Ovación

El error de un verdugo

Esta es la historia de un error gramatical, garrafal, fatal. Sucede más que a menudo en la redacción de un diario.

Domingo 14 de Enero de 2018

Esta es la historia de un error gramatical, garrafal, fatal. Sucede más que a menudo en la redacción de un diario, pero algunos tienen más trascendencia que otros porque conllevan mayor incidencia en el futuro. Quizá contribuya que al ser más recordado, el relato de aquello va agrandando la distancia entre lo real y lo epopéyico. Entonces detalles nimios cobran una importancia inusitada y ayudan a la magnificación del hecho en sí.

   Este error está llamado a quedar en los anales del periodismo gráfico vernáculo, pero para eso hace falta recordarlo y dimensionarlo en su justa medida.

   Es miércoles en el salón que hace las veces de oficina de redacción de la sección deportes del diario. Una voz en el teléfono suplica una suerte de fe de erratas. "En el pueblo me están matando a cargadas", dice, según el joven cronista que atiende el pedido.

   En aquellos aciagos años, la actividad futbolística de la región, llámese ligas amateurs de varios pueblos de la zona, se publicaba a página completa en formato sábana dos días después del fin de semana, es decir los martes, luego de que los lunes se compilara la información pertinente de cada uno de los rincones aledaños a la gran metrópoli. Aquellos martes se disparaba la venta de diarios en toda la región, porque la verdad es que se trataba de una información muy buscada.

   El joven cronista, que había participado activamente en la confección de la página en cuestión, balbuceó una respuesta esquiva, colgó el teléfono y fue hasta el archivo a buscar el diario del día anterior. Con la edición en la mano encaró al veterano corrector de turno y le pidió que leyera una noticia suelta, sin foto, en la parte inferior de la página, con la pregunta maliciosa a flor de labios: "¿Esta la corregiste vos?", inquirió con un brillo en los ojos.

   Ante la respuesta afirmativa, le pidió que releyera la nota de marras y, antes de que el suspenso ganara la escena entre los varios redactores que ya se habían congregado en torno a ese escritorio, señaló con precisión el último párrafo. El corrector ya le había pegado una mirada completa a todo el artículo: una crónica de unas 40 líneas sobre el clásico de Arequito entre los dos clubes más populares de la ciudad. Para mejor comprensión vale una sucinta reseña. El goleador de uno de los equipos abrió el marcador en el primer tiempo, luego el rival empató y faltando poco para el final el mismo goleador del conjunto que hizo el primero marcó el desnivel y se transformó en el verdugo del clásico.

   Luego de que el joven cronista hiciera un señalamiento más exacto, el veterano corrector leyó con los incisivos ojos que no había tenido un par de noches antes y comprobó que, quizá por esa extraña dislexia que suele sobrevolar como fantasma ante la página en blanco, donde debía decir "verdugo", decía "vergudo".

   Se frotó los ojos, volvió a leer, esta vez en voz alta, y pasó la página del diario, que comenzó a circular de mano en mano hasta el último rincón de la redacción. Las risas se iban multiplicando a medida que el libelo cambiaba de manos hasta que se transformó en una carcajada estentórea, que más que liberar tensiones coronaba una gaffe digna de elogio. Aunque quizá no para el protagonista: un jugador de fútbol que sufría el escarnio pueblerino en una localidad en el medio de la Pampa Gringa.

   No hubo fe de erratas, sí un llamado telefónico con pedido de disculpas y el joven goleador, con una nobleza y bonanza dignas de elogio, aventó las suspicacias de una broma dirigida ex profeso y aceptó las justificaciones. La charla derivó a tópicos más generales, sobre la vida y esas cuestiones, y culminó de manera más que amena, una suerte de comienzo de una gran amistad.

   Años después, la misma sección deportes, al influjo de la llegada de integrantes más jóvenes a su plantel de redactores, había formado un equipo de fútbol que hacía y recibía desafíos a quienes quisieran enfrentarse. Como el número de futbolistas era generalmente escaso, casi siempre cursaba invitaciones a amigos y foráneos, preferentemente ex jugadores que prestigiaban la escuadra y le daban un salto de calidad.

   Así llegó una de aquellas noches, con el bolso dominado y ya más entrado en años, aquel goleador tan mentado. La presentación previa al apretón de manos ya empezó a desatar risas cómplices. Los más veteranos recordaron el episodio a carcajada limpia y los más pibes coincidieron en que a todos ya les habían contado varias veces la misma anécdota. El goleador también rió de buena gana y así, entre palmadas y gestos distendidos, entraron a la cancha. Era un artillero implacable que rápidamente entró en sintonía con los periodistas deportivos en función de futbolistas y el equipo funcionó a la perfección. El rival terminó apabullado y con varios goles en contra. Hubo fútbol del bueno y hasta algunos pasajes con floreo. La amistad se estrechó aún más tras aquella demostración.

   Por eso en el asado posterior al partido, los vencedores compartieron con sus vencidos aquella lejana anécdota que quedó impresa en el diario, inmortalizada en letras de molde, a mano de cualquier investigador o lector inquieto. El vino corrió generosamente para coronar una jornada victoriosa, lo que estrechó aun más los sentimientos de amistad que aquella noche había solidificado.

   Lo que ninguno de los cronistas se atrevió a contar (fue difícil conseguir esta confesión) fue el interregno entre el partido de fútbol y el asado, cuando los jugadores marcharon religiosamente a los vestuarios un tanto maltrechos y mal iluminados del pequeño club de barrio donde se jugaban los desafíos.

   Todos, absolutamente todos, los periodistas que participaron de aquel desafío, en algún momento de la ducha y disimuladamente, dirigieron sus miradas hacia abajo, al costado, de reojo, en dirección hacia donde aquel goleador implacable se bañaba.

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