La tarde del martes 15 de noviembre de 2016 Valentín Reales salió de su casa del barrio Cabín 9. Nada le dijo a María de los Angeles, su madre, sobre el lugar adonde iba. El pibe de 15 años cruzó las vías, un terraplén que separa zonas distintas de Pérez y también divide territorios de dos bandas en pugna desde hace tiempo: “Los Cuatreros”, conocidos así a partir del robo de caballos en la zona rural de Pérez, y “Los Stifler”, autonominados por el villano de la película “American Pie” que era quien mejor la pasaba. Valentín había estado en la primera gavilla, pero en aquel momento estaba en buenas migas con los rivales. También tenía conocidos en la policía porque durante su urgente adolescencia fue a parar varias veces a la subcomisaría 18ª. Desde esa tarde que salió de su casa nunca más apareció.
“Lo detenían por nada, pensaban que era el culpable de todo”, dice su madre cuatro años después, una tarde de julio de 2020. Nadie lo vio en la vía, nadie vio si lo levantaron. Desde ese día María lo busca con paciencia en un mapa incierto de dolor.
Cuarto de siete hijos, Valentín era un chico problemático. “Un caprichoso”, dice su hermana Antonella. Su madre lo había llevado a los 14 años a un juzgado de Menores para que lo trataran por sus adicciones. Le respondieron que si él no tenía la voluntad de ir a un instituto o clínica, la Justicia no podía obligarlo. “Yo no lo podía obligar y fue imposible judicializarlo. Les dije en el juzgado que iba a terminar mal y unos meses después desapareció”, dice María.
Tiempo antes de esfumarse el chico había denunciado en los Tribunales provinciales a miembros de Los Cuatreros ya que al parecer había policías que los protegían.
La desaparición llegó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (Cidh). Y con el cambio de gobierno provincial renació en el Ministerio de Justicia de Santa Fe el interés por la situación y se difundió la búsqueda con recompensa “para quien aporte datos útiles, relevantes y decisivos” sobre el destino del chico (ver aparte). “Por ahí ahora, con esto de la plata, sabemos algo”, confía la madre de Valentín.
“El fiscal Guillermo Apanowicz siempre nos atendió y nos trata muy bien. Nos dijo que la causa va a pasar de la Justicia provincial a la Federal y que ahora tiene que decidir la Corte Suprema de Justicia de la Nación porque están viendo si es desaparición forzada de persona o no. Hay sospechas de que intervino la policía, pero eso todavía no se definió”, cuenta María, y agregó: “En los últimos meses se encontró un cráneo en un basural y está en proceso de pericia”, pero cuarentena mediante aún no hubo resultados.
En bandas
“Le gustaba el campo y los caballos, así conoció a Los Cuatreros y empezó a hacer cosas”, recuerda María. El grupo cometía pequeños robos y arrebatos, usurpaba casas precarias y por último se tornaron violentos por demás. En Cabín 9 dicen que hasta vendían drogas.
Los Cuatreros aparecieron en las crónicas policiales a finales de 2007. Montaban caballos robados que galopaban por el barrio y amenazaban a los vecinos para, en algunos casos, quedarse con sus viviendas. Eran unos 20 jóvenes y el último jefe conocido fue Roberto “Narigón” Cabrera, que terminó detenido junto a su hijo. Entre 2014 y 2015 hubo dos procedimientos en el barrio para desbaratar al grupo y en marzo de 2016 cayeron ocho de sus miembros. Para el fiscal Fernando Dalmau, quien ordenó los operativos entonces, conformaban una asociación ilícita. En el barrio dicen que la banda sigue activa pero con otros miembros
“Mi hijo se juntaba con ellos, pero una noche uno de ellos golpeó al primo de Valentín y éste se metió en la pelea para defender a su familia”, recuerda su mamá. Después comenzaron las amenazas en redes sociales y Valentín dejó la banda. Tras ello, poco a poco, se fue acercando a Los Stifler, donde su primo tenía amigos.
Los Stifler cobraban a cobrar peajes para atravesar el barrio o dar seguridad a pequeños comerciantes, escruchaban casas de la zona oeste, amenazaban y robaban sin códigos. Los vecinos comentaban en 2016 que eran “soldaditos, ladrones y personas que pedían dinero a cambio de permitir la libre circulación por el barrio”. Habían hecho y usurpado varios búnkers y una investigación judicial los tenía como presuntos narcos.
Huellas
Desde la tarde de 2016 en que Valentín desapareció la familia fue todo oídos y el barrio una fábrica de rumores. La noche del 29 de noviembre de ese año les dijeron que el cuerpo estaba en un campo, cerca de unos establos de la zona rural. Allí fueron los Reales. “Llegamos y un hombre que conocíamos nos acompañó y nos hizo ir, de noche, por una huella de pastos salvajes. Era difícil caminar. El 30 de noviembre de 2016 una brigada de la policía halló en un pozo la zapatilla y una remera de Valentín. “Es posible que ya hubieran sacado el cadáver. En el pozo estaba toda la tierra revuelta”, cuenta María.
Para la Justicia hubo indicios serios de una serie de irregularidades. El móvil 5834 asignado a la seccional sub 18ª estuvo estacionado aquel 30 de noviembre de 2016, el mismo día del rastrillaje, en un descampado de Pérez entre las 13.42 y las 14.37 observando lo que ocurría. Esa información se obtuvo por medio del GPS del vehículo ya que “no constó en el libro de guardia de la alguna incidencia en ese lugar que justificara la presencia policial”, determinó una primera investigación.
Luego llegó el largo silencio de todos estos años. “Nos decían que lo habían visto en Buenos Aires, en Empalme Graneros, en la terminal de ómnibus, pero nunca supimos nada certero”, dice la mamá.
Durante los meses posteriores a la desaparición un policía de la subcomisaría 18ª fue la sombra de algunos miembros de la familia de Valentín. Sus hermanos fueron llevados a la comisaría por “averiguación de antecedentes”, tuvieron miedo de que se repitiera la historia y desapareciera otro de los siete hijos de María de los Angeles. La familia ingresó al Programa de Testigos Protegidos del Ministerio de Seguridad y cambiaron de barrio por medio de un plan de viviendas. “Fue difícil mudarse, al principio extrañábamos a la familia y a los amigos. Nos criamos en Cabín” cuenta Antonella.
Aún quedan en Cabín 9 tíos, abuelos y primos de los Reales. “El otro día fui a la casa de mi abuelo y el mismo policía que nos amenazó me quería llevar por no tener puesto un barbijo en cuarentena”, recordó otro hermano de Valentín.
Lejos
Ahora la familia vive lejos de Cabín, tienen en su casa un merendero que todas las tardes reparte leche y tortas fritas para “unas 50 familias. Parte nos lo acerca el Banco de Alimentos Rosario y lo otro son donaciones y cosas así”.
“Valentín era difícil, una vez lo dejé en calzoncillo en casa para que no se fuera y se fue igual saltando por un tapial del fondo, era un chico. Si hubiera sido un pibe grande y se mandó macanas, de última que lo pague en la cárcel. Pero era un nene y ésto lo hizo alguien con poder. Por eso se tapa todo. Pero tengo fe en la Justicia, lo voy a encontrar”, afirma María de los Angeles, que lagrimea cuando habla de su hijo mientras repite: “Lo voy a encontrar”.
La recompensa de un millón de pesos
El Ministerio de Gobierno de la provincia recordó que en el marco de la ley provincial 13.494 está vigente desde mayo de 2017 una recompensa de un millón de pesos para quienes brinden datos que puedan ser de utilidad en la investigación de la desaparición de Valentín Reales. Todo aporte debe brindarse a la Secretaría de Derechos Humanos ya sea en la capital provincial (Mendoza 3443) o en Rosario (Balcarce 1145), o llamando a la línea gratuita 0800-555-3348 o al celular 0342-155357756.