El rugby tiene algunas características que lo hacen distinto al resto de los deportes. Tiene un tiempo de preparación, otro de la competencia misma y un tercer tiempo donde se celebra la amistad y se entiende que el resultado es algo aleatorio. El partido Norte-Sur en su versión veteranos y el que sostuvieron Los Pumas Legends con Duendes Classics dan fe de ello.
El viernes por la noche, con un clima ideal, Duendes vivió una jornada única, donde el pasado se mezcló con el presente, dejando que el verdadero espíritu del rugby se corporizara en la imagen de un fantasma. Porque semejante evento al que asistieron más de mil ochocientas personas pudo lograrse sólo gracias al esfuerzo y el sacrifico de los Duendes Classics, un grupo de trabajo que tuvo a Leo Muñoz, Alvaro Reyes, Matías Reyes y Simón Boffelli como máximos responsables.
No hubo detalle librado al azar y todo fue una verdadera fiesta que arrancó mucho antes del primer kick off del partido el Sur se impuso a Norte para no perder la costumbre.
Antes del encuentro, en el vestuario, Alex Corolenco, entrenador del equipo Sur junto al Tino Bruno, arengó a su tropa diciéndoles: “este es un partido para divertirse y jugar con amigos, pero ojo que el Sur nunca perdió con el Norte”, dichos que los muchachos tomaron al pie de la letra para imponerse por seis tries a dos.
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Deportes en el recuerdo. Los Classics animaron una nueva versión del torneo Norte y Sur.
Ese partido fue el aperitivo perfecto para lo que vino después, el partido entre Los Pumas Legends, dirigido por el eterno Chapa Branca y los Duendes Classics, conducidos por Andrés Bordoy.
Por ese entonces el calor de fiesta en Las Delicias iba en aumento y tuvo un pico de emotividad cuando Lucho Peyrone, (ex jugador, árbitro y dirigente verdinegro) realizó un simbólico kick off del plato fuerte de la jornada.
El encuentro estuvo lejos de ser un amistoso ya que la camaradería fue quedando de lado tackle a tackle. No se perdonaron una y si bien Los Pumas Legends mostraron más argumentos para llevarse la victoria, los classics de Duendes pusieron lo suyo y se convirtieron en un hueso duro de roer.
“La mística es ésto, es un culto al amor, a la entrega, a la pasión, a la amistad, a esas cosas que se van perdiendo por el sistema”, destacó un Eliseo Branca inconfundible a la hora de declarar.
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Eliseo Branca, un personaje único. El conductor de Los Pumas Legends dejó su impronta en Rosario.
Tras el partido, el presidente de Duendes, Pablo Cáceres y Adrián Ghiglione, Secretario de Deporte y Turismo de la Municipalidad de Rosario, entregaron las copas en juego.
Luego llegó el tiempo de los reconocimientos. El primero en recibir el suyo fue precisamente Lucho Peyrone, quien lo hizo rodeado de Los Pumas Classics y en medio de un aplauso cerrado y merecido. Luego se extendió a otros hombres que también, desde su lugar, hicieron mucho por el rugby y que fallecieron durante la pandemia como Jorge Cuesta, Carlos Fronduto y Daniel Torrens. Ya promediando el Tercer Tiempo, el propio intendente Pablo Javkin entregó los cuadros en los que la gente de Duendes quiso agradecer y recordar a Ricardo Covella, de Gimnasia y Esgrima; Enrique Todeschini y Víctor Macat de Atlético del Rosario. También hubo un reconocimiento especial a Pochola Silva, el legendario hombre de la vincha en Los Pumas, que fue entregado por Los Pumas del 65 José Luis Imhoff y Juan Francisco Benzi.
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Carlos Araujo y el intendente Pablo Javkin entregan el recordatorio de Enrique Todeschini a su hijo Federico.
El Tercer Tiempo concentró una constelación de estrellas de todos los tiempos, grandes jugadores y grandes dirigentes, quienes junto a una gran cantidad de invitados compartieron miles de anécdotas de momentos vividos en torno a una ovalada. La lista es interminable y poner solamente algunos nombres sería injusto.
César Quijano, uno de los fundadores de Duendes, estuvo presente en el evento y lo vivió de una manera muy especial, recordando quizás aquellos tiempos en los que el verdinegro daba los primeros pasos en ese mismo lugar que por entonces era un cañaveral y quedaban restos de un horno de ladrillos.
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El evento, que reunió a Pumas de todos los tiempos, terminó en una cena de camaradería.
Entre charlas, recuerdos y brindis, el tiempo, que a veces es tirano, se fue consumiendo como el fuego de los fogones. Las luces se fueron apagando y el bullicio pasó a ser silencio. La inolvidable fiesta de Duendes había terminado.