
Por Sergio Faletto
Un cúmulo de sensaciones tan notorias que atraviesa hasta el más indiferente. Y que con el devenir de las horas ingresarán por ese túnel de intensidad donde hasta la posibilidad de alcanzar la alegría causa angustia. Pero esto es el fútbol. Un fenómeno que no tiene explicación para los agnósticos. Porque para entenderlo hay que sentirlo.
Y Rosario lo siente. Vaya si lo siente. No hay nada más atractivo que la ciudad en víspera de una final. Por suerte ya conoce de estas circunstancias. Pero como ya fue dicho, todas las finales son únicas e irrepetibles. Y merecen ser vividas. Porque de eso se trata, de transitar por experiencias excepcionales con finales imprevisibles. Pero que aquí, por esas dos marcas registradas indelebles, siempre producen ese fenómeno que el deseo, la pasión, la alegría y la desazón tengan sus expresiones garantizadas.
Y ahí está el canalla. Con los sueños al viento. Forjando una vez más esa convicción que germina desde la resistencia. Yendo a la conquista de una Copa Argentina esquiva. Y con un pueblo propio atrapado por el televisor esperando vivir la fiesta inolvidable. La misma TV que tendrá expectante y con un deseo propio al pueblo rojinegro. Lógico por cierto. A sabiendas que las frustraciones ajenas mutan en propias satisfacciones. La cara y seca de un juego que mantiene su esencia cuando queda enmarcado en el sano folclore.
Rosario vive otra final. Bienvenido sea para fortalecer uno de los íconos de la identidad de su gente. Uno de los pocos que produce este maravilloso estado de las cosas. Donde el palpitar se acelera. El pensamiento no encuentra pausa. Y todo se convierte en este mágico estado de las cosas, que sólo el fútbol puede lograr.
Sólo falta la final. Y que el resultado libere el cuerpo y alma de los hinchas para vivir a pleno lo que el destino depare. Con la única certeza de que los sentimientos jamás serán alterados.




Por Juan Iturrez