En la primera fila de asientos del chárter, maravillosamente ploteado con la leyenda de los Rolling Stone, que trasladó ayer a la selección argentina hasta Moscú se percibió algo de desasosiego. Es que en ese sector del avión estaban ubicados Jorge Sampaoli con sus ayudantes y el presidente de la AFA, Claudio "Chiqui" Tapia. La selección argentina ya está instalada en ese pueblito de aspecto soviético que es Bronnitsy, con las ilusiones a cuesta para intentar ganar la Copa del Mundo, pero también arribó con un equipaje cargado de preocupaciones a una semana del debut contra Islandia. En el recorrido previo a hospedarse en la casa de la selección en Rusia tuvo que patear varias piedras en el camino y el Zurdo sabe mejor que nadie que una inercia de turbación acompaña al seleccionado desde que asumió. Que desde que tomó las riendas, por una cosa o la otra, nunca tiene calma. Encima lo miran de reojo. Siempre aparece una nube de incertidumbre que se posa en su lustrosa pelada para molestarlo y para hacerlo recalcular en muchas de las decisiones que toma. También entiende que ahora sí no puede fallar en la lectura del escenario anímico que envuelve a la selección. Ya no tiene margen ni tiempo para quedar atrapado en el laberinto de los imponderables. Igual, la cosa viene mal barajada desde antes y ahora el DT deberá encarcelar a los infortunios. El paso por tierras catalanas resultó realmente convulsionado. Encima, el jueves fue el fatídico día en que Manuel Lanzini se rompió el ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha y se perderá el Mundial. Ayer se confirmó que lo reemplazará Enzo Pérez. Un volante que puede oficiar de doble comando en el corazón del medio junto a Mascherano o Biglia. Y para cerrar la racha, Ever Banega acusó una molestia que perturba aún más los planes al entrenador. Demasiadas complicaciones para un plantel argentino que hace rato que convive con ese mandato social que eleva y condena en función de ganadores y perdedores.



























