Apenas terminó de operar a la nena de 9 años a la que tenía en el quirófano, el médico llamó a la policía y avisó que a su juicio las lesiones que veía no eran compatibles con un golpe accidental sino con algo mucho más grave. Para él, la pequeña había sido violada. Y no una, sino muchas veces.
El aviso del profesional terminaría siendo una de las claves para descubrir al autor, aunque no la única: después de su denuncia, una oficial de policía fue al hospital a ver a la niña y habló con ella. En esa conversación la pequeña le contó qué le habían hecho, y quién. Y ese diálogo sería tiempo después la clave para la resolución judicial del caso.
La autora de las violaciones había sido una mujer policía. Y aunque en un primer fallo la habían absuelto, hace unas semanas un tribunal de apelación modificó esa decisión y la sentenció a 12 años de prisión.
Quien había violado a la niña había sido su madre. Y no una vez, sino en repetidas ocasiones. Por eso la condenaron por violación con acceso carnal agravado: el vínculo con la víctima siempre hace que un delito sean más grave.
La víctima de esta tragedia vivía en Casilda con la mamá y su hermana. Un día la llevaron al hospital. Tenía enormes hemorragias en la zona genital y debido a la gravedad del cuadro la derivaron a Rosario. Aquí la operaron y ni bien la intervención concluyó el cirujano cumplió con una obligación: como el relato sobre un golpe no le cerraba, denunció la situación ante la policía. Para él no había dudas de que la nena había sido víctima de violaciones reiteradas.
El aviso del médico disparó la intervención de un organismo policial que investiga este tipo de delitos. Fue la intervención de la policía lo que permitió a una oficial quedar sola en un momento con la pequeña. Sin la presencia de la madre, la nena habló y se animó a contar: dijo que quien le había hecho daño era la precisamente su mamá, y que ocurría siempre que la bañaba.
Incluso hizo un par de dibujos, que la oficial agregó a la causa. Y hasta describió un objeto con el que la mamá la agredía. Luego, una médica forense y una psicóloga, en distintos momentos del proceso, dijeron que las lesiones físicas y psíquicas detectadas en la pequeña eran compatibles con violaciones reiteradas.
La madre, bajo la lupa
De eso ya no había dudas. Lo que estaba en discusión es quién había sido el autor del calvario sufrido por la nena. Quien quedó bajo sospecha fue la madre: su inverosímil relato sobre un supuesto golpe accidental de la hija como causa de las lesiones la pusieron en el centro de todas las miradas.
El caso fue a juicio con la madre como acusada. La principal evidencia que había contra ella era el relato de la pequeña ante la oficial de policía la única vez que pudo hablar sin la mirada controladora de la madre. Pero los jueces dijeron que el de la mujer policía era un relato "de oídas" y lo desecharon como prueba. Como resultado de ese análisis, en noviembre de 2020 la absolvieron.
Pero el fiscal adjunto de Casilda, Emiliano Erhet, decidió apelar y consiguió así que la sentencia sea revisada por un tribunal superior. Allí el veredicto cambió radicalmente. Los jueces que tuvieron a su cargo la tarea de revisar el fallo literalmente destrozaron al primer tribunal. En esencia, lo que dijeron es que los primeros jueces del caso asumieron como propia la posición de la defensa de la acusada, sin siquiera argumentar por qué descartaron los argumentos de la acusación. Y que hicieron un fallo sin analizar las pruebas reunidas en el proceso.
El tramo de la segunda sentencia en el que los jueces Javier Beltramone, Gustavo Salvador y Carolina Hernández desarman el primer fallo y concluyen que la autora de las violaciones a la niña fue su madre es demoledor. Ese análisis cambió además el rumbo del proceso. De absuelta en primera instancia, la mujer pasó a recibir una condena a 12 años de cárcel.
Los camaristas dijeron, por ejemplo, que los magistrados del primer juicio no explicaron por qué la oficial que dio cuenta del relato de la niña no les resultó creíble. Tampoco valoraron los testimonios de la médica forense que revisó a la nena, ni los de la sicóloga que la trató una vez que todo quedó al descubierto. Y peor que eso: ignoraron los dos dibujos que la niña hizo para la oficial de policía que la entrevistó. Esos trazos infantiles intentaban reflejar "el coso enjabonado", así lo llamó la nena, que la madre introducía en sus órganos genitales cada vez que la bañaba.
Para los camaristas, cada cosa que la pequeña víctima dijo en ese único relato sobre lo que le pasaba tenía correlato en pruebas reunidas por la investigación. Lo insólito es que el primer tribunal no lo habían considerado de ese modo.