En el corazón de La Esperanza, uno de los barrios humildes de Rosario, el taekwondo respira y se hace un lugar a fuerza de empuje, dedicación y pasión. Chicos, jóvenes y adultos, convocados por el arte marcial, aprenden de sus técnicas, principios, y de cuestiones que exceden a la práctica en sí, cómo el hecho de saber de qué manera afrontar distintas situaciones de la vida, frente a las carencias y hostilidades con las que se pueden encontrar a diario. No es casualidad que la escuela que los reúne se denomine Academia Guerreros de Taekwondo ITF. “Es por el espíritu guerrero de superarnos en lo que sea, en la clase o en las mismas cosas de la vida”, explica Yoana Esquivel. La instructora y directora de la academia condensa cada uno de los atributos que hacen posible la existencia de un espacio donde la esperanza no se pierde. La historia de Esquivel es una de esas tantas que, en silencio, se construyen desde abajo, desde bien abajo, uniendo lazos indisolubles entre todos los que forman parte de ese micromundo del taekwondo. “La enseñanza es lo más lindo que hay. Es volcarle un poco lo tuyo al alumno, es transmitirle tu pasión por lo que amás. También es entenderlo, ayudarlo a que se supere. Si algo no le sale en la clase, hay que motivarlo. Alentarlo, si uno lo pudo hacer, él también. Es ver la satisfacción de ellos en cada clase de aprender algo nuevo, que se superan a sí mismos, en lo físico, en lo personal, lo psicológico. Es mostrarles algo distinto de lo que pueden encontrar afuera. Un camino diferente, una salida”, cuenta Esquivel, 4º dan, de 33 años y practicante de taekwondo desde los 7.
Esquivel motiva con solo escucharla, tanto es el entusiasmo con el que cuenta lo que hace. Aprendió taekwondo de su tío José Esquivel en el gimnasio que tenía en Nuevo Alberdi, el barrio donde ella se crió. “Cuando abrió la escuela de mi tío, la primera nena que empezó entre todos los varones fui yo”, recuerda. A los 17 años se graduó de primer dan. “El 12 de diciembre de 2007”, dice sin dudar. “Nunca se me olvidan etapas puntuales de mi vida, cuando es algo que te marca y amás tanto”, explica. Ya tenía decidido dar clases. Desde esa convicción, sus padres la apoyaron en la decisión. Durante unos cinco años enseñó en la comuna de Ybarlucea. Pasó por varios sitios, hasta llegar actualmente a dar clases en un pequeño salón del Centro Recreativo La Esperanza, ubicado en las calles Superí y Pizzurno, en el noroeste rosarino. “Entre niños, juveniles y adultos somos casi 40”, señala.
Entiende que la practica del taekwondo brinda la oportunidad de escuchar a los demás, sobre lo que les pasa, lo que sienten. “Acá tienen la confianza de que el instructor los va a escuchar, sobre sus inseguridades, sus miedos, sus debilidades, para que ganen en confianza, para ayudarlos con las herramientas que uno sabe y que fue aprendiendo con el tiempo. Y para que con esas mismas herramientas pueden superar sus inseguridades”, comenta.
“No es solo mostrarles algo técnico del taekwondo. Me tomo el tiempo, nos sentamos en el piso y hablo con ellos. Les pregunto el día a día de cada uno, cómo les fue en la escuela, cómo estuvieron en la casa. Hubo muchos chicos que me contaron que los padres les pegaban, que han sufrido violencia, abuso, que les hacen bullying (acoso) en la escuela, que se sienten mal por todo eso. Ellos se abren y cuentan. Los consuelo, les recobro el ánimo y les doy las herramientas como para poder evitar esas cosas. A veces me preguntan si pueden hacer uso de lo que aprenden. Les digo que lo pueden hacer, siempre y cuando quieran violentarlos. Entonces sí que respondan para defenderse. Ellos lo entienden”, asegura.
Esquivel dice que, al tratarse de un barrio carenciado donde funciona la academia, no resulta extraño que la familia de un practicante no pueda afrontar el pago de la cuota de taekwondo. “Cuando aparece una situación así y los padres están muy complicados económicamente, al chico se lo deja seguir viniendo para no perder las clases. Y lo vamos viendo hasta que se estabilice económicamente la familia. Todo el mundo está complicado, y no le vamos a estar cerrando la puerta a un chico”, refiere.
“Los cinco principios del taekwondo son integridad, cortesía, perseverancia, autocontrol y espíritu indomable. Guerreros (el nombre de la academia) está referido a ese espíritu de cada uno, a como ellos tienen que asumir un desafío en cada proyecto, cada objetivo y circunstancia. Es el espíritu que llevan adentro de no retroceder ante nada ni nadie”, sostiene.
“Si la academia se llama así es por el espíritu guerrero de superarnos en lo que sea, en la clase o en las mismas cosas de la vida. El taekwondo no solo enseña en la clase técnica y principios, sino que a los chicos les da muchos valores para saber cómo desenvolverse en la vida, en distintas situaciones, a cómo actuar en la calle, con la familia, en las relaciones, amistades y colegio”, concluye Yoana.
“Salir del barrio y conocer”
La comunidad de barrio La Esperanza vinculada al taekwondo se involucra activamente para juntar fondos. Es que si bien la academia recibió apoyo “del Concejo y del Distrito (municipal) Villa Hortensia”, no resulta suficiente. “En Rosario, el Estado se olvidó de los chicos y los profes la remamos a pulmón y es difícil”, afirma Esquivel. “El único apoyo que tenemos es del grupo de padres, que la lucha todos los fines de semana, con la venta de comidas, para ir recaudando fondos. Las madres son de fierro y no paran”, destaca la instructora, quien trabaja con tres profesores, que a la vez son sus alumnos: Marcos Morello (1º dan), Antonella Barrionuevo (cinturón rojo punta negra, a punto de graduarse para cinturón negro) y Milagros Marchioli (cinturón azul).
“El sábado 23 de septiembre vamos a hacer un almuerzo con una exhibición en Cristalería, en Villa del Parque y Salvat, para recaudar fondos para los eventos que tenemos. Hay muchas competencias y cuesta el traslado, las inscripciones. En noviembre está el campeonato Sudamericano en Mar del Plata y la inscripción es en dólares. Estamos pensando en diseñar remeras y conseguir sponsors para que aparezcan allí las marcas”, cuenta. “En octubre tenemos que viajar a Ameghino, a la provincia de Buenos Aires, de donde es mi maestro, mi guía, Gabriel Cova, que es 8º dan y el director técnico del seleccionado nacional juvenil y adulto (Taekwon-Do Asociación Argentina ITF). Está la Copa Ameghino, un torneo regional, y tenemos planeado llevar a todos, para que participen, tengan esa experiencia y conozcan a chicos de otros lados”, plantea.
“Eso es también lo lindo del taekwondo, no sólo estar en el barrio sino salir y conocer”, agrega.