Opinión

La ultraderecha, tragedia para la democracia

El avance de la ultraderecha global no es un fenómeno nuevo y viene solidificándose desde hace varios años.

Miércoles 10 de Octubre de 2018

Ni en las mejores universidades de ciencias sociales del mundo se podría encontrar esta semana una respuesta certera para explicar cómo casi 50 millones de brasileros (46% del electorado) votaron el domingo por Jair Bolsonaro y lo dejaron a las puertas de convertirse en el próximo presidente del país.

Lo que representa Bolsonaro es repudiable hasta para la derecha conservadora clásica, que no comulga con el racismo, la xenofobia, la homofobia, la violencia y nada de lo que propone este personaje impresentable. Sin embargo, podría llegar a gobernar a la quinta nación más poblada del planeta, que es además la primera economía de Latinoamérica y se ubica entre las diez más importantes de Occidente. Pese a eso, tiene millones de pobres e indigentes.

El avance de la ultraderecha global no es un fenómeno nuevo y viene solidificándose desde hace varios años. En Europa hay un auge de los grupos antieuropeístas que rechazan a los inmigrantes y abiertamente sostienen consignas racistas y eliminacionistas. No florecen solamente en países pequeños, sino también en Francia, donde el año pasado su población le dio nada menos que diez millones de votos (el 34% del electorado) en el ballottage presidencial a Marine Le Pen, la hija de un nazi confeso fundador de un partido de extrema derecha. Marine ahora ha "aggionardo" la agrupación que heredó, aunque siempre dentro de la misma línea de pensamiento de la derecha más recalcitrante, pero que intenta presentar como "políticamente correcta" para atraer el voto de los más moderados. La República francesa tuvo reacción y anticuerpos en 2017 para relegar a Le Pen y llevar a Emmanuel Macron al Palacio de los Elíseos. ¿En Brasil ocurrirá algo semejante en la segunda ronda electoral entre Bolsonaro y Haddad el 28 de octubre?

La ultraderecha también se desparrama por Europa en sus órganos de representación. En el mismísimo Parlamento Europeo, en su sede oficial de Estrasburgo, se juntó la peor lacra neofascista del Viejo Continente para formar un grupo de presión a través de un bloque legislativo que enarbola todo lo contrario a los ideales democráticos que son la base fundacional de la Unión Europea. Esa agrupación, paradójicamente, se autodenomina "Europa de las Naciones y la Libertad".

Hacia el este, Rusia, el gigante euroasiático, acompaña el giro a la derecha con un personaje típicamente ruso que podría haber sido incluido en cualquier novela del genial Fiodor Dostoievski. El nuevo zar, como ya se lo llama a Vladimir Putin, no tiene gran vocación por tolerar a la oposición política, transita su tercer mandato presidencial y su pasado como espía de la KGB en la Unión Soviética le otorga un aura misteriosa. Es tal vez por eso que pese a todo lo dicho y publicado tiene una buena relación con otro personaje inefable que gobierna, nada menos, la primera potencia militar y económica del planeta. Donald Trump también insultó a los inmigrantes mexicanos, prometió construir un muro vergonzoso, maltrató a las mujeres, descalificó a la prensa de su país y nunca presentó su declaración jurada de impuestos. Sin embargo, ganó las elecciones y seguramente será reelecto para un segundo mandato porque su política económica proteccionista ha hecho crecer la economía y bajar el desempleo a niveles imperceptibles. No importa lo que diga, cómo lo diga o lo que haga: el bolsillo está primero y es lo único que importa a la hora de votar.

Tal vez por eso las crisis económicas cada vez más recurrentes en Europa, sumado al temor al extranjero "invasor", fomentan en el imaginario colectivo la figura del orden salvador que traerá prosperidad y eliminará a los indeseables de la sociedad. Sucede también en Brasil, pese a que millones de personas salieron de la miseria más absoluta durante los gobiernos de Lula y Dilma, más allá de cualquier consideración política o ideológica que quiera hacerse sobre esos gobiernos.

En Europa el estado de bienestar ya parece no alcanzar en estos tiempos posmodernos y en Latinoamérica ni siquiera se ha alcanzado ese beneficio para una pauperizada población abrumada por la desigualdad, los malos dirigentes, la mentira institucionalizada, la corrupción y la falta de Justicia. En ese contexto afloran personajes que se van repitiendo sin solución de continuidad en distintos tiempos históricos.

En las primeras décadas del siglo pasado el surgimiento del fascismo y luego el nazismo fue conducido por líderes histriónicos y criminales que anticiparon con claridad, como el caso de Adolfo Hitler, cuál era su visión del mundo y su futura acción política. Toda la estrategia de Hitler estaba escrita en su libro "Mi lucha", de 1925, que pasó a ser de lectura obligatoria en los colegios alemanes poco después del nombramiento de Hitler como canciller del Reich en enero de 1933. No importó su contenido nefasto, el nacionalsocialismo avanzó, capturó millones de mentes, se lanzó a conquistar el mundo, a industrializar el asesinato en masa con muy escaso cuestionamiento interno y a recuperar el progreso económico y el orgullo alemán. Ese viaje que fue planeado para durar una eternidad sucumbió en apenas doce años. Hoy, setenta y tres años después, es aún difícil explicar cómo fue posible que haya ocurrido.

¿Qué elementos concurrentes a lo largo de la historia se conjugan para que las grandes masas sean despojadas del pensamiento crítico y puedan ser funcionales a discursos falaces, violentos y autoritarios?

Brasil podría ser la puerta de ingreso en Latinoamérica de dictaduras remozadas y convalidadas por el voto popular. Una tragedia para la democracia y la libertad de los pueblos.

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