Los conflictos por la tenencia responsable de la tierra no son novedad. Recrudecieron tras la muerte del joven Santiago Maldonado en el sur y su caso expuso a los ojos del mundo la tensión latente que desde hace años sobrellevan comunidades aborígenes en el país. Al mismo tiempo puso en evidencia los graves problemas ambientales y económicos con algunos dueños de la tierra, varios de ellos extranjeros. El tema es complejo y ciertamente requiere de una solución que no deberá ser única ya que son muchas las variantes a considerar. Un informe de la valiosa investigación de Maia Jastreblansky detalla que la Argentina tiene un vasto territorio. Su superficie es de 2,78 millones de kilómetros cuadrados. Más de 12,5 millones de hectáreas (una hectárea representa diez mil metros cuadrados) se encuentran en manos de extranjeros, de las cuales casi dos millones son de firmas radicadas en paraísos fiscales. El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner intentó limitar el desembarco de foráneos pero Mauricio Macri, al frente de Cambiemos, hizo modificaciones con la excusa de atraer “inversiones” y decidió “liberar las tranqueras” territoriales. Según José Luis Imaz el concepto de burguesía terrateniente corresponde a los más grandes propietarios de tierras o poseedores de más de 10 mil hectáreas en la provincia de Buenos Aires. Por los años 70 el grupo familiar que se encontraba al tope del catastro reunía 120 mil hectáreas. Le seguían en orden importancia otras tenencias de 95 y de 60 mil hectáreas. Hoy, los grandes propietarios siguen controlando el 32 por ciento de la superficie de la provincia de Buenos Aires. Otras burguesías existen en Santa Fe, con grandes acumulaciones de tierras, al igual que en Córdoba, Entre Ríos y Santiago del Estero entre otras provincias, en las que hay personas dueñas de 100 mil hectáreas de campo. Ese campo ahora vuelve a resistir las retenciones, un reclamo utilizado como bandera de lucha política e ideológica a decir de Pedro Peretti, ex director de la Federación Agraria. El dirigente sostiene que ese tributo lo pagan todos por igual sin diferenciarse el tamaño de la explotación y destaca que pensar que las retenciones las pagan las exportadoras es un error. Recuerda que con Néstor Kirchner y CFK, con retenciones, no se fundió nadie y se deshipotecaron 12 millones de hectáreas. Contrariamente, en los 90 no hubo retenciones y se fundieron 103.000 explotaciones agropecuarias y se hipotecaron 12 millones de hectáreas. Queda entonces claro que las retenciones son apenas un instrumento de la política económica y no un fin en sí mismo. Entre otras propuestas, sugiere controlar a las megaempresas, pesar las cargas con balanzas oficiales en el ingreso a los puertos y guiarse por números propios y no estadísticas que podrían ser interesadas. También abunda en otras medidas trascendentes, como recuperar la FAA para participar de los debates ideológicos sobre el rumbo de la agricultura y el controvertido uso y tenencia de la tierra. En suma, una voz que merece ser escuchada. Siempre teniendo en cuenta, como dijo el escritor José Luis Saramago, que los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay.

































