Poco es mejor que nada. Central estuvo cerca de quedarse con las manos vacías pero a través de Lautaro Giaccone empató un partido cerrado ante Unión, en el que pudo perderlo de contra y ganarlo con la arremetida final pero fue 1 a 1.
Virginia Benedetto
Lautaro Giaccone sacó un conejo de la galera y evitó la derrota de Central con un golazo de otro partido. Y sale a gritarlo junto a Martínez Dupuy.
Poco es mejor que nada. Central estuvo cerca de quedarse con las manos vacías pero a través de Lautaro Giaccone empató un partido cerrado ante Unión, en el que pudo perderlo de contra y ganarlo con la arremetida final pero fue 1 a 1.
Los 35 grados de térmica en plena noche fueron tan difíciles de sobrellevar como el primer tiempo en Arroyito. Y más allá de algún atisbo de reacción en el inicio después del golpazo en Junín, las intenciones de Central se diluían tan rápido como cada acción que se generaba.
Unión vino a hacer lo que se sabía de antemano: no arriesgar de más y pescar cualquier pelota para hacer daño. Central nunca supo que hacer y otra vez estuvo preso de su máxima falencia, el no poder generar juego.
El equipo de Russo fue impreciso, lento y nunca tuvo sorpresa. Su juego se volvió rutinario. Todo se sustentaba en alguna escapada aislada de Campaz, Coyote Rodríguez o Damián Martínez por las bandas para tirar algún centro a la nada misma. Predecible e inofensivo.
A través de Campaz llegó la más clara del canalla en la primera parte. Después de una recuperación de Quintana en área propia, la soltó para el cafetero que se fue sólo, con panorama abierto y asistencias posibles, pero decidió la personal y la tiró muy arriba.
Como se dijo, el tatengue apostó a robar algún balón o aprovechar alguna desinteligencia. Nacho Malcorra demoró de más para soltar una pelota y encima se la sirvió a Vera, éste la largó rápido para Luna Diale, quien definió cruzado y marcó el 1-0 visitante a los 39 minutos. Un coscorrón para despertar al canalla del letargo. El primer tiempo se despidió y la reacción debía ser en el complemento.
Russo movió el avispero en el entretiempo y mandó a la cancha a Bianchi y Martínez Dupuy en lugar de Malcorra y Veliz, dos de pobre desempeño, principalmente el 10. Campaz se estacionó sobre la izquierda (cuando ingresó Giaccone se cruzó a la derecha) con la misión renovada de seguir buscando el desborde y centro, ahora con el aliciente de contar con dos delanteros de área como potenciales destinatarios.
Miguel se miraba con su ayudante Ubeda, charlaban, buscaban soluciones. El partido se iba extinguiendo y la desesperación se contagiaba desde adentro hacia afuera. El canalla estuvo al borde del nocaut en varias ocasiones y Broun tuvo que responder para dejarlo en el ring de cara a los minutos finales.
Central iba como podía, desorganizado, con las líneas quebradas, el mediocampo era un peaje con las barreras altas para ambos. La pelota iba de lado a lado, los ojos de los hinchas también.
Por momentos daba la impresión que Unión lo liquidaba, en el ataque siguiente Central parecía empatarlo. Pero el tatengue seguía en ventaja y el tiempo ya apretaba demasiado.
El canalla iba a la carga con Campaz, que con poco era el más peligroso del once, aunque a veces pecó de individualista. Pero no se puede negar que era uno de los pocos que agarraba la pelota y enfilaba dirección rumbo al arco.
El tramo final fue al rojo vivo, por la temperatura climática y por la que se desprendía de las tribunas. “Movete, canalla, movete”, retumbaba desde los cuatro puntos cardinales del Gigante de Arroyito.
Cuando parecía que era cosa juzgada, otra vez Campaz agarró la pelota, esta vez levantó la cabeza y vio sólo a Giaccone por derecha. Cruzó la pelota hacia el juvenil, que buscó su perfil fuerte, desparramó marcas, ajustó la mira y puso la redonda al palo derecho del arquero Mele: 1-1 y locura en Arroyito a los 87’.
Central se envalentonó y fue con todo a buscar los tres puntos pero el cronómetro le dijo basta a sus aspiraciones. Fue un empate con sabor a poco, especialmente por el bajo nivel de la visita, pero sabiendo que también pudo ser peor. El festejo agónico dejó otra sensación de boca pero el margen de mejora sigue siendo enorme.




