Los usos del odio

Aunque la estela viene de lejos, el origen más cercano de la política del odio puede rastrearse en la crisis financiera del 2008, que a diferencia de los shocks anteriores comenzó en los países desarrollados para desde ahí expandirse.
13 de septiembre 2020 · 05:00hs

Aunque la estela viene de lejos, el origen más cercano de la política del odio puede rastrearse en la crisis financiera del 2008, que a diferencia de los shocks anteriores comenzó en los países desarrollados para desde ahí expandirse, y cuyo impacto todavía se siente. Si hasta aquel momento los efectos negativos de la globalización neoliberal, sobre todo el aumento de la desigualdad, eran vistos por muchos como daños colaterales inevitables, la crisis terminó con la idea de la globalización como promesa: para amplios sectores de la sociedad, ya no había nada que esperar de ella. Esto produjo un desencanto democrático que hizo crujir grandes consensos, ese ideal con aires de Moncloa que organizó la política de buena parte del mundo occidental desde los años 90, y llevó a una progresiva dilución del centro político, lo que condujo al estallido de sistemas que en casos como España llevaban décadas de prolijo bipartidismo, y a la emergencia de fuerzas de extrema derecha incluso en países que parecían inmunizados, como Alemania y Gran Bretaña.

Las transformaciones del ecosistema mediático agudizaron este panorama. Lejos de la etapa de la radio y televisión de masas, cuando tres o cuatro canales y estaciones se disputaban una audiencia amplia y por lo tanto buscaban posiciones más moderadas, la multiplicación de emisores –radios FM, canales de cable, sitios web, blogs– produjo una fragmentación del público en grupos más pequeños y separados entre sí, una hipersegmentación que las redes sociales convertirían más tarde en hiperpersonalización. Las redes son en esencia empresas de publicidad cuya rentabilidad depende de que pasemos dentro de ellas la mayor cantidad de tiempo posible, lo que las lleva a ofrecernos información que nos haga sentir “cognitivamente cómodos”, es decir con la que estemos de acuerdo. Aplicando la lógica predictiva, el algoritmo nos encasilla y sumerge en un mundo en el que pareciera que todos piensan como nosotros. En su último libro, Natalia Aruguete y Ernesto Calvo sostienen que la polarización no es un episodio pasajero sino la morfología misma del espacio público, la forma en la que conversamos en las sociedades actuales.

La combinación entre la crisis y esta transformación de los medios agudizó la polarización social. En “La era de la indignación”, Jonathan Haidt cita datos del estudio elaborado desde hace tres décadas por la consultora Gallup y el Centro de Investigación Pew, que revela un incremento sostenido de la polarización en EEUU. Esto se verifica en encuestas que revelan por ejemplo un aumento del porcentaje de personas que responden afirmativamente cuando se les pregunta si creen que el partido rival constituye un peligro para el país o por el incremento de los que admiten que les molestaría que su hijo se casara con un demócrata (si son republicanos) o con un republicano (si son demócratas).

En este clima asfixiante, un sector de la población ha comenzado a responsabilizar por sus problemas a ciertos grupos sociales, étnicos o religiosos, en general vulnerables: pueden ser los migrantes mexicanos, los militantes del PT, los pibes chorros, los receptores de planes sociales o los árabes, lo importante es proyectar sobre ellos la carga de la culpa por lo que sucede a través de discursos agresivos y discriminatorios que configuran una nueva “política del odio”. Si el lenguaje político a menudo recurre a un apellido para connotar un proceso (peronización de los sindicatos, chavización de la Argentina), desde hace al menos una década asistimos a una “bolsonarización” de la sociedad.

Como sostiene Ezequiel Ipar, lo que se percibe en la superficie son una serie de liderazgos –políticos pero también mediáticos, de artistas, referentes sociales, youtubers– que vuelcan el peso de su influencia al servicio de este tipo de consignas. Sin embargo, la violencia que expresan no es una invención propia sino algo que estaba ahí, circulando por la sociedad, y que ellos recogen, reformatean y relanzan. Se trata, como explica Daniel Feierstein, de líderes que están dispuestos movilizar el odio contra un grupo social determinado como política y que al hacerlo habilitan al resto de la sociedad a expresar su agresividad sin inhibiciones, la autorizan. Pero el fenómeno es de abajo hacia arriba: primero se bolsonariza Brasil, después gana Bolsonaro.

¿Podemos hablar de fascismo? Hay elementos en común con las experiencias de entreguerra. Como en aquella época, este “fascismo democrático”, según la definición de Alain Badiou, proyecta sobre ciertos grupos la frustración que le genera una situación de incertidumbre cuyas causas no logra descifrar y, por lo tanto, siente que no puede controlar. Ese es el aire a Weimar que respiramos en estos días. En su tremenda novela “Serotonina”, Michel Houellebecq dibuja el paisaje de una Francia profunda habitada por personajes empobrecidos, temerosos de que la competencia con los productos extranjeros reduzca sus ingresos, sumidos en la impotencia de una vida sin sentido que solo dejarán de lado para organizar protestas violentas en las rotondas (lo mismo que hicieron los chalecos amarillos meses después de publicado el libro). Puede ser la pérdida de empleo industrial en el Rust Belt norteamericano, el cierre de las oportunidades de movilidad social ascendente en las clases medias de Argentina o la exposición al delito de los sectores populares paulistas, pero la percepción es la misma: desilusión, resentimiento y una intensa idea de injusticia.

Esta sensación angustiante de pérdida del “locus de control interno” –la sensación de que haga lo que haga mi destino no cambiará– es la arena mojada con que los demagogos del siglo XXI construyen sus castillos de arena. Como los procesos que explican estos padecimientos no tienen una respuesta simple, como es probable que EEUU nunca recupere los niveles de producción industrial de los que gozó hasta Reagan, o que el conurbano bonaerense vuelva a la tranquilidad de los niños jugando sueltos en la vereda, aparecen políticos que, como en los años 30, ofrecen respuestas mágicas a problemas que exigen soluciones largas y complejas (o peor aún, que no tienen solución).

Sin embargo, a diferencia del fascismo clásico, las fuerzas del odio hoy no buscan generar una nueva comunidad, no pretenden reconstruir el Lebensraum exterminando a los judíos de Europa, sino ampliar el margen para el ejercicio de la libertad individual sin interferencias: desde educar a mis hijos sin que el Estado me imponga una educación sexual integral (ESI) hasta salir a la calle y contagiarme de coronavirus si eso es lo que quiero, tal la noción extrema de libertad que guía estos reclamos (aun cuando la ESI apunte a generar las condiciones para una sociedad más democrática y la cuarentena busque garantizar la capacidad de atención del sistema de salud). En contraste con el fascismo histórico, se trata de una propuesta profundamente anticomunitaria, que conecta con el individualismo exacerbado de las sociedades contemporáneas: Trump y Bolsonaro podrían haber aprovechado la crisis sanitaria para aumentar el control autoritario del Estado sobre la sociedad, pero eligieron el negacionismo irresponsable como sostén de su visión extrema del libre albedrío.

Los discursos del odio no son solo una respuesta a la frustración generada por la crisis sino también una reacción a los avances en pluralismo, tolerancia a la diversidad y multiculturalismo registrados en las últimas décadas (la dimensión positiva de la globalización). Como en el aikido, la derecha extrema se nutre de la fuerza del enemigo mediante el recurso a la inversión retórica: así, ha logrado transformar la idea de corrección política o igualdad de género en denuncias contra la “censura progresista” o la “ideología de género”, como si los negros, las mujeres o los que necesitan asistencia del Estado dominaran ya la sociedad y fuera necesario defender a los blancos, los hombres y los ricos de esta “dictadura de las minorías”. Quizás el caso más notable de esta capacidad de retorcer discursos hasta hacerles decir lo contrario a lo que plantean sea la movilización en España contra la política sanitaria y el uso de barbijos, donde se veían carteles con la misma frase de las protestas tras la muerte de George Floyd en EEUU: “Queremos respirar”.

Pero no se trata de una vuelta a la Edad Media. Aunque en una mirada superficial puedan parecer arcaicas, se trata de tendencias actuales. Por lo pronto, las fuerzas del odio han descubierto mucho antes que las corrientes democráticas las oportunidades que abren las redes y las apps para difundir consignas en las que la verdad ha pasado a ser un resabio del pasado, mediante operaciones de “desinformación organizada” tan capciosas como efectivas.

Son, además, ágiles, como demuestra el caso de Tik Tok, el nuevo espacio de la batalla digital, la red social de origen chino que en unos meses consiguió 2.000 millones de descargas y que amenaza la hegemonía de Facebook, Instagram y Twitter. Elemental en su concepción, Tik Tok se basa en una serie de videos cortos a pantalla completa, que en general no superan los 15 segundos y que se organizan según un algoritmo más agresivo que el de Facebook, ya que no prioriza seguimientos (órdenes conscientes) sino el tiempo que cada usuario pasa frente a ellos (interés inconsciente). Aunque en un comienzo Tik Tok se alimentaba básicamente de adolescentes haciendo bailecitos, subiendo fotos de sus ídolos o microescenas de su vida cotidiana, la extrema derecha rápidamente vio la oportunidad: los seguidores del extremismo hindú de Narendra Modi, por ejemplo, difunden memes burlándose de las denuncias contra la persecución del gobierno a los musulmanes, en tanto los fanáticos de Bolsonaro se desafían (el “reto” es uno de los mecanismos favoritos de Tik Tok) a subir videos modulando sus frases más violentas como si las estuvieran diciendo ellos; el líder de Vox, Santiago Abascal, domina la red sin competidores.

Concluyamos. Vivimos tiempos de polarización y discursos de odio, de violencia –a veces retórica, por momentos real, pero creciente– hacia grupos sociales postergados y de líderes que se permiten decir cosas que hasta hace unos años hubieran debido reprimir en honor a la corrección política. Pueden operar desde partidos tradicionales a los que obligaron a girar al extremo, como Trump; pueden llegar al poder con su propia fuerza política, como Bolsonaro, o pueden convivir con sectores más moderados, como sucede en Juntos por el Cambio, donde Patricia Bullrich y Miguel Ángel Pichetto comparten coalición con Horacio Rodríguez Larreta y Martín Lousteau. En todos los casos, van creando un contexto en el que todo –una idea, un artista, la validez de un resultado electoral e incluso algo tan neutro como una vacuna– es sometido al juicio inapelable de la posición política previa.

En un elocuente artículo publicado en el Dipló, el sociólogo Ernesto Calvo demuestra que este sesgo llega incluso a una dimensión tan íntima como la percepción del riesgo. Para demostrarlo cita encuestas que muestran que los votantes de los presidentes que minimizaron el coronavirus (Trump, Bolsonaro, López Obrador) perciben menos posibilidades de enfermarse que aquellos que votaron a la oposición y más chances de quedarse sin trabajo. En cambio, los seguidores de los presidentes que desplegaron políticas sanitarias responsables le temen más al virus que a la desocupación. Aunque, como apunta Calvo, una cosa es no creer en el cambio climático y otra no sentir calor, esta sobredeterminación política desmiente el célebre apotegma del senador estadounidense Pat Moynihan (“todos tienen derecho a tener sus propias opiniones, pero no a tener sus propios hechos”) y fabrica una realidad que fluye autónoma, más allá de toda evidencia.

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