Policiales

El vértigo de una violencia que ante cada afrenta presagia la próxima

Actores jóvenes que no tratan de ocultarse y que hasta anuncian sus acciones mueven los hilos de los homicidios recientes y de mayor impacto

Martes 16 de Enero de 2018

Al analizar el furioso rebrote de homicidios en estos días en Rosario lo primero que se ve es cómo debajo del ensañamiento de los ataques se mueven factores comunes. No se asiste a una violencia aleatoria, en la que cualquiera puede ser víctima como en los casos de inseguridad abierta, que abarca a actores múltiples. Se trata más bien de grupos identificados, a menudo por los anuncios que realizan ellos mismos, ceñidos a un mismo territorio y con objetivos focalizados. Esta violencia en particular la protagonizan personas jóvenes que residen originariamente en un rectángulo de quince cuadras por cinco de la zona sur donde se vende droga al menudeo. El encarnizamiento de las ejecuciones es un rasgo que se reitera. Las venganzas en espiral son demostrativas de un odio que en cada hecho de sangre presagia el próximo, más que de la pretensión de ordenar o repartirse negocios en un mapa criminal. No es que los protagonistas estén fuera del negocio delictivo. Pero la explosión de muertes tienen el matiz ruidoso y explícito que produce el rencor por los hechos previos.

Estos hechos tienen como común atributo que la sanción penal o la cárcel ya no pueden pararlos. Es este un fenómeno de relativa novedad. Estar privados de libertad no limita los movimientos de los líderes de los grupos, que anticipan lo que harán desde atrás de los barrotes o en redes sociales, anuncios que luego se cumplen.

Violencia delatora

Los grupos que se mueven fuera de la ley se cuidan de atraer la atención pública con violencia excesiva porque en eso está el germen del derrumbe. La participación en estas disputas de jóvenes con menor experiencia, que actúan con vehemencia y propensión a derramar sangre no es propia de la inteligencia estratégica de organizaciones que aspiran a predominar en negocios criminales. Sus jefes son conscientes de que los actos muy brutales los descubren. No es que descarten la violencia pero la reducen al momento en que se precisa de ella para zanjar un desafío o demostrar autoridad. El mejor ejemplo son Los Monos. Imperaron durante más de diez años con ataques contra la vida producidos por goteo. Cuando tras la muerte del Pájaro Cantero cedieron al impulso revanchista con dos atentados salvajes en 48 horas generaron la la alarma urbana y la inestabilidad política que fue el fin de su modo de predominio.

"No odies a tus enemigos. Afecta tu juicio", le dice Michael Corleone a su impetuoso sobrino Vincent, inclinado siempre a eliminar a sus adversarios de la calle. Quienes se encuentran entreverados en los homicidios de estos días ni son criminalidad compleja ni siguen ese precepto. En hechos que van o que vuelven, de una manera difusa pero presente, los casos que por estos días sacuden la agenda de seguridad implican a Rubén Tubi Segovia, a la familia Camino y a la familia Funes, que lidera Lautaro, alias Lamparita, preso en Piñero.

La palomita

Si se repasa el pasado inmediato se ve una violencia tan enloquecida y vertiginosa que sus actores se equivocan de blanco. Por consiguiente resultan exterminadas personas que nada tienen que ver con las disputas. Hay por lo menos cuatro casos recientes de una agresividad desbocada con ese resultado.

Uno de los hechos en que está implicado Tubi Segovia, a cuya hermana asesinaron el domingo a la noche, parece arrancado de una película de mafiosos. Ocurrió el 29 de noviembre de 2016 en un departamento de Lamadrid 98 bis, en el Complejo Municipal al que se conoce como Pimpilandia, cuando amenazaron a Juan Saturnino Sequeira, le pusieron un trapo en la cabeza y le pegaron un tiro en la cara. Por un milagro inverosímil Sequeira sobrevivió. Salvó la vida porque fingió estar muerto. A sus agresores los convenció. Una llamada telefónica captada por la investigación de la fiscal NN Verónica Caini descubre al autor de este hecho, Fernando Andrés Andy Caminos, de 25 años, quien se comunicó con Tubi Segovia y le contó del ataque. "Me parece que bajamos una palomita", le dice a Tubi. Este le da una directiva: "Desháganse del cuerpo o déjenlo ahí y váyanse. Cualquier cosa que necesites me llamás". Eso se expuso en una audiencia en Tribunales el 3 de febrero del año pasado cuando a Tubi lo acusaron por participar con distintos roles en tres asesinatos en siete meses.

Tubi Segovia —enemigo de Los Funes— está señalado como autor ideológico del asesinato de Lorena Ojeda. A esta chica de 16 años la balearon al confundirla con su hermana Brisa Ojeda, que para los fiscales era el blanco escogido para el fallido ataque. Brisa había sido herida de bala en el ataque en el que murió su novio, Jonathan Rosales, atacado desde un auto que manejaba Tubi. La intención de este, según los acusadores, fue encargar la eliminación de Brisa, para evitar que ésta lo reconociera. Cuando un sicario se presentó a cumplir la orden, de la casa salió Lorena y fue acribillada. Recibió los balazos que eran para su hermana.

Otro extremo trágico ocurrió más acá en el tiempo, la noche del 1º de enero en Grandoli y Seguí cuando desde un Chevrolet Corsa descargaron un diluvio de ametralladora sobre los ocupantes de una mesa en la vereda. Murieron Sofía Barreto, de 26 años, y Luis Hernán Tourne, un futbolista de igual edad. Los investigadores del caso saben hoy que los agresores buscaban a un joven que había salido con permiso de la cárcel de Piñero y que justo había dejado su lugar para entrar a buscar hielo. Los atacantes no repararon en identidades: abrieron fuego nutrido contra un grupo de vecinos y causaron un doble asesinato. Por este hecho también están los Funes en la mira como impulsores.

Hay otros episodios nebulosos que arrancan el año pasado que están enlazados en esta trama. Por ejemplo otro ataque con ametralladora a la salida de la cárcel de Piñero donde un auto llegaba a recoger a un recluso que tenía salidas transitorias los fines de semana. La emboscada fue hace tres meses, el 11 de noviembre, terminó con tres muertos y un herido en el cráneo. Una de las víctimas era preso beneficiado, Javier Gaitán, de 27 años. Eran de la zona de Villa La Lata. La sombra de los Funes también se posa sobre este incidente.

El vacío

Las cabezas de las bandas que en el pasado reciente predominaron con nitidez en Rosario dejaron un vacío al morir sus líderes o, menos claramente, al caer en prisión. Al prevalecer cada grupo en determinada región urbana (Los Monos en el sur, Luis Medina/Esteban Alvarado en el oeste, Pillín Bracamonte y Delfín Zacarías en el norte) una paridad no exenta de acuerdos en los que la policía, como partícipe y como árbitro, aseguraba un mecanismo de regulación. El desmembramiento de los grupos generó inestabilidad y huecos que nuevos actores intentan cubrir sin que hasta ahora predominen nombres indiscutibles. Los protagonistas de estos hechos que hoy producen alerta pública son jóvenes enrolados en bandos inestables que tienen a familiares muy cercanos muertos en forma violenta. No parecen estar buscando consolidarse en un mercado delictivo sino, más bien, vengar con sangre cada agravio previo sin importar costos, una dinámica de criminalidad anómica, en donde cada incidente presupone el próximo.

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