Ovación

Los graduados

La final tuvo todos los condimentos emocionales que le dieron aún más lustre al título de Central

Sábado 21 de Octubre de 2017

La final de la Copa Santa Fe estuvo a la altura de las grandes definiciones. Tuvo de todo. Un primer tiempo electrizante, un comienzo de segundo para el infarto. Cuatro expulsados. Los nudos en las gargantas hasta el último instante. La certeza que en la cancha se empardaba un plantel de pibes con otro mechado de profesionales de trayectoria. El deslumbramiento por tanto fútbol. La angustia por tanta lógica de la diferencia de chapa. El desahogo, la felicidad que se supo ganar Central. Así, Central a secas, sin el prefijo "los pibes de". Anoche, el equipo de Leo Fernández se lo mereció con creces.

Pero fueron chicos al cabo que lograron este sueño grande. Por eso se quedaron en el césped, no se querían ir. Porque en su interior supieron que hicieron los méritos necesarios. Cuando vencieron a rivales menores y, sobre todo, a los mayores. Como a la primera de Unión. Como Rafaela, que allá puso a todos y anoche a muchos, y se puso a tiro de birlarle la fiesta porque no por nada hasta hace poquito era de la elite de primera.

En ese contexto entonces los chicos se animaron a jugar. Tenían la tranquilidad del 1-0 de la ida tras aquel golazo de Coscia, pero fueron por más, con un fútbol de alto vuelo que desconcertó a Rafaela. Por momentos, los toques de Lioi, Ojeda (un 5 de clase), Diego Becker y, sobre todo, Rivas, ya con más roce en el fútbol grande, hicieron crema a la defensa rival y no por nada el goleador sometió a Carranza a los 16'. Fue tras una perfecta habilitación de Ojeda a Lioi y un magnifico pase atrás al 9 que otro hubiera bartoleado.

Era puro ole en las tribunas, pero claro. Por algo son pibes. Y Rafaela avisó que estaba en partido. En seis minutos le creó cinco situaciones claras de gol. Cuatro las tapó bárbaro Ledesma, pero en la restante Alexis Castro mostró toda su categoría para definir por encima de la salida apresurada del arquero.

Ahí, como en el segundo empate del ex Newell's a comienzos del complemento (zapatazo bárbaro de frente a Ledesma), Central mostró una virtud. Pese al sofocón, supo levantarse de nuevo con la receta que evidentemente más sabe: la apropiación de la pelota, sin revolearla jamás. Así, Rivas perdió dos mano a mano imposibles, uno eludiendo al arquero, y así Becker se animó a gambetear en diagonal para cruzarle la pelota a Carranza, en otra estupenda definición para el 2-1 al final del primer tiempo. Y lo dicho, luego del 2-2 y más allá de que no tuvo la picardía de hacerle sombra al mejor rafaelino, precisamente Castro, supo contrarrestar la amenaza latente del tercero rival buscando volver a sacar una diferencia. Difícilmente un equipo de primera hubiera elegido el mismo camino.

Pero de esa forma aguantó. Es más, recién cambió el libreto por la inocente expulsión de Nahuel Gómez cuando le faltaba una eternidad. Ahí los pibes le hicieron más caso a Leo Fernández, el equipo se reordenó bien, cerró más sus filas, hasta ya entonces puso un doble 5 y soportó el toqueteo de Castro y la peligrosidad de Klussener y Darío Gandín hasta la última bola.

El final le puso un tono épico que no podía faltar, con más rojas, con goles perdidos imposibles en el arco rafaelino y una atajada de otro planeta de Ledesma a un cabezazo de Gandín. Acorde en definitiva a ese enorme grito de campeón que todos los jugadores liberaron cuando, al fin, Pablo Díaz, agresivo, errático, nervioso, pitó el final. Los pibes se graduaron.

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