Ovación

Una jornada histórica

El agua cubría toda la calle empedrada a la salida del bar.

Jueves 11 de Enero de 2018

El agua cubría toda la calle empedrada a la salida del bar. En la noche primaveral, el aguacero inclemente castigaba duro desde que apenas había anochecido. Ya eran pasadas las 2 de la madrugada y la ciudad entera sufría el meteoro y destilaba agua por todos lados. Casi por inercia los dos players devenidos parroquianos emprendían la retirada, "porque mañana hay que levantarse temprano para ir al fulbo", según le dijeron al mozo, que pensó que era una joda y festejó la broma. En realidad ni ellos lo creían mucho. Uno dudaba más que el otro. "Me parece que llovió mucho, mañana se suspende...", sostuvo contra el optimismo exagerado del otro, que meneó la cabeza y espetó mirando suplicante al cielo: "Tengamos fe y mejor vayamos a dormir. Yo le tengo fe al Chindamo y siempre le pongo una ficha".

Se refería al Doménico Chindamo, el estadio que con tanto sudor supieron conseguir, escenario de memorables miércoles de fútbol, por la mañana, contra viento y marea, contra todos los pronósticos, contra todas las reglas, de la preparación física y la estética del juego...

Apenas despuntada la mañana comenzaron a sonar los teléfonos, con llamadas y mensajes y demás yerbas de las últimas tecnologías. Había escampado y un cielo gris plomizo enmarcaba un viento de intensidad importante, a juzgar por el bamboleo de las copas de los árboles en el parque cercano al Chindamo.

El nombre del estadio era en honor a Doménico Chindamo, ex casero de la vivienda contigua al campito que sobre finales del siglo pasado sufrió la transformación y además veterano militante gremial, dueño de todos los implementos pirotécnicos e inflamables que se requieren en una protesta de trabajadores. El baúl de su trajinado Renault 12 podía albergar desde neumáticos viejos hasta ollas y sartenes diversas, pasando por vallas metálicas plegables y megáfonos de todos los tamaños.

Mingo, tal el apodo que todos los futbolistas pronunciaban con exagerada reverencia, era el dueño de todas las llaves de la cancha y recibía a los muchachos todos los miércoles con la gorra clavada hasta las orejas sin importar la temperatura reinante. Participaba de todas las bromas y contaba anécdotas de tiempos inmemoriales. Siempre agradecido del homenaje en vida que le habían hecho al imponerle su nombre a ese sagrado pedazo de césped.

Mingo también era dueño de todos los años, bueno, casi todos. Siempre coqueto, nunca quiso confesar la edad, aunque por los hechos relatados podía inferirse que o era muy viejo o muy mentiroso.

"Luego de la inspección ocular de rigor, tras una recorrida por el perímetro y el tradicional bote a tierra, la Comisión Técnica Evaluadora da el visto bueno. El Chindamo es un estadio clase A, está en óptimas condiciones y nada impide la práctica deportiva", decía el comunicado colgado poco antes de las 9.

Los más dormilones comenzaron a desperezarse con el clima aciago de la mañana y la confirmación de la lidia en ciernes. Un par se excusó de asistir por una incipiente gripe debido al cambio climatológico, uno ni siquiera contestó, otro señaló de manera infantil que pensó "que no se jugaba".

La cuestión es que en el peloteo previo y con los teléfonos al rojo vivo buscando completar el cuadro, el número no cerraba. Se contaron a viva voz y el cómputo se detuvo en 9. "¡Qué garrón!", se angustió uno de los más jovencitos. Hubo cruce de miradas apesadumbradas entre los más veteranos. "Hacemos cinco contra cuatro", propuso el entusiasta de siempre. Un tanto resignados, porque la pelota rodaba por el verde césped que era una delicia, entre comentarios que ensalzaban el estado del campo y loas orgullosas alabando el drenaje de la cancha, se disponían al reparto de los equipos cuando desde atrás de todo, con esa voz cascada apenas audible, el mismísimo Doménico Chindamo, con la gorra calada y todos sus años a cuestas, preguntó: "¿Les falta uno? ¿Quieren que ataje yo?".

La explosión de júbilo fue algo socarrona, hay que admitirlo. Nadie en su sano juicio podía pensar que a aquella ajada y esmirriada humanidad aún le quedase cuerda para pararse debajo de los tres palos.

Pero Chindamo fue más allá y, arremangándose el cardigan y las bocamangas de los vaqueros, se frotó las manos y dirigiéndose al field pidió: "¿Alguien tiene guantes?". Aparecieron por arte de magia y Mingo Chindamo enfiló para el arco del paredón de la fábrica de ascensores.

Al primer tiro, de Lucho, ni lo vio y la fue a buscar adentro. El equipo propio se prodigaba el doble para rodearlo lo mejor posible y que no hubiera disparos al arco. Los rivales terminaban las jugadas más que en forma condescendiente, tratando de no herir la hidalguía del veterano guardavalla.

Hasta que en un cabezazo de sobrepique, Chindamo se arrojó hacia su derecha y la sacó al córner. Trascartón, lo quisieron sorprender desde lejos con un tiro bombeado y Mingo respondió desde su baja estatura atenazando la globa con seguridad y con un comentario que dejó boquiabiertos a los ya de por sí asombrados futbolistas: "Así cualquiera, en mis tiempos no había estos guantes. Son un fenómeno", dijo.

En las siguientes jugadas tuvo algo de suerte, porque dos pegaron en los palos, en otra se dio vuelta y le rebotó en las nalgas. Pero hubo una más en la que estiró firmes las dos manos para sacar un potente disparo a la izquierda. La displicencia de los rivales iba mutando acorde las cargadas del propio Chindamo iban calentando el trámite. Entre la arenga a los propios y la burla a los delanteros que no acertaban, el partido se calentó un poquito bastante. Cuando por fin, luego de en algunos casos milagrosas salvadas, se pudo vulnerar el arco de Mingo, desde el fondo de las entrañas de los más tranquilos players chindamistas brotó, límpido y con dientes apretados, un clarísimo "tomá, Pelado puto", que terminó con toda la caballerosidad exhibida hasta el momento.

El resultado fue un triunfo para el equipo de Mingo Chindamo por dos goles, que los perdedores explicaron que se debía a que no se atrevieron a contrariar al dueño de la cancha, o sea, según dijo el Toto, "nos dejamos ganar".

Los más alborozados vencedores amagaron con llevarlo en andas pero Chindamo se negó y los perdedores, mucho más razonables, les hicieron entender que se les podía desarmar en el intento. Lo cierto es que el corolario de la jornada histórica fue la reflexión de uno de los futbolistas. "Si en el Giusseppe Meazza falta uno, ¿juega Giusseppe Meazza? No. Y si en el Gabino Sosa se lesiona uno, ¿viene y juega Gabino Sosa? No. Eso sólo ocurre en el Chindamo, donde si falta uno, juega Doménico Chindamo".

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