“Algún día nos veremos, en esta cancha, algún día… No hablo por hablar, ni tampoco quiero hacer poner caliente a los de enfrente. No, no me importa. Yo soy leproso y a mí no me compra nadie. Yo soy incomprable. Gracias por venir, gracias por el recibimiento, gracias por este amor”. Así. Tembloroso y emocionado, en el medio de una cancha colmada en el césped y en las tribunas, Diego Armando Maradona le agradeció a Newell’s el idilio, el romance interminable. Aquella primavera de 1993, que ligó al mejor jugador de todos los tiempos con el club del Parque, quedó para siempre en los corazones rojinegros y ayer se convirtió en una estación memorable en lo que es el peregrinaje de Diego por el fútbol argentino. Ese fútbol que lo besa y le agradece la existencia, que lo ama por el retorno. Que lo alaba y que lo siente, como si fuesen pequeñas despedidas, aunque sean reencuentros.
Newell’s le preparó una fiesta especial a uno de sus máximos orgullos. Porque aunque aquella estadía de Maradona como jugador haya durado un puñado de partidos, alcanzó para grabarse en la piel, en las retinas y en la memoria. El mejor jugador de todos los tiempos, alguna vez se puso la camiseta de Newell’s. Eligió a Newell’s en medio de otras opciones y es un hecho que no puede soslayarse, que imposibilita la imposibilidad de sentir un efecto mutuo, gigante, cada vez más enorme en cuanto pasen los años. El Diez, quien hoy cumple 59 años, tuvo su celebración anticipada. Armada, sentida. En una noche en la que amén del resultado y los rendimientos deportivos fue histórica. Y las 40 mil almas que estuvieron en el Coloso lo sabían. Por eso fueron. Para saberse testigos de la vuelta de la leyenda viviente.
Ahí en el medio del campo, cuando arrancaron los homenajes, una de las glorias del club que estaba para recibirlo, el Chino Aquino, se fundió en un abrazo interminable con él y se escuchó que le dijo: “Te amo mucho Dieguito, mucho, mucho. Ojalá vuelvas a la Lepra”. Alfredo Berti hizo algo parecido: “Te amo, te amo mucho”. No eran sentimientos sueltos, ni palabras tiradas al aire. Eran probablemente lo que quería decir todo el estadio.
Las demostraciones de amor arrancaron el lunes, con la llegada de Diego por la tarde a Rosario, con un recibimiento multitudinario en un hotel céntrico. Siguieron ayer, en el mismo lugar y con cientos de hinchas esperando ver “algo” del ídolo. Fueron horas y horas de espera, cansancio y expectativas y la ilusión concretada al menos en los 21 segundos que tardó Maradona entre que traspasó la puerta del hotel y subió al colectivo. Saludó desde el interior, desató la locura por varias cuadras y 14 minutos después estuvo en el Coloso para volver a deslumbrar.
Custodiado a mansalva, habano en mano, el 10 eterno caminó hasta el vestuario y se sentó en un banquito, de frente a una serie de imágenes que le fueron mostrando de su paso por el club. Se acordaba de todas. De todas tenía algo para decir. Las memorias del fútbol, en Diego, no mueren nunca. Siguió con el habano y cual rey sentado en un trono, minutos después vio el partido desde el sillón rojo y negro que le pusieron al lado del banco de los suplentes. En el espaldar, la leyenda “D10S” lo acarició y él le dejó su firma para siempre. Como legado y como regalo. “Esta camiseta la usó Maradona…”, sonó como pocas veces. El orgullo de la frase no fue sólo una canción, sino también una bandera. Un himno.
Pese a sus problemas en las rodillas, a lo que le cuesta caminar, Maradona caminó. Cruzó la cancha dos veces, porque él también le rindió tributo a la gente. Entró desde el rincón visitante, pegado a esa tribuna que lleva su nombre, la Diego Armando Maradona que da hacia el sur y transitó el túnel armado por chicos de 8va. y 9na. categoría hasta mitad de cancha. Maxi Rodríguez, el capitán leproso, lo esperó en el medio, lo abrazó emocionadísimo y le regaló la cinta especialmente diseñada para este partido. Como en el 93’, el símbolo de la capitanía pasó a las manos de Diego y los jugadores también lucieron el diseño especial en el centro de la camiseta.
Llegaron más regalos: la 10 de Newell’s enmarcada, un óleo sobre lienzo de su paso por la lepra hecha por el artista Andrés Mariani, otro retrato de grafito de Diego en el Coloso, con sus hijas Dalma y Gianina muy pequeñas, del caricaturista Heber Varela. Muchos saludos, con dirigentes y jugadores, pero especialmente con ellos, las glorias que llegaron a recibirlo, mucho de ellos, ex compañeros: Gustavo Raggio, Yaya Rossi, Roberto Sensini, Fabián Garfagnoli, Fabián Basualdo, Cristian Rufini, Maxi Urruti, Iván Gabrich, Ricardo Giusti y los citados Aquino y Berti. A cada uno, Maradona tuvo algo que decirles.
El partido vio a un Diego tranquilo sentado en ese “trono” con la ya clásica gorrita de Venezuela. Y cada vez que Gimnasia convirtió recibió besos y toques en la cabeza como si fuera un tótem de la suerte. El apenas se levantó dos veces para desahogarse con los goles de su Gimnasia necesitado. Nunca olvidó el marco. De las tribunas brotaron fuegos de artificio, bengalas, banderas con su imagen (muchas más que las que están habitualmente) y papeles brillantes de colores. La fiesta era eso.
Fue la noche de Newell’s con Diego. La reedición de un amor que no claudica y el tiempo afianza. Porque así lo sienten. Será por eso que prometieron volver a verse.