Cinco policías fueron condenados por la brutal golpiza que en mayo de 2005
sufrieron en la comisaría 11ª dos hermanos albañiles a los que acusaron de un delito inexistente.
Los efectivos fueron acusados de apremios ilegales, de inventar una causa por intento de robo para
justificar la agresión y falsificar documentos públicos. Entre los sentenciados están los jefes de
la seccional y un agente ajeno a la repartición —que dispuso el arresto ilegal a partir de un
insignificante incidente callejero— a quien le impusieron una pena de prisión efectiva.
El juez de Sentencia Antonio Ramos consideró que los albañiles Hugo Barreto, de
37 años, y su hermano Oscar, de 28, sufrieron una agresión tremenda. Otros policías no fueron
acusados de participar de los golpes pero sí de encubrir los apremios o tergiversar los hechos al
plasmarlos en el acta. Para Ramos, ninguno pudo ignorar lo que ocurrió la noche del 9 de mayo de
2005 en la seccional de Lamadrid 272. "Desde ya que la anormalidad se vivenciaba perfectamente en
el lugar de los hechos, donde había un movimiento inusual", dijo. El fallo no está firme.
A la celda. La pena más alta fue para Hipólito Moreno, un agente de 33 años que
se desempeñaba en el Comando Radioeléctrico de Villa Gobernador Gálvez y recibió cuatro años de
prisión efectiva. Es quien denunció a los hermanos Barreto por un supuesto intento de robo que
nunca ocurrió. Está en libertad pero irá a prisión si el fallo queda firme. Lo sentenciaron por
privar de la libertad de un modo abusivo a los albañiles, golpearlos y falsear el acta. Los otros
condenados fueron el comisario principal Miguel Angel Martínez, quien era jefe de la seccional, el
subjefe Baltazar Galarza y los sargentos primeros Roberto Rubén Bugnar y Juan Eduardo Cáceres.
El caso de abuso policial se inició cuando los hermanos Barreto volvían en
bicicleta de trabajar en una obra de Echesortu por Ayacucho y Esteban de Luca. Por ese lugar pasaba
el agente Moreno llevando al arrastre un ciclomotor. Según contaron los hermanos, el policía rozó a
Hugo y cuando éste le preguntó qué hacía el policía sacó un arma y efectuó disparos a sus pies y al
aire.
Moreno convocó a efectivos de la Patrulla Urbana ante quienes acusó a los
albañiles de intentar robarle la moto. Los hermanos fueron trasladados a la seccional 11ª. Allí los
esposaron y los hicieron acostar en el piso boca abajo. Les dieron una tremenda paliza que a uno de
ellos le desfiguró el rostro. A uno le arrojaron un spray en los ojos y a otro le pusieron un balde
en la cabeza para golpearlo.
Sin embargo, el acta policial sostenía que los albañiles abordaron a Moreno para
robarle la moto, lo patearon, quisieron golpearlo con un palo y resistieron su arresto. Todo eso
demostró ser falso y los albañiles fueron sobreseídos. "Los hechos detallados en el acta escapan a
la realidad", evaluó Ramos.
La golpiza quedó demostrada por las lesiones constatadas en las víctimas.
Además, una encargada de la guardia que llegó más tarde dijo haber visto a los hermanos en una
habitación, uno de ellos esposado, en el suelo y con el torso desnudo. Esto, para el juez, da
cuenta de la "precaria" y "humillante" situación que sufrieron.
El juez valoró los dichos de otro policía que reveló haber visto cuando Moreno
le pegaba al "más grandote" de los albañiles mientras estaba esposado. Otro acusado de la golpiza
fue Cáceres, quien participó de la detención. Los hermanos denunciaron que les pegaron los policías
que los trasladaron en el móvil junto a otros dos o tres uniformados.
Martínez, jefe de la seccional, fue acusado de encubrimiento y falsificación de
documento público. Para el juez "supo de lo acontecido, no obró en consecuencia y dio cuenta al
juzgado de una versión fraudulenta".
Igual imputación afrontó Galarza. El subjefe fue quien, el día siguiente, tomó
fotografías de los albañiles en las que las marcas de la golpiza son evidentes. "Galarza vio a los
detenidos, no se interiorizó por la gravedad de las lesiones y dio cuenta de lo ocurrido al
tribunal en términos mendaces", añadió Ramos.
Por último, fue sentenciado el sargento primero Bugnar. Era el encargado del
libro de guardia y no asentó el arribo de los detenidos, sino que delegó esa tarea en una compañera
que lo reemplazó dos horas más tarde. Para Ramos, lo hizo porque conocía lo ocurrido y quiso
despegarse del caso.