En estos días se viralizó en las redes un pequeño video de promoción de la ciudad que jugaba con el concepto de que “Rosario te mata”, pero de acuerdo con esta promo pseudoturística, Rosario te mata por la belleza que se encuentra en cualquier esquina, por el arte, por los bares, por la gente linda (especialmente las mujeres, en un claro gesto machista). Resulta que este video fue realizado en 2020 y nunca tuvo visibilidad pero alguien lo guardó en un disco rígido y ahora (justamente ahora) lo sacó a relucir. Si lo analizamos en el contexto actual, el video parece salido de una mente extraviada que lo único que logra es el rechazo o el asombro. Parece un mal chiste hoy, en marzo de 2023. No sé si ese material fue encargado por alguna agencia gubernamental o fue producto de una noche de borrachera de un grupo de “creativos”. Pero más allá de lo desafortunado que pueden sonar frases como “Rosario te mata”o “Rosario te aspira” contraponiéndolas con esa belleza de la ciudad entre bulevares, no deja de ser la mirada excluyente de una ciudad que da la espalda a los barrios, a los sectores populares, a quienes hacen la ciudad pero que no “brillan en un escenario” ni se sientan en una “barra de Pichincha” a tomar cervezas hasta el amanecer. En la cabeza de esos “creativos” está dibujada una Rosario sesgada, que sólo puede ser linda o “matarte de belleza” siempre y cuando los límites estén marcados por las áreas que (hasta ahora) quedan fuera de los conflictos, de la pobreza o de la violencia cotidiana.
Todos se montan en esta ciudad cargada de historias, algunos haciendo el juego a una Rosario que se ha echado encima un bidón de nafta para luego tirarse el fósforo que termine de incendiarla. Otros mirando para el costado o imaginando una Rosario que sólo puede salvarse si sus contornos están dibujados por una franja del río con edificios modernos y embarcaciones que atraviesen el río Paraná cual publicidad vintage.
Rosario es la prueba testigo de lo que somos, o quizás Rosario sea la prueba de lo que seremos. Como ha sido siempre, Rosario es vanguardia en el arte y en los conflictos sociales y políticos. La guitarra distorsionada suena aquí o allá y ese sonido es atravesado por otro que parece el de un disparo, un disparo en la oscuridad o un disparo en la tarde agobiante de sol y un pibe en bicicleta acelera a toda velocidad. La película de Rosario no es la de los canales del mediodía que parecen experimentar placer ante el robo o el asesinato de la jornada. La película de Rosario todavía no la pudimos filmar, porque los actores de reparto no han superado el casting, como lo demuestra una diputada disfrazada con un chaleco antibalas de paintball, paseándose como la Mujer Maravilla frente a una cámara de televisión porteña. O los políticos que dirigen la gran Cosmópolis argentina (léase Buenos Aires) llegan presurosos a sentarse en el Palacio de los Leones para dar indicaciones y sacarse la foto de rigor en una campaña en donde los asesinatos y los asesinados forman parte del marketing.
La película de Rosario no es una comedia, pero tiene más humor que el periodista cara-de-piedra que reclama que la violencia uniformada invada los barrios al estilo salvadoreño (tan festejado por los llamados libertarios o republicanos). Queremos a Rosario, pero el miedo se apodera del cuerpo. La película de Rosario esquiva las fronteras salvo cuando la sangre brota. Las cámaras enfocan las caras de quienes derrumban un supuesto búnker luego del asesinato de un niño. Los primeros planos de los rostros de los vecinos son vistos de manera masiva y pública por la tele, inmediatamente pasan a ser nuevos objetivos o potenciales víctimas de una escalada de violencia en la que la muerte no es el límite. Pero en la transmisión en vivo, y luego en la repetición, ni los canales, ni los periodistas, ni los camarógrafos, ni los portales, ni los diarios toman recaudos para proteger las caras de esas personas, que están abandonadas en su desesperación. La película de Rosario, esa que vemos todos los días, es cómplice de ese poder que nos estigmatiza, desde aquella falsa parrillada de “gatos” pagada por un infame canal porteño hasta el goce que desde el panelismo de los canales de Buenos Aires dice lo que hay que hacer para “pacificar” una ciudad que ni saben ubicar en el mapa.
La película reclama: más policías, más milicos, más armas en la calle, como si la violencia no generara una ola de violencia mayor. Como si la única manera de que el Estado intervenga o esté presente fuera el imperio de la fuerza y las balas. La película de Rosario propone una puesta en escena con una ciudad sitiada cual CZ de “Last of Us”, y que los zombies queden en barrio Ludueña, en Tablada, en Empalme, en el sur profundo o en el oeste donde las villas marcan el límite de la ciudad.
Quiero hacer la película de Rosario. No será esa de la belleza matadora, tampoco la de la ciudad estigmatizada, pero a la vez no puedo dejar de pensar en el miedo que camina todos los días por las veredas y que atraviesa los barrios y los días y las noches. Quiero hacer la película de Rosario, una ciudad herida, que alguna vez se pensó Barcelona pero que siempre fue la Chicago Argentina, desde que la mafia siciliana tuvo a esta ciudad como central de operaciones en la década del 30. Rosario y sus mil caras, esas que no muestra la película que vemos en episodios y que no es la mía. Quizás hacer la película de Rosario sea la tarea a realizar, para que el espejo no sea deforme y que el reflejo no nos engañe. En breve haré la película de Rosario, que no será esta ni aquella. Haré la película de Rosario, que deberá ser incómoda como todo artefacto artístico que se precie de tal. Y en esa película no estará esa realidad mediatizada, ni la coyuntura que nos abruma, ni las referencias folklóricas culturales. Haré la película de Rosario como respuesta a esa otra película de Rosario, pero no se asombren si en esa película la gran ausente es… Rosario.