Siempre había sido así. Solitaria, quizá un tanto huraña. Desde que recuerda, o mejor dicho desde la primera infancia, sentía una especial inclinación por los lugares apartados, lejos de la gente. "La disciplina le moldeó el carácter", supo decir un viejo entrenador de natación en aguas abiertas que durante años fue su maestro y confidente.
No era una chica triste ni demasiado melancólica pero horas y horas en la inmensidad de la pileta del club intentando mejorar tiempos y llegar a marcas autoimpuestas le habían abierto un mundo interior del que no podía salir fácilmente. Sin pensarlo ni organizarlo previamente se encerraba en un mutismo apenas perturbado por las rítmicas brazadas y el vaivén donoso del agua.
Desde pequeña, cuando tras la lesión en la pierna le recomendaron natación para ayudar en la rehabilitación, su mundo era líquido, aunque no con las connotaciones del sociólogo Bauman sobre la precariedad de los vínculos humanos en una sociedad individualista y privatizada marcada por el carácter transitorio y volátil de las relaciones. No, lo de ella era otra cosa. Era en la pileta donde se iba transformando.
A medida que fueron pasando los días, los meses y los años de entrenamiento y más entrenamiento, su manera de ser se fue volviendo más taciturna. La felicidad en el rostro estaba directamente emparentada con una décima o una centésima menos al final de la jornada. Siempre acicateada por el entrenador de turno, con el cual sólo hablaban de futuros promisorios, de competencias nacionales e internacionales en el horizonte.
Todo anduvo bien hasta no hace mucho, cuando la tendinitis crónica en el manguito rotador del hombro derecho se transformó en un desgarro repentino. El dolor por las noches se volvió insoportable. Y las consultas a diferentes médicos especialistas la hicieron recorrer gran parte de la ciudad primero y medio país después. Los pronósticos más reservados que optimistas sobre la dolencia y las diferentes maneras de resolverlo, con intervenciones quirúrgicas incluidas, la fueron llevando a un encierro más pronunciado.
Un cono de sombras al que le costaba escaparle la envolvía cada vez más hasta cercenarle todo atisbo de superación. Sus padres comenzaron a preocuparse, porque aunque seguía estudiando y las materias no le significaban ningún contratiempo había algo en las ganas de la joven y promisoria nadadora que fallaba. Ya estaba a punto de dar el salto al selecto grupo del equipo nacional de natación, o al menos eso le decía su entrenador, y esta lesión en poco tiempo más sólo iba a ser un recuerdo, una pequeña anécdota en la carrera de una deportista llamada a pelear por cosas grandes.
Pero Clara se quedó sin combustible para el fuego sagrado de la coronación deportiva. De a poco se fue alejando, los dolores nocturnos cesaron con la ausencia de la alta competencia. Volvió al club del barrio para ir a la pileta cotidianamente, pero nadaba por puro placer, para sumergirse en ese mundo suyo.
Todo cambió una tarde que se cruzó con Amy, en el patio del viejo club. Habían terminado juntas 7º grado y también habían sido compañeras de patín artístico hasta esa fractura en la pierna que la hizo dejar la disciplina y el incipiente grupo que habían armado junto con Luli, Ana y Julia.
"Un grupazo", a decir de Amy. "Las cinco fantásticas, ¿te acordás?", la invitó a la memoria. En el bufé del añorado club las paredes seguían tan descascaradas como siempre y ya no atendían las mismas personas. "Cambiaron el concesionario hace como cinco años", explicó Amy apenas notó la extrañeza de Clara, que volvía a la pileta del barrio sólo para despuntar el vicio y porque le quedaba más cómodo. "Son buena gente", completó.
La tarde se consumió con más charla y más anécdotas. Clara se sorprendió de su propia locuacidad y se encontró riendo a carcajadas al recordar travesuras de niña.
Amy le contó que seguían yendo una vez por semana a patín artístico, que eran las "veteranas" aunque recién pisaran los 20 años, que ya no pensaban en la alta competencia ni en torneos de ningún tipo. Ana y Julia iban regularmente, con entusiasmo, y Luli cada tanto porque andaba con algunos problemas sobre los cuales no se explayó. Clara a su vez le contó de la lesión en el hombro y de la frustración, le confesó que se había cansado y que había largado todo, que seguía estudiando pero no sabía muy bien para qué. Se sintió rara al escucharse hablar tan crudamente de su propio derrotero.
Después llegó la invitación, así, sin presiones, como el ofrecimiento de una amiga. Porque si de algo se dieron cuenta es de que el tiempo y la distancia no habían hecho mella en la relación que supieron cultivar. "Los viernes a las 9 nos juntamos. Es el horario que dejan libre las más pibas, porque todas quieren salir de joda", dijo y rió con toda la boca.
Luego intercambiaron números de teléfono, prometieron volver a verse y juntar a las otras. Clara la vio alejarse y esa imagen le quedó grabada entre nostalgias por piruetas de aquel tiempo, entre giros de garza, de paloma, invertidos, muerte del cisne, carrito y tantas más.
Esa misma imagen es la que tiene ahora, entre bambalinas, detrás de las cortinas que separan a las patinadoras del público congregado en el gimnasio techado para la gran gala de fin de año del patín artístico del club. Porque al final se juntó nomás, a la insistencia de Amy se sumaron los ruegos de Ana y Julia, más la condición que puso Luli sobre que si se juntaban las cinco ella participaba. Y empezaron, "para divertirse". Y vaya si lo hicieron. Y ensayaron, casi todos los viernes, y se reencontraron como en la escuela primaria. Y fueron las inseparables compinches de otrora, en el bufé o en la vereda hasta altas horas de la madrugada.
Clara olvidó su mutismo y otra vez la sonrisa le devolvió al rostro un rictus de esperanza. Dejó de lado las dolencias en el hombro y en la pierna y se dejó llevar por las figuras que entre risas armaron entre todas. Nadie hubiera entendido cómo fue generada esa coreografía tan loca, pero el resultado las dejó más que satisfechas. Clara volvió a entusiasmarse con la confección del vestido que usarían esa noche y su madre se sumó al fervor y la ayudó a pegar lentejuelas en larguísimas jornadas de calor y agobio.
Todas esas imágenes le pasaron por delante de los ojos antes de enfrentar al público que rugía allá afuera. Clara miró una a una a sus amigas y se vio en ellas. Sonrieron y se soltaron porque estaban todas unidas con las manos apretadas. Y ya no importó ni marca ni récord ni torneo. Mientras el locutor las anunciaba hubo una que dijo a modo de arenga: "A divertirse".
Y allá salieron, bajo los reflectores, a girar y reír, a saltar y dar vueltas. A decirle adiós a la competencia.