¿Cómo fue, cuándo y por qué el ser humano se permitió despojarse de una parte de su
naturaleza intrínseca y sometió las virtudes de la tolerancia, el respeto por el sustento
ideológico del otro, el intercambio de pensamientos para la justa causa común de la humanidad? En
suma: ¿cuándo y por qué se hizo esclava a la libertad? Hay quienes sostienen, como rigor de verdad,
que el hombre nunca se despojó de tales virtudes por cuanto ellas no existieron, o no crecieron
como otros componentes de la estructura humana que permitieron un increíble avance científico y
tecnológico. Esto último parece más acertado, pues de lo primero se deriva que entonces el hombre
no fue ni es imagen y semejanza de Dios y, por tanto, es sólo un avance incompleto en el desarrollo
y evolución del reino animal con reminiscencias de aquel estado primitivo. La teoría darwiniana,
para quien esto escribe, no puede ser aceptada, pero no es del caso tratar en esta reflexión tal
cuestión.
Desde un punto estrictamente religioso y aun teológico, se debe reconocer que el
hombre recibió de Dios el sublime derecho de la libertad. Lo recibió, en definitiva, como una de
las formas (sin dudas la más importante) de elevarse mediante el enriquecimiento intelectual y
espiritual. Pero aun si se trata la cuestión desde un punto de vista no religioso, bien puede
decirse que el hombre naturalmente es o debe ser libre. Paradójicamente, el mismo hombre o, mejor
aún, ciertos hombres a los que se conoce como dirigentes, se encargaron de someter, en determinado
momento de la historia, a tan sublime derecho concedido o adquirido (como mejor le plazca al
lector). Por lo tanto, algunos desvirtuaron el concepto de liderazgo y lo trastocaron en
despotismo, autoritarismo y en todos los "ismos" con miras no ya a satisfacer las necesidades del
grupo, sino a saciar los deseos individuales. Deseos exacerbados, resultantes de patologías, que
fueron causantes de muertes, pena, soledad. En muchas ocasiones, al pueblo del mundo y a la misma
persona se les impidió, y se les sigue impidiendo, el crecimiento, el desarrollo personal, la paz
interior y la paz social, sólo porque se sometió a la libertad, restringiendose, al mismo tiempo,
la justicia.
La libertad de expresión. Una de la formas más crudas de cercenamiento de la
libertad es la censura, o la lisa y llana obligatoriedad de silencio que se impone a periodistas,
medios, escritores y artistas. La historia de la humanidad tiene paradigmas en tales aspectos. Por
ejemplo, se debe recordar la famosa quema de libros llevada a efecto por el nefasto régimen nazi, o
las restricciones del régimen stalinista o, en el caso puntual de Latinoamérica, la brutal censura
y persecución que impusieron las dictaduras militares. ¿Pero acaso han sido y son los únicos
modelos atentatorios contra la libertad? De ningún modo. Lo sucedido en el marco del régimen
castrista, donde han sido encarcelados periodistas y opositores sólo por pensar distinto, es otro
hecho luctuoso en el devenir humano. Y, para asombro del mundo, y cuando todo hacía o hace pensar
que en los tiempos que corren el hombre debió o debe comprometerse con la liberación de la libertad
(¡qué paradoja, ¿verdad?!), el régimen bolivariano de Venezuela, que los venezolanos deberán
discernir hasta qué grado sustenta el pensamiento del gran libertador, cerró de un plumazo un canal
de televisión y sólo porque no sostenía el pensamiento oficial. No parece ser el único caso.
Libertad y mentira. Otra forma de cercenar la libertad, por parte de los
gobernantes, es la costumbre, ya hecha cultura, de mentir, o falsear la realidad pasada o presente.
En este sentido, los pueblos de los países latinoamericanos están bastante acostumbrados a las
argucias del poder. Un caso para el mero ejemplo es el famoso índice incorrecto brindado
sistemáticamente en Argentina por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, acción que ha
trascendido la pena de los consumidores argentinos para instalarse en el asombro de buena parte del
mundo. Ni remotamente, como lo saben las amas de casa, la inflación sostenida por la dependencia
gubernamental se corresponde con la realidad de las vidrieras, los escaparates y los
mostradores.
Pero tampoco este es el único caso de libertades cercenadas por la mentira. Una de
las más asombrosas mentiras, cruel y dolorosa, es la lanzada hace cierto tiempo por el presidente
iraní, amigo del presidente Chávez, quien a contrapelo de la verdad más incontrastable, más probada
que ninguna otra en la historia de la humanidad, negó la existencia del Holocausto que debió sufrir
el pueblo judío y otras minorías. Alguien podría sostener que en primer lugar ello no significa una
restricción de la libertad, por cuanto es sólo una opinión. También se podría manifestar que
semejante opinión o afirmación, no puede ser creída por nadie. Sin embargo, para dos tales
sostenimientos se debe expresar que cuando un funcionario miente, por su propia investidura y rol
de dirigente, está condicionando, tratando de persuadir y guiando a la persona, al dirigido, hacia
una conclusión equivocada. ¿Pero se puede lograr algo semejante cuando toda una historia y miles de
pruebas sostienen lo contrario? Por supuesto que sí, porque hay una masa que desconoce esa
historia, que no tuvo acceso a esa información y por lo tanto es pasible de caer en la duda y la
persuasión. La desinformación, la no información o la información incorrecta son, por tanto, un
atentado contra la libertad.
El sujeto y objeto de la libertad, esto es el hombre, anda por las calles de la
vida, pero privado del más sagrado de su derecho. En el mejor de los casos, bien puede decirse que
se le concede en porciones y de acuerdo con las necesidades del poder.
Para finalizar, es imprescindible reparar en una cuestión tal vez demasiado
delicada, a veces imperceptible, otras veces degradada, pero que siempre ha sido la esencia de la
información y que en estos tiempos debe ser vigorizada: esto es que la libertad de la información,
que se da y que se recibe, de poco servirá si no adopta un fuerte y determinante compromiso con la
formación del ser humano. Los tiempos que corren, las circunstancias que los visten, hacen
necesaria, como nunca, la simbiosis de la información y la formación. De otro modo, irá creciendo
lo que es notorio en muchos países subdesarrollados: la ignorancia de la masa y su penosa
deformación intelectual, cognoscitiva y cultural. Cuanto menos conocimiento exista, cuantos menos
recursos para comparar tenga el hombre, más deformación y mejores circunstancias para manejar a la
masa tendrá el poder.