beroiz se plegaron a su sombra. En la puerta del hotel, en el restaurante donde
almorzaba, incluso cuando guardaba el auto en la misma cochera donde el 27 de noviembre pasado
encontraría la muerte, fue observado de cerca por quienes instigaron y cometieron el crimen por
precio. Al menos así lo reveló en su detallada confesión judicial Raúl Oscar Flores, preso como
autor de los disparos. "Ellos lo seguían y me mostraban cómo se manejaba", precisó, al relatar cómo
se planeó y ejecutó el crimen del ex secretario general del Sindicato de Camioneros
santafesino.
Flores tiene 23 años, le dicen Coqui y está en la cárcel de Piñero. Su confesión
ante el juez de Instrucción Osvaldo Barbero, tras ser detenido en Tostado en marzo pasado, reforzó
la hipótesis de que el crimen del sindicalista fue encargado para saldar una interna gremial. Lo
que también se refleja en otros tramos del expediente, al que tuvo acceso LaCapital.
La semana pasada Flores concedió una entrevista a Canal 5 en la que volvió a
describir, con algunas incoherencias y discrepancias respecto de su versión original, cómo mató al
tesorero de Hugo Moyano. Antes de esa aparición pública, habló tres veces en Tribunales. No lo hizo
bajo juramento de verdad. Por eso su testimonio, que se reproduce tramo a tramo en esta nota, no
necesariamente refleja la realidad de lo que pasó.
De todos modos, la voz del sicario fue clave para orientar la causa, que a más
de ocho meses del asesinato tiene ocho imputados. El último es un sindicalista detenido el jueves,
Alejandro Lázaro, a quien Beroiz planeaba desplazar de su puesto.
La propuesta. Según el relato de Flores, el encargo le llegó de la mano de Julio
César Gerez, un gestor conectado con estudios jurídicos al que conocía de su trabajo como estibador
portuario. Ese hombre le había tramitado una indemnización por un accidente laboral que sufrió un
año antes, al resbalar en la bodega de un barco y cortarse una mano. Cuando lo contactaron, Flores
estaba evadido en una causa por robo y tenencia de arma. Había huído del Heca tras ser trasladado
desde la comisaría 16ª por una quemadura.
"Me proponen 80 mil pesos para que les saquemos del medio a Beroiz por el puesto
que él ocupaba en el gremio de Camioneros. Gerez decía que Beroiz le jodía la carrera. Estaba muy
interesado en el tema éste. El quería sí o sí", expuso Flores en su confesión. Sostuvo que los
instigadores fueron Gerez y otro sindicalista al que le decían el Abuelo. Estos hombres, recordó,
le dijeron que si pasaba algo iba a contar con el respaldo de ellos y de otras dos personas del
sindicato a las que no conocía.
"Nunca me nombraron a nadie del gremio. No me daban muchas explicaciones",
refirió, antes de plantear que se sintió coaccionado: "Primero pensé que era un trabajo así nomás.
Cuando empecé a ver de qué se trataba no había manera de salir. Eran pesados y me daban a entender
que no había vuelta atrás".
La planificación. Luego del primer contacto, los instigadores lo visitaron más
seguido para preguntarle "qué necesitaba en lo personal y en lo material". Le llevaron dos fotos de
Beroiz y le sugirieron que las pegara en una hoja, porque como eran pequeñas podía perderlas.
Flores siguió el consejo. Las guardó en una agenda con papeles que olvidaría en la escena del
crimen. Y que fue el anzuelo para que la policía llegara hasta él.
Flores indicó que durante los preparativos, un mes antes del asesinato, le
presentaron a la persona que haría el trabajo con él: Juancito, un adolescente de 15 años que luego
fue desvinculado porque, por su edad, no es punible. Del expediente surge que las reuniones para
organizar el homicidio se hicieron en la casa de Presidente Quintana al 200 bis de un tío de
Flores, Hugo Bustos. En esos encuentros le suministraron a Flores el arma, un revólver gris calibre
38, y un puñal con arabescos que colgaba como adorno en una de las paredes de la casa.
Quienes encargaron el crimen, según Flores, se movían en un Renault 19 azul. En
ese auto, confió, una mañana lo llevaron hasta el estacionamiento del ACA en San Juan y la cortada
Barón de Mauá para mostrarle los movimientos del dirigente que debía matar. "Ellos dos lo seguían y
una vez me mostraron cómo salía Beroiz del hotel, cómo se manejaba, cuál era el lugar donde
estacionaba el auto", detalló.
De su relato se desprende que los instigadores conocían las rutinas de Beroiz e
incluso tenían planeado matarlo una semana antes, pero algo falló. Flores contó que el día del
crimen fallido se encontró con Gerez, el Abuelo y Juancito en el bar del laguito del Parque
Independencia: "Se armó una discusión porque Beroiz tenía que venir de Buenos Aires ese día y
ellos, por traerme al centro, lo pierden. Ese día se iba a llevar a cabo y lo perdieron". Tras la
reunión pasaron una vez más por el ACA y, luego de marcar el lugar donde el sindicalista guardaba
el auto, acordaron que el asesinato se haría el jueves siguiente. Pero el plan se anticiparía.
La ejecución. El dirigente llegó a Rosario antes de lo previsto y se
alojó en el hotel de siempre, frente a la plaza Montenegro. La mañana del martes 27, en la casa de
Flores sonó el celular que le habían entregado sus empleadores: "Me dicen que me apurara, que ahí
estaba Beroiz, que me tomara un remís, que me lo pagaban. Llamé uno y como no vino me tuvieron que
ir a buscar ellos". Dijo que Gerez fue a buscarlo en su auto junto al Abuelo. A las 6 de la mañana
pasaron por la casa de Juan y acordaron que si el plan fallaba, lo intentarían de nuevo en la
semana venidera.
La siguiente parada fue en Mitre y San Juan. Allí, dijo
Flores, había un auto estacionado que condujo al primer subsuelo del ACA, donde la noche anterior
Beroiz había guardado su VW Passat azul. Detrás de Flores, "entraron ellos en el Renault 19 y
estacionaron en la otra punta. Sí o sí Gerez y el Abuelo tienen que haber sacado un ticket porque
bajaron en auto". Juancito bajó por la escalera. Esperaron en silencio junto a la cochera 14.
Flores tenía el arma y la carpeta con la foto de Beroiz. Le habían dado zapatos, un pantalón de
vestir y una camisa: "La ropa era parte del trabajo".
"Tardamos como media hora hasta que baja Beroiz por el
ascensor —recordó Flores—. Yo lo había visto dos veces, una cuando entró al hotel y
otra cuando entró al restaurante Rich. Lo vi venir, saqué el arma y gatillé tres veces".
La huida. A las 7.10, baleado en una mano, en el pecho y en el flanco izquierdo
del tórax, Beroiz trató de resistir el posterior embate a puñaladas. Flores asegura que a esas ocho
heridas cortantes las provocó Juan, aunque el chico lo niega. Los dos salieron corriendo y tomaron
un taxi hasta Corrientes y Pellegrini, donde según Flores los esperaba el Renault 19 azul que los
llevó de regreso a sus casas. En el trayecto, los que planearon el crimen recuperaron el arma y
rompieron el chip del celular de Flores.
Pago y despedida. El relato del sicario avanza hasta el mediodía. A las doce,
precisó, los dos hombres que lo contrataron pasaron por su casa. Le pagaron 20 mil pesos y
prometieron entregarle el resto cuando muriera Beroiz, que por entonces agonizaba en el Heca. El
hombre que admitió haberlo asesinado apuntó que nunca le pagaron lo adeudado por el trabajo
criminal, del que se dijo arrepentido: "Yo no soy quién para quitarle la vida a una persona por
dinero. Pero una vez que me contrataron ya no podía volver atrás".