Opinión

Un elogio de la sumisión

Vicio y virtud. Se ha dicho, con refinado sarcasmo, que aquel que pierde la dignidad y la vergüenza ganará mucho dinero, mucho poder y otras cosas menos confesables.

Miércoles 06 de Marzo de 2019

Los vicios de la conducta y las perturbaciones del espíritu son frecuentes, pero, además, son necesarios. Los defectos ajenos nos sirven como amarga advertencia. Los defectos propios nos sirven como cara enseñanza. La vida sin pecados tan sólo nos conduce a la vida sin virtudes.

Por eso, muy de vez en cuando, aprovecho para compartir con el amable lector algunas reflexiones sobre esos diversos temas, en forma de elogio, como los he llamado. El del absurdo, el del cinismo, el de los defectos, el de la derrota, el de la dictadura, el del enemigo, el de la estupidez, el de la mentira, el del pecado y el del tapado, citados por alfabeto. No los he escrito como un ejercicio de la contra moral, sino como un imperativo de la realidad.

Ahora le tocó a la sumisión, la cual tiene dos instrumentos preferidos. Uno de ellos es el servilismo, que no debe confundirse con el servicio, así como la obediencia no debe confundirse con la disciplina. El otro de sus instrumentos es la adulación, que no debe confundirse con el aprecio, así como la cortesanía no debe confundirse con la cortesía.

Para nosotros, los dignos, los sumisos nos parecen unos lambiscones repugnantes. Pero, para ellos, nosotros somos unos orgullosos estúpidos. La verdad es que ambos nos necesitamos en reciprocidad. Sin nosotros, ellos no tendrían la barrera de contención que los ayudara a no desbarrar en el ridículo. Sin ellos, nosotros no tendríamos esas moderadas dosis de agrado que nos provoca el halago y que son tan necesarias.

Y es que no creo que exista alguien tan absoluta y desdichadamente maduro que, por eso mismo, viva en la tristeza, en la depresión, en la decepción o en la desesperación. Los moderada y felizmente maduros necesitamos nuestras "pizcas" de fantasía, de evasión, de sustitución, de reinvención, de diversión, de ensoñación y de adulación.

Por ejemplo, a los que nos gusta la oratoria, la academia o el periodismo, nos alegra que alguien nos aplauda por el discurso, nos felicite por el artículo o nos pondere por el libro. ¡Claro que se disfruta! Cierta ocasión, un presidente de México me dijo que mucho le había gustado mi libro más reciente. Que lo había leído tres veces. Y me repitió líneas completas bien memorizadas.

No puedo ocultar que me sentí muy bien y que lo comenté con más de diez personas, comenzando por mi familia. Desde luego que ese poderoso señor no lo hacía por servilismo, ya que yo no podría brindarle nada de nada. Lo hacía tan sólo por amabilidad, por humanidad o por amistad o por las tres cosas. No lo tomé como una condecoración, sino como un regalo.

Es innegable que la sumisión puede ser deliciosa para el que la brinda y para el que la recibe. Pero debemos tener cuidado porque la adulación es una bebida fuerte que debe tomarse con moderación. El adulismo es una adicción incurable, progresiva y fatal. A veces salva y a veces causa el desastre. No hay que acostumbrarse a él.

Por eso, como en las bebidas, es obligada la conciencia, de saber quiénes son los aduladores, aunque nos agraden y de saber quiénes son los sinceros, aunque nos incomoden. Un proverbio recomendaba saber quién nos aplaude antes de gozar el aplauso. Es obligada la prudencia para aceptar las dosis recomendables de adulación y no toda la botella. Y es obligada la inteligencia para saber qué tan adulterado puede estar el brebaje.

Porque hay de sumisos a sumisos. Y allí es donde algunos son pasables y otros son infumables. Algunos son inteligentes, refinados y elegantes. He conocido a algunos que hasta deleitan. Pero hay otros que son zafios, burdos y grotescos. He conocido a muchos que hasta asquean. Unos invitan a la cata y otros invitan a la basca.

Pero de que se requieren, se requieren. Eso no se discute. La adulación con moderación reduce el estrés, relaja el ánimo, fortalece la seguridad y cancela los temores. No una borrachera trapera, pero sí un "pegue" reanimador.

En fin, todos los vicios de los otros pueden servirnos a nosotros. Así como todos nuestros defectos pueden ser útiles para los otros. La adulación puede ser un referente. Por eso Fénelon recomendaba huir de los elogios, pero tratar de merecerlos.

Creo que sí revisaré mi programa para la próxima vida. En esta fui abogado y político. Por eso no puedo ni debo ni quiero adular a nadie que se encamina directo al desastre o a la debacle. Pero, en la siguiente vida escogeré algún oficio, aunque sea muy antiguo, que me permita decir lo que les gusta escuchar a los poderosos, a los potentados y a los prepotentes.

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