Opinión

El infierno no existe más, pero la Argentina sí

El Papa acaba de sorprender al mundo y seguramente a los teólogos de el Vaticano al revelar que el infierno no existe.

Sábado 31 de Marzo de 2018

El Papa acaba de sorprender al mundo y seguramente a los teólogos de el Vaticano al revelar que el infierno no existe, por lo que no hay castigo para los pecadores que no se arrepientan de sus actos. Francisco explicó, durante una entrevista con un periodista italiano ateo de 93 años, que "no existe un infierno, existe la desaparición de las almas pecadoras" que no se arrepientan y obtengan el perdón de Dios. El Vaticano salió a las pocas horas a reinterpretar y matizar el nuevo concepto de Francisco, pero ya estaba todo dicho.

Como se sabe, la Iglesia de Roma a partir del Concilio Vaticano I, en 1870, le otorga al Papa la infalibilidad en materia de dogma. Es decir, no se equivoca jamás en estas cuestiones. Por eso, desde ahora para los millones de fieles católicos en todo el planeta el infierno dejó de existir tal como lo imaginó Dante Alighieri en "La divina comedia": un lugar de castigo, donde habitaban los demonios, para quienes en la vida terrenal cometieron diferentes malas acciones.

Suena a paradoja que un Papa argentino haya abolido el infierno cuando en este país había más candidatos que en ningún otro a cumplir penas en ese lugar que se creía terrible, pero que era sólo una imaginación según ahora parece.

El infierno era destino seguro de los que tiran bolsas con dólares en un convento, de dirigentes piqueteros soberbios que han pretendido reinterpretar la historia de siglo XX, y de un ex presidente condenado por delitos graves que se ampara en una banca del Senado. También se salvarán del infierno los grandes empresarios que han vivido siempre del Estado y han puesto "regalos" en los bolsillos de los funcionarios para ganar licitaciones. Los altos funcionarios que recorren el mundo en busca de inversiones para el país pero mantienen sus ahorros en bancos del exterior o algunos jueces federales que supieron figurar en una servilleta pero que empañan a todo el sistema judicial del país. Ni hablar de un trabajador bancario que en pocos años se hizo multimillonario con una empresa constructora.

¿El Papa habrá abolido el infierno porque pensaba que iba a estar superpoblado de argentinos?

Si bien la clase política es obviamente la que debería mantener los más altos niveles de transparencia y ética, en la Argentina sucede todo lo contrario. Desde el poder baja un aura de tolerancia a la transgresión de la norma que se ha convertido en una impronta cultural más de este país y que impregna hasta el ciudadano común que, por ejemplo, escritura una propiedad por debajo de su valor para pagar menos impuestos, que intenta por todos los medios eludir al fisco y que recurre a toda vía rayana con la ilicitud para protegerse de las recurrentes crisis del país.

Pero con qué entidad moral se podrían cuestionar esas acciones naturalizadas de la población cuando desde el poder político y económico se transmiten modelos aún peores.

Los diputados nacionales de todos los partidos, especialmente una legisladora radical que se había ganado un lugar en el infierno con comodidad, no saben cómo explicar desde el punto de visto ético por qué canjean por dinero pasajes aéreos y terrestres que no utilizan, convirtiéndose esas sumas en sobresueldos o salarios en negro que se agregan a su generosa retribución.

En esa misma línea de acción, cómo se entiende que un ministro, nada menos que de Hacienda, viajó a España para buscar inversiones y no supo cómo responder cuando un periodista verdaderamente independiente le preguntó cómo iba convencer a los empresarios de invertir en la Argentina si él mantenía sus ahorros fuera del país. El papelón fue más grande que la derrota por goleada de la selección nacional en Madrid.

A los pocos días, otro ministro, el de Energía, ya cuestionado por ser accionista de una empresa cuyas decisiones como funcionario creaban serios conflictos de intereses, intentó explicar lo inexplicable al confirmar que la mayor parte de su patrimonio estaba depositado en bancos del exterior y que lo repatriaría recién cuando tenga más confianza en el país, cuyo gobierno integra.

No son dos casos de particulares que pueden hacer lo que les parezca con su dinero, sino personajes que aceptaron la función pública con compromisos políticos y éticos. Pero tampoco son los únicos.

Salvo excepciones, el poder seduce en un amplio sentido y evidentemente, al menos en este país, también está asociado al beneficio propio, al del sector político afín, a los familiares y a los amigos, como el caso de un empresario que ha podido eludir el pago de 8 mil millones de pesos a la Afip durante años mientras a medianos y pequeños contribuyentes se los mira con lupa.

Hace unas semanas un ex ejecutivo de Siemens se declaró culpable en Estados Unidos por haber pagado nada menos que 100 millones de dólares en sobornos al gobierno de Carlos Menem para ganar la licitación de la confección de los DNI.

Más allá del análisis político y de la gestión de su gobierno que quiera hacerse, es difícil de explicar cómo la ex presidenta Cristina Kirchner es multimillonaria después de años, junto a su marido, de haber recibido solamente salarios en la función pública.

También cuesta entender por qué la actual gestión del presidente Macri iba a condonarle una multimillonaria deuda al correo, propiedad de su padre. Lo mismo que el decreto de necesidad y urgencia que incluyó en el blanqueo de capitales a familiares de los funcionarios, aspecto que la ley votada por el Congreso no permitía.

La sociedad, cuando advierte a través de diferentes gobiernos la falta de transparencia de sus representantes, por no decir delitos en muchos casos, hace una lectura consciente o inconsciente de cómo defender sus intereses más allá de la norma. Y se hace carne la letra del tango "Siglo XX cambalache", de Enrique Santos Discépolo, que pese a haber sido escrito hace casi 85 años parece seguir retratando el crónico mal argentino y el norte cultural que nos agobia desde siempre.

El infierno no existirá más, pero la Argentina sí.

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