El discurso de Milei es la evidencia contumaz de una conversación imposible. Es la idea de que hay un sector que tiene la verdad y de otros que están en el error. Y que están en el error por mezquindad o corrupción. A semejante encrucijada política es improbable entreverle una salida. Como muy difícilmente haya salida para ese torniquete que les presenta a los gobernadores, que es firmar el armisticio que en algunos de sus capítulos exige aceptar la capitulación para las fuerzas productivas de las provincias. Un brete nada distinto al que hizo caer el DNU o la ley ómnibus. Y que no sin agudeza ubica a los mandatarios en un nuevo callejón. Rechazar los puntos que el presidente propone como innegociables implicará exhibirlos como resistentes y porfiados. Aceptarlos supondrá en algunos casos hipotecar no solo el futuro de los gobernadores sino el destino de los territorios que administran.
Los gobernadores pueden aceptar la inviolabilidad de la propiedad privada porque es algo que ya está en la Constitución. Podrán admitir como lógico intentar el equilibrio fiscal. Pero para otras reformas estructurales la discusión es lógica porque no debaten ideas nobles contra perversas sino modelos de país divergentes o antagónicos. Una enmienda tributaria que sea progresiva puede que no le guste a Milei pero está en las lógicas de los países capitalistas desarrollados. Lo mismo que la idea de protección a determinadas franjas productivas, algo que va contra la apertura total al comercio internacional que el presidente fijó como punto diez del pacto. ¿Podría cualquier gobernador de Santa Fe aceptar eso que podría perjudicar las acerías, las fábricas de maquinaria agrícola, las de electrodomésticos o las de automóviles que hay en la provincia? Eso que hasta Trump, referencia de los libertarios, aplicó llamando "proteccionismo patriótico" para resguardar de la competencia a las compañías estadounidenses.
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La indudable centralidad de Milei en la política argentina muestra un personaje bizarro pero complejo. Un intolerante que usa insultos, agravios y descalificaciones físicas. Pero que construye sus apelaciones colectivas con dosis parejas de dogmatismo y astucia. En su discurso al Congreso utilizó un repertorio de eslóganes que tienen aprobación en franjas que lo votaron al punto de hacerlo presidente. "Estamos terminando con la extorsión de las organizaciones sociales". "Reduciremos los contratos de asesores para diputados y senadores de la Nación". De manera arbitraria muchas veces rozó cuestiones que merecen examinarse. Y otras tocó zonas que razonablemente apestan como cuando dijo que se había acabado la era de las coimas a cambio de permisos de importación.
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Pero Milei habita un territorio donde no hay matices. Y celebró en la cara de los gobernadores como su gran logro algo que en el interior está condenando al desempleo y a la carencia a millones de argentinos. "Eliminamos la obra pública y redujimos transferencias a las provincias", azuzó. Con eso por ejemplo en Santa Fe hoy están frenadas 289 obras iniciadas que obligaron a cesar a los obreros, a parar siderúrgicas, a paralizar cementeras y a todo el circuito comercial que moviliza la construcción. El dinero que las provincias no reciben en fondos para 40 mil comedores, para los sueldos docentes consagrados en normas nacionales, con el corte de las asignaciones familiares, con las brutales podas a jubilaciones y pensiones son la total demolición no de la casta sino de las personas más débiles de la sociedad, en un infierno de 70% de inflación en tres meses, de brutal suba del boleto, de los alimentos esenciales, los servicios públicos, de las prepagas que expulsan gente al sistema público, de los útiles. El ahogo financiero viene, además, con agresiones degradantes desde las más elevadas posiciones oficiales, funcionarios que persisten en acelerar hacia el castañazo.
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El misticismo que recubre los planteos del presidente remiten todo intento de debate político al lugar de la herejía. Pero es claro que con eso Milei refuerza su núcleo de adhesiones y postula un método. Lo que remacha con abismales promesas de todo o nada. Los que no adhieren, dice, tendrán conflicto. "No al consenso contra el cambio" es una posición irreductible. Milei solo acepta la palabra acuerdo como inexorable acatamiento a su mirada. Con un país políticamente empatado y con una estructura social degradada entenderse seguirá siendo muy arduo.