Opinión

La Inquisición mediática

En el barrio judío de Sevilla, el decreto del año 1492 de expulsión de España o conversión religiosa forzada de esa comunidad al cristianismo no tuvo mucho efecto en la práctica.

Miércoles 08 de Abril de 2020

En el barrio judío de Sevilla, el decreto del año 1492 de expulsión de España o conversión religiosa forzada de esa comunidad al cristianismo no tuvo mucho efecto en la práctica. No había casi nadie para echar del reino recientemente unificado por los reyes católicos. Es que en medio de la peste que asoló a Europa en el siglo XIV se había masacrado a casi todos los judíos de esa ciudad en reiterados ataques de la población. Se los acusaba de envenenar los pozos de agua o directamente transmitir la enfermedad a otros sin ser ellos mismos afectados. Historiadores sevillanos atribuyen a que la higiene personal que practicaban antes de comer, lavarse el brazo desde el codo hacia abajo y no sólo las manos, causaba menos contagios entre los judíos.

Cualquiera fuese la explicación, desde la Edad Media, incluso antes, hasta la posmodernidad se ha apelado a los mitos, conspiraciones diabólicas y místicas para atacar, con distintas motivaciones, a minorías indefensas. Uno de los maestros en detectar esas conspiraciones, algunas mundiales, fue el genial semiólogo y escritor italiano Umberto Eco, especialmente en una de sus últimas obras, “El cementerio de Praga”, en la que recrea a través de una novela histórica ambientada en Europa el siglo XIX un supuesto plan urdido por un grupo de ancianos rabinos para dominar el mundo.

Ese libro, con seguridad, no integra la biblioteca del periodista Tomás Méndez, del canal porteño C5N, quien hace unos días no sólo transgredió normas elementales del periodismo al presentar información distorsionada y falsa sobre el coronavirus, sino que utilizó herramientas inquisitoriales de la Edad Media para denostar a “los ricos del mundo que nacieron en Estados Unidos, Israel y Europa” de “haber financiado la creación del virus”. Esa frase tiene un claro tufillo antisemita y va más allá al involucrar también a Bill Gates y a científicos chinos de haber creado y propagado el coronavirus. Los chinos, una minoría en la Argentina, son siempre víctimas especiales en los saqueos o robos de sus comercios. Si a esto se le suma que en su país de origen se creó el virus, según “explicó” el periodista en cuestión, la xenofobia argentina irá seguramente en aumento contra esa colectividad.

Precisamente, Umberto Eco, en el libro citado anteriormente, le hace decir a unos de sus personajes centrales, que “el mundo necesita de enemigos”. Esa parece ser la consigna más importante para hegemonizar a masas sin pensamiento crítico en pos de un objetivo o en el convencimiento de una realidad que es falsa, pero que se asocia a sentimientos o sensaciones particulares de cada individuo. Es lo más parecido a la posverdad, un término acuñado por los ingleses para, según el diccionario británico, indicar que los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que las apelaciones a la emoción o las creencias de las personas.

En las redes sociales, de uso planetario, esa es la norma: la falta de rigurosidad, las falsificaciones de fotografías, documentos y videos, entre tanta información basura que circula diariamente y a la que la gente da crédito, repite y reenvía a sus contactos. Sin embargo, en el caso de Tomás Méndez adquiere mayor gravedad por haber difundido información tergiversada y falsas afirmaciones como si fueran una verdad revelada en un medio de comunicación tradicional donde se supone que los estándares de calidad son más elevados. Méndez armó su propia historia con un programa de la televisión italiana de hace varios años, lo relacionó con un simulacro de pandemia que se había hecho en los Estados Unidos y con el trabajo de científicos chinos en un laboratorio. A todo esto le sumó su prejuicio personal basado primero en la ignorancia y luego en la necesidad de buscar enemigos, para concluir en las barbaridades que difundió en ese programa de televisión. “El virus fue pensado —explicó Méndez— por todos estos garcas, estas mierdas de personas”. Es el típico ejemplo de la “fake news” o noticia falsa, pero en este caso con una clara intencionalidad de depositar la culpa en determinados sectores de la sociedad.

Es un tipo de inquisición mediática que, como se dijo antes, tiene viejos antecedentes en la historia de la humanidad. Los musulmanes, por ejemplo y volviendo al pasado, fueron también expulsados de España en 1502. Al igual que los judíos, o se convertían al cristianismo y podían quedarse en la península o se marchaban. Los que aceptaron la apostasía comenzaron a ser llamados moriscos. El origen de la intolerancia religiosa española comenzó con la instauración de la Inquisición en 1478 para acabar con las prácticas de otras religiones, no católicas.

Más de 500 años después, la esencia del conflicto parece ser similar aunque hayan cambiado las formas de comunicarlo y diseminarlo: la intolerancia por el diferente, el intento de movilizar a las masas a través del odio hacia los “culpables” y la falsificación de los hechos para presentarlos como verdades absolutas.

El periodista Méndez, sin embargo, no es un caso aislado en la Argentina ni en el mundo. Esas presuntas verdades absolutas que circulan a diario son, peligrosamente, la forma de vinculación de las sociedades con la información, y van configurando convicciones internas en las personas en base a premisas falsas que difícilmente a lo largo de la vida puedan ser modificadas. Así, las mujeres pobres se embarazan para cobrar planes sociales, los “negros” son sospechosos por portación de cara, los gitanos son todos ladrones y los chilenos punguistas, entre una larga lista de descréditos.

Por eso, es necesario la extrema responsabilidad de los periodistas para no transformarse en inquisidores mediáticos.

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