Opinión

Estilos de gobierno

Propuestas. El mundo del siglo XXI ha aprendido que las diferencias enriquecen las democracias. Gobernar no es solo incluir a las mayorías sino también a las minorías.

Miércoles 15 de Mayo de 2019

Si miramos desde una perspectiva histórica los formatos que ha adoptado la democracia en Occidente, es relativamente sencillo descubrir que a lo largo del siglo XX se transitó de un estilo autoritario a un estilo dialoguista, que podríamos llamar inclusivo.

En efecto, durante el siglo pasado casi todos los gobiernos, fueran presidencialistas o parlamentaristas, de derecha, de centro o de izquierda, estaban basados en liderazgos personales fuertes, de grandes hombres que imponían sus ideas a las masas. Así concebían el poder Hitler y Mussolini, pero también Churchill, de Gaulle y Roosevelt. Eran épocas en las que se discutía a los gritos, dando golpes sobre la mesa y amenazando a quienes se oponían a nuestras ideas.

La pasión, se creía, tenía formatos agresivos de expresarse.Tanto, que esos liderazgos terminaron en nacionalismos cerrados, generando guerras que asolaron Europa y gran parte del mundo. Guerras a las que cada parte litigante veía como justas y necesarias. Y con esa idea trataba de encolumnar al resto del mundo en su causa. Después de todo, se decía, esa es la manera en la que el mundo ha avanzado desde que es mundo.

Y esa forma de entender las relaciones entre las personas no era, de ninguna manera, una cuestión personal, sino social, cultural. Abarcaba a todos los individuos y todas las sociedades. El hombre de la calle pensaba que en última instancia las cosas se resolvían a gritos, a trompadas, a tiros o a puñaladas. Los Papas bendecían los cañones de algunas de las fuerzas en pugna. Y los políticos eran líderes autoritarios o no eran políticos.

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial surgió la "Guerra Fría". Mientras los países europeos se volcaban mayoritariamente a la conformación de grandes coaliciones de gobierno, Estados Unidos impulsaba en los países bajo su órbita la teoría del enemigo interno, que se terminó plasmando en un período de sangrientas dictaduras militares y cívico militares, que, casi sin excepciones, se enseñorearon en la región, imponiendo la peor de las versiones del autoritarismo: "El Estado habla y la población escucha y obedece". Sin embargo, en las últimas décadas del siglo pasado, las cosas empezaron a cambiar.

El regreso de la democracia en Argentina y gradualmente en prácticamente toda la región dejó en claro que se abría una nueva etapa.

Mi afición por los estudios de futuro (prospectiva) que me sacó del determinismo y me enseñó a mirar el futuro en términos de posibilidades de construcción, me llevó a pensar que había otra forma de hacer las cosas.

Fue por eso que, en mi discurso de asunción como gobernador de la provincia de Buenos Aires, en 1991, dije (para asombro primero y enojo después de mis propios compañeros) que "en la provincia de Buenos Aires quedaban erradicados dos términos: oficialismo y oposición" y convoqué al radicalismo que conducía el doctor Raúl Alfonsín a firmar un compromiso ético de diez puntos y constituir lo que yo llamaba un cogobierno. "A qué llama usted un cogobierno" me preguntó entre desconfiado y asombrado don Raúl. "Muy simple —le respondí—. Como usted sabe, la gobernanza tiene dos funciones esenciales, una de ellas es la de administrar los fondos, y de eso me voy a encargar yo con mis equipos; la segunda, de igual importancia, es el control del funcionamiento del Estado. Todo eso le va a corresponder a su partido.

—¿Qué es todo?

—Todo es todo: la Fiscalía de Estado provincial, la Tesorería, el Tribunal de Cuentas del Organismo provincial y el de cada uno de los municipios y el control que requiera cada organismo descentralizado, creado o por crearse.

Lo que le proponía era, sencillamente, una coalición, como las que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial han venido gobernando los países más avanzados de Europa.

Y repetimos el mismo mecanismo cuando me tocó asumir la presidencia de la Nación en uno de los peores momentos de la historia argentina contemporánea. También allí el radicalismo estuvo presente, liderado por el enorme Alfonsín, ayudando a formar el gabinete con sus hombres y a estructurar una mayoría parlamentaria sin la que de ninguna manera el país hubiera salido adelante en tan poco tiempo. Sin olvidar el aporte de las iglesias, de los sindicatos y de las organizaciones sectoriales en ese gran consenso que se llamó Diálogo Argentino, en el que tanto protagonismo tuvo quien hoy es el Papa Francisco.

Fue esa forma de concebir la gobernanza la que nos sacó tan rápidamente de la crisis y nos encarriló en la senda del crecimiento y el desarrollo.

Creo que, es ese sentido, la Argentina ha retrocedido. En vez de profundizar y perfeccionar la experiencia de la búsqueda de acuerdos básicos, retrocedió a una etapa anterior, de búsqueda de diferencias insalvables, de discusiones centradas en el pasado que se olvidan del presente y obviamente ni mencionan el futuro.

Una Argentina donde los modos han vuelto a ser los del autoritarismo, los de la descalificación, los del grito y la amenaza.

Quizás esa sea una de las razones por las que los ciudadanos en general y los jóvenes en particular ven cada vez menos en la política una forma eficiente de mejorar la realidad y se vuelcan a otros formatos de acción, más solidarios, más compasivos y más acordes con la realidad de sus vidas cotidianas.

El mundo del siglo XXI ha aprendido que las diferencias enriquecen la convivencia democrática, que gobernar naciones es incluir no solamente a las grandes mayorías, sino también a las minorías, a los distintos, a todos.

Creo sinceramente que, si la Argentina no avanza hacia ese modelo de relación, nuestro futuro inmediato será problemático.

Pero también tengo la sincera convicción de que, sobre todo los jóvenes hombres y mujeres que pueblan nuestro enorme territorio, ya han comenzado a entrever que el camino es el acuerdo, el consenso y la solidaridad.

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