Pandemia

Balconear en tiempos de coronavirus

Esta ventana al mundo durante la cuarentena se convierte en gimnasio, escenario para cantantes o platea para aplaudir y cantar el Himno.

Lunes 30 de Marzo de 2020

"¡Nesum norma. Nesum norma. Tu pure, oh principessa nella tua freda stanza!”, desde un balcón de zona oeste se escuchó potente la música y una voz masculina entonó la historia de la cruel princesa china Turandot, una ópera de Giacomo Puccini. Quien cantó el aria de la proclama a la princesa que mataba a sus pretendientes si no respondían tres adivinanzas, fue el cantante de tangos Lionel Capitano.

Lírico y personificando a un príncipe Calaf en short verde, remera blanca, zapatillas y los característicos lentes negros con los que tapa su ceguera, el popular bandoneonista rosarino pidió desde Zevallos y Avellaneda: “¡Que nadie duerma! ¡Que nadie duerma! Tu también, princesa, en tu fría estampa”. Fue un mediodía de pandemia y en italiano.

El video se replicó desde el Facebook más de 3 mil veces y llegó al millón en distintas redes. Y no fue lo único que ocurrió en los balcones desde que se inició el aislamiento. Estas plataformas que se salen de la línea de edificación, ensimismadas en el centro y con la intimidad a cara descubierta en los barrios, ya no se conciben sólo para colocar macetas o colgar la ropa.

2020 03 30 Desde el balcon

Los balcones son el “el mundo” para muchos: casi todo el Parque Independencia, en un metro por dos. Y balconear muta desde las 21, un horario que se fijó por las redes en el mundo y también en la Argentina.

Son una “ventana indiscreta” a lo Hitchcock que retrata la intimidad de los vecinos más de lo que ellos quisieran. Por ejemplo, si son un familión o no, o de qué sexo son los habitantes del departamento por la ropa que se seca en los tenders, para qué cuadro de fútbol hinchan o si prefieren la cerveza al vino, de acuerdo a los envases que apilan. Pero hoy la cosa pasa por otro lado.

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Los balcones se transforman en un coro que entona el Himno Nacional o en una platea de aplausos colectivos en agradecimiento a los agentes sanitarios y recolectores de residuos que les ponen el pecho al coronavirus, como sucede cada día en la bajada Sargento Cabral y Maipú.

También la actividad en los balcones toma otras acepciones como la del reto (muchas veces autoritario). Los encarnan vecinos que les gritan a otros que pasan por debajo caminando o paseando a las mascotas, condenándolos por no respetar la cuarentena.

Los balcones ahora hacen las veces de gimnasios, se convirtieron en verdaderos solariums, espacios para jugar, hacer las tareas escolares, bailar o hacer catarsis a los gritos lanzando un “¡vamos lacadé!!” o “¡dale Ñubel!”.

Se transformaron en ceremoniales de pañuelos blancos el pasado 24 de marzo, Día de la Memoria, y hoy a las 18 fueron escenario del ruidazo federal contra la violencia patriarcal que se cobró siete femicidios desde el 20 de marzo según registra la Unidad Fiscal Especializada de Violencias contra las Mujeres. Y se siguen pintando escenas pintorescas que liberan y divierten a más de un confinado.

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Sin romantizar

Pero tampoco se trata de darle un toque romántico a balcones de este encierro obligado como si fueran todos los de Romeo y Julieta. O creer que se pueden borrar las diferencias sociales y políticas entre vecinos, de golpe y por el virus.

¿Cómo se entiende que muchos de los que ovacionan a los empleados públicos supieron retratarlos siempre desde el estereotipo de la empleada de Gasalla y pidieron el achicamiento del Estado, hoy los traten de “héroes” ?

La comunicadora y doctora en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) Sandra Valdettaro lo analiza así: “En situaciones de excepcionalidad y ante una amenaza concreta, siempre se produce una articulación del cuerpo social que parece borrar las desigualdades de clase y las diferencias culturales. En esta pandemia el enemigo no es concreto, sino invisible, biológico”.

Para ella definir al otro, la alteridad contra quien actuar es muy compleja, por no decir “peligrosa”.

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Valdettaro señala que el riesgo es que esa propia comunidad encuentre, en determinados fragmentos de sí misma, ese componente ‘alter’ que necesita segregar para consolidarse.

“Para sostenerse necesitan la segregación, estigmatización y denuncia de algunas partes de sus propios miembros; lo romántico de la cuarentena puede derivar en comportamientos autoritarios: la comunidad así formada presenta un carácter paradojal, por un lado es promesa de unión, y simultáneamente, un dispositivo de autodisciplinamiento y control”.

Para alquilar balcones

No será esta época de emergencia sanitaria la primera ni la última de tensiones y peleas en torno a un balcón. Y si no vayamos al de la Casa Rosada, ese lugar prácticamente sagrado donde Perón abrió los brazos, Evita lloró moribunda en su hombro, Alfonsín juntó las manos, presidentes de facto profanaron con su sola presencia y Mauricio Macri, bastón en mano como si fuera Fred Astaire, ridiculizó con un baile.

Ese lugar contó con ribetes para alquilar balcones desde su origen. Fue mandado a construir por el entonces presidente Domingo Faustino Sarmiento tras peleas por un primer lugar protocolar con el gobernador de Buenos Aires, Emilio Castro.

El historiador Daniel Balmaceda lo cuenta en su texto “Historias inesperadas de la historia argentina”. Testimonia que en el acto del 2 de enero de 1870, por el desfile de tropas que habían combatido en la Guerra del Paraguay, el gobernador invitó a Sarmiento al balcón de su Casa de Gobierno, ubicada al lado del Cabildo, que sí tenía balcón, mientras la Rosada no.

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El sanjuanino se negó a ser huésped al argumentar que era un acto nacional y que él debía presidirlo, incluso le pidió que le cediera el edificio. Castro se excusó al decir que estaban las invitaciones de los vecinos ilustres ya cursadas.

Sarmiento la hizo corta: mandó a construir un palco de madera, ordenó cambiar el recorrido de las tropas y el balcón del gobernador Castro quedó como objeto decorativo a cien metros del desfile.

También en Chile, el país vecino, hay un balcón que sin dudas es la historia política misma del país trasandino. El del primer piso del palacio de gobierno La Moneda, donde una foto (del argentino Horacio Villalobos) retrata al expresidente Salvador Allende en su último saludo con el brazo derecho a unos jóvenes concentrados en la plaza de la Constitución, antes del bombardeo que lo derrocó por orden del dictador Augusto Pinochet.

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El sociólogo chileno Claudio Avendaño Ruz señala con disgusto cómo en una oportunidad Pinochet, que era muy hábil, se acomodó al lado de Juan Pablo II y logró una foto con él. “Mostrarse arriba del balcón para desde allí ver al pueblo que está debajo, desde una posición de verticalidad, es una codicia de muchos. También es distinción y posiblemente por eso muchas casas aristocráticas y burguesas edificaban balcones para mirar desde las alturas, casi religiosamente”, señaló para este diario.

Peleas por el poder y también desigualdad social. Así lo lee Valdettaro cuando dice que la cuarentena y el “quedate en casa” constituyen una comunidad que recorta el campo social porque supone que todos tienen una casa o vivienda apta para el resguardo. “Desde este punto de vista la pandemia revela la gran desigualdad social y no, justamente, una comunidad”.

Con los bafles y a capela

El sábado a la noche más de uno se dio permiso para sacar los bafles a la calle. Desde un edificio a pocas cuadras de Gobernación se escuchó a Gustavo Cerati en varias cuadras a la redonda. En tanto, desde plaza Libertad, el sábado a la noche sonó “El bombón asesino” y un vecino gritó: “¡Dejame dormirrrrr!”, pero entre el ritmo de Los Palmeras y los bailantes nadie escuchó.

Y en Pellegrini y Corrientes ya hay quien se montó un espectáculo diario de lujo.

Lo protagoniza desde un décimo piso el tenor Dante Quinteros quien no deja de desplegar su repertorio lírico popular “cada día desde que empezó la cuarentena”, le aseguró a La Capital.

“He cantado a capela, sin micrófono, el «Ave María», «'O sole mio» o «Granada»”, dice como si nada, antes de explicar que está acostumbrado. “Ante sesenta músicos la voz debe oírse así que lo logro acá también y el sonido rebota en los edificios y los aplausos se triplican por el eco. Es muy emotivo”, aseguró.

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Para los días por venir, este cantante de cruceros y zonas turísticas que debió suspender por la pandemia el trabajo que tenía previsto realizar en Punta Cana, tiene pensado cantar temas de películas como "El Padrino" o "Cinema Paradiso".

Tiene ya un público fiel y exigente que al terminar cada tema le pide “otra”. Entre ellos, una señora de algo más de 90 años en silla de ruedas lo aplaude cada noche. Y hasta lo apuran, pero él se ríe: “Me pasó una vez, eran las 21.01 y me gritaron: ‘¿Y Dante cuando largás? Es maravilloso y cuando termine, ya lo pensé, daré un concierto en la calle”, anunció.

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