"En construcción". Ese es el leit motiv que puede servir para calificar el primer año de gestión de Miguel Lifschitz y proyectarlo a lo que necesita, a lo que debería venir.

Por Mauricio Maronna
"En construcción". Ese es el leit motiv que puede servir para calificar el primer año de gestión de Miguel Lifschitz y proyectarlo a lo que necesita, a lo que debería venir.
El plan de navegación que aplicó el gobernador desde el momento en que asumió en la Casa Gris no se salió un ápice de lo que se preveía desde el análisis político, que tampoco constituyó una revelación: los pasos de Lifschitz, su táctica y estrategia, su manera de encarar las cosas es casi calcada al del inicio de su gestión como intendente.
Cuando asumió en la Municipalidad de Rosario, muchos ni siquiera sabían cómo se escribía su apellido. Tenía todo un escenario para construir, mucho más por la delgadísima diferencia por la cual se impuso en 2003. Terminó su mandato con casi 60 por ciento de imagen positiva.
La diferencia de apenas 1.400 votos entre él y Miguel Del Sel que dejó el trajinado escrutinio a gobernador, con un escenario político inédito de tres tercios en la provincia, obligó y obliga a Lifschitz a apelar a su marca personal por sobre todo lo demás. Y en ese andarivel transcurrió el primer año en la gestión.
Hoy, acá, mañana allá y pasado mañana en otro lado, el gobernador se golpea el pecho de haber recorrido una y cien veces la provincia, aunque pocos se enteren y otros aseguren que esa tarea sirve de poco y nada a la hora de ganar legitimidad y conocimiento. La Gobernación de Lifschitz es Lifschitz.
La centralidad
Un ejemplo sirve para describir la situación. Cuando la Casa Gris era acorralada a puro latigazo declarativo por el gobierno nacional en el tema seguridad, el ministro del área, Maximiliano Pullaro, le hizo saber al gobernador su preocupación por el futuro inmediato. "No te preocupes, yo soy el que más trabaja de todos. Por ese lado, no me van a ganar así nomás".
Esa conducta hiperquinética presenta una doble faz, que se muestra hoy en toda su plenitud pero también desnuda su contraplano. Hay una escasa presencia visible del gabinete a la hora de los grandes o pequeños temas. Al margen de Pullaro, Luis Contigiani, Pablo Farías y alguno más, es casi nulo el conocimiento de la población respecto del nombre de sus funcionarios.
La gestión de Lifschitz tuvo tres contratiempos de magnitud: la emergencia hídrica, la pésima relación con el presidente y la crisis en seguridad que derivó en dos impactantes marchas. En las dos primeras cuestiones, hoy se vive una realidad diferente. Respecto de la inseguridad, ciertos índices han mostrado mejoras en el frío número de las estadísticas, pero aún hay demasiado por hacer.
Y es en este último ítem —el de la seguridad— donde la administración santafesina juega buena parte de su futuro. El gobernador entendió la necesidad de aumentar la presencia policial, los patrullajes y de tensar la política judicial y carcelaria. En eso está.
En verdad, el gobierno necesita imperiosamente que la inseguridad no pegue nuevos brincos para poder avanzar sin tapujos en dos objetivos: obra pública y reforma de la Constitución.
Curiosamente, desde la recomposición del vínculo con Balcarce 50 el gobierno santafesino dejó de reclamar por la presencia de agentes federales en Rosario, un bien a todas luces escaso. Incluso, hasta aquí, nadie pudo descubrir cuántos efectivos han desembarcado.
Lifschitz es optimista respecto del futuro inmediato. Promete que ejecutará la inversión en vialidad para 2017, que quintuplica la de 2016, y resalta que Santa Fe fue la única provincia cuya economía creció el año en curso. Parece darle la razón a Mauricio Macri, quien le dijo a La Capital durante una entrevista en Casa Rosada que, en la provincia, "explotan los brotes verdes".
Santa Fe podrá gozar de los beneficios que siempre dispensa el campo, hoy junto a las mineras los dos únicos sectores que pueden tener motivos para celebrar la política económica de Cambiemos.
A la par de todo el optimismo que tiene Lifschitz a la hora de que se dinamice la obra pública, su primer año de gobierno vio ralentizada la intención de reformar la Constitución. El primer y último obstáculo no procede del contexto político general —que ejerce su influencia— sino de la interna del partido de gobierno.
El PS no avalará en los hechos una reforma a la Constitución si antes Lifschitz no anuncia a los cuatro vientos un renunciamiento histórico respecto de su eventual reelección. El ex intendente rosarino no lo hará, salvo que cambien las circunstancias.
Esa diferencia que se hizo visible en el socialismo por el tema de la Carta Magna se puso de manifiesto también a la hora de encuadrar la relación con el gobierno nacional. La dureza argumental de Antonio Bonfatti, Rubén Galassi, Eduardo Di Pollina (y siguen las firmas) contra la política de Macri fue evidente. Alicia Ciciliani adhierió a pie juntillas al proyecto opositor sobre Ganancias..
El vínculo con Macri ya venia de mal en peor por la saga de excentricidades que se produjeron durante la búsqueda de los prófugos Lanatta y Schillaci. El presidente cargó bronca contra Lifschitz, al punto de no querer invitarlo a la primera reunión con los gobernadores. Pero, paso a paso, la situación se revirtió.
Lifschitz aprovechó las polémicas chirriantes con la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, para escalar en la relación con Macri. Terminan el 2016 con un vínculo personal que antes no tenían, y con el gobernador acercando posiciones con el Ejecutivo nacional en temas clave.
En la discusión por el tema Ganancias, Lifschitz terminó integrando lo que se llama la miniliga de gobernadores junto a Sergio Uñac, Gustavo Bordet, Juan Urtubey y Juan Schiaretti (entre varios más) que fueron decisivos para evitar que se lleve a la práctica el proyecto opositor votado en Diputados.
En el plano político, el oficialismo santafesino no debe perderle el rastro a los movimientos de Cambiemos, su principal competidor. De los éxitos o fracasos de Macri dependerá el futuro de los socios radicales, oportunistas y oportunos.
El primer año de Lifschitz termina para él mucho mejor de lo que empezó. No es poco. Al fin, el futuro del socialismo dependerá de cómo sea el resultado de su gestión. Y esto recién empieza.


