Para ser un presidente exitoso implica seguir aprendiendo en el cargo, seguir aprobando materias que muy pocos están en condiciones de estudiar. Javier Milei, después del 7-S bonaerense, está siguiendo esa currícula. Más allá de que el mandatario podría haber aprovechado para vender mejor las potencialidades económicas de la Argentina en Davos, al menos evitó meter los dedos en el enchufe como hizo el año pasado, lo cual le trajo varios dolores de cabeza.
Aunque los discursos leídos siempre suenan un poco más aburridos (y totalmente ajenos a la inmensa mayoría de la opinión pública), intentó volver a su tono doctoral, académico, que siempre le gusta. Recordemos que buena parte de su campaña electoral tuvo que ver con dar clases magistrales sobre economía. En este caso intentó conectar la moralidad con la eficiencia, advirtiendo que no pueden ser términos antitéticos.
Tampoco se metió en camisa de once varas al definirse sobre aspectos de la geopolítica mundial que tienen tan ajetreados a los mandatarios de los principales países del planeta. No mencionó a Groenlandia, a Ucrania, a Taiwán, al canal de Panamá ni Gaza (pese a que se sumó al consejo de la paz) y apenas hizo referencia a Venezuela. Algo así como “yo, argentino”: no me meto donde no me llaman, tengo cosas más importantes de las que ocuparme.
Este Milei está definitivamente más consolidado pasados dos años de mandato, lo cual no significa que pueda dormir tranquilo. El resultado electoral elevó la vara de exigencia de la opinión pública, por lo tanto, deberá mostrar más y/o mejores resultados en la segunda parte del mandato. Con un éxito en las urnas y el respaldo americano, más un mercado financiero mucho más tranquilo, tendrá un respiro hasta pasadas las vacaciones de invierno, Mundial de por medio.
Solo después de 8/10 meses la ciudadanía siente que puede empezar a hacer balances más definitivos sobre el rumbo del país y el uso eficiente del crédito social otorgado. Ese lapso también hace que no se deban imaginar grandes novedades desde el lado de la oferta opositora, sobre todo mirando hacia 2027.
La gran preocupación
Su principal preocupación de corto plazo es la reforma laboral, que se puede trabar por aspectos que no tienen que ver con el tema estrictamente sino con los artículos fiscales que perjudican las finanzas provinciales. Para gobiernos que vienen recibiendo menos dinero real desde el Estado nacional en los últimos meses, una variación en el impuesto a las ganancias los complicará aun más y eso derramará negativamente en los municipios, que son los que tienen menos oxígeno. Eso ha desatado una nueva puja entre halcones y palomas en la administración libertaria. En pocos días se sabrá qué ala predomina. Si dependiese del Milei pragmático, se cedería algo.
Sin embargo, al tratarse de cuentas fiscales que están obligadas a mantener un superávit fiscal primario importante (por acuerdo con el FMI y para evitar temores en los mercados), la capacidad de atender las demandas de los gobernadores se complica. Como la tasa de rentabilidad de la mayor parte de la economía privada se ha deteriorado en estos últimos dos años, entonces el gobierno recurre a la baja de impuestos para compensar algo de esa estrechez (como viene haciendo con las retenciones). Como siempre, se presenta el dilema de la manta corta.
Un ejemplo de las contradicciones que experimenta la Argentina se puede visualizar en el último informe del Índice de Confianza del Consumidor de la Universidad Di Tella: 1) fuerte crecimiento en el interior, pero baja en la zona Amba (35 % del país); 2) el aspecto bienes durable e inmuebles mejora mucho, pero cae la expectativa sobre la situación macroeconómica y 3) existe una sustantiva suba en la percepción sobre las condiciones presentes, pero decrecen las expectativas futuras. Algo así como “estamos mejor, pero no tenemos claro qué pasará”. También es llamativo que en varios indicadores del índice el registro es negativo si se lo compara con el primer mes de 2025.
Con una generosa oferta de dólares generada por las obligaciones contraídas por empresas y provincias, el presidente y su ministro duermen un rato tranquilos. Pero en estos días las amenazas más importantes vienen del mejor amigo. Las desventuras de Trump-Groenlandia, puja con la Reserva Federal por las tasas, el debate sobre los aranceles, entre otras cosas hacen que el mundo se vuelva más inestable y la Argentina, que es un paciente que sigue en terapia intensiva, puede contagiarse de cualquier virus que ande dando vuelta en el hospital. Los mercados, una vez más, le hicieron sentir al mandatario americano que uno puede hacer cualquier cosa, pero lo que no puede es evitar las consecuencias.