OPINIÓN

Cuba y lo injusto

La necesaria solidaridad con los artistas de la isla

Sábado 27 de Febrero de 2021

Durante más de seis décadas la revolución cubana construyó una idea de su legitimidad pública sosteniéndose en un repertorio de citas. Quien haya visitado alguna vez La Habana habrá podido comprobar de qué manera, en esquinas y muros de la ciudad, se repiten esas frases siempre acompañadas de las imágenes de los líderes revolucionarios en actitud victoriosa. En una sociedad donde la publicidad capitalista es una entelequia, los ojos de los ciudadanos no tienen otra cosa que ver, más allá del paisaje urbano hoy devenido en ruinas, que esos grandes carteles que llaman a defender la moral revolucionaria o a sumarse a resistir una siempre inminente invasión extranjera que nunca termina de tener lugar.

El sistema represivo cubano es singular; es reconocido y temido en silencio por los habitantes de la isla a la vez que minimizado o negado por millones de personas que viven fuera de ella y para quienes Cuba es sinónimo de la exacta concreción de lo justo en el mundo. Esto es así, por más que las denuncias de agencias como Amnistía Internacional o Human Rigth Watch, - las mismas instituciones que supieron denunciar las violencias de nuestras dictaduras del Cono sur, del Apartheid sudafricano o del régimen de Pol Pot en Camboya, - no dejen de sumar denuncias año tras año, por más que la policía secreta no cese de hostigar cualquier asomo de disidencia, por más que la libertad de expresión y asociación sea reprimida y penalizada con prisión, ninguna evidencia, ni la más mínima, logra modificar un ápice la incondicional adhesión que el régimen cubano y sus líderes concita entre millones de personas que se autoperciben y definen como progresistas. Ser progresista en América latina y Europa implica, para muchos de quienes se reconocen como herederos de la llamada tradición de izquierda, defender la Revolución, esto, sin importar a qué precio, ni cuánto dolor, sufrimiento o humillación deba soportar una población sometida a la arbitrariedad de un aparato estatal burocrático que traicionó las razones que hicieron posible que la revuelta rebelde triunfara con justicia evangélica, como dijera el escritor Lezama Lima, hace ya seis décadas atrás.

Sin embargo, algo ha cambiado en los últimos meses con una celeridad nunca antes vista. Un grupo de artistas ha comenzado a quebrar el miedo y lejos de amedrentarse ante la violencia de los servicios de inteligencia que habitualmente se descarga sobre ellos, ha redoblado su apuesta a través de intervenciones públicas. El Movimiento San Isidro es el nombre que los agrupa, y bajo ese sello han comenzado a quebrar la molicie de una isla donde hasta ayer nomás solo podía escucharse la voz autorizada de los burócratas, y la de los artistas burocratizados, claro.

Y entonces, como si se tratara de una marea imposible de detener, al ímpetu inicial del Movimiento San isidro se le ha sumado en estos días la de un grupo de músicos, cuyos integrantes residen dentro y fuera de la isla, y que ha compuesto un tema musical en clave rapeada titulado Patria y Vida que aquel que lo desee puede encontrar subido en la web (https://www.youtube.com/watch?v=pP9Bto5lOEQ). Esos músicos eligieron dar vuelta una de las consignas que la Revolución impuso a esa sociedad a lo largo de los años, no otra que Patria o muerte, tres palabras que desde el nacimiento hasta la sepultura han acompañado ritualmente la vida de millones de cubanos con la fuerza que tienen los dictámenes de carácter irrefutable. A diferencia de muchos creadores resistentes del pasado, estos jóvenes artistas cuentan hoy con un aliado inestimable: las redes de Internet, que en pocos segundos logran diseminar sus mensajes con solo pulsar la pantalla de los celulares. Lo que a artistas e intelectuales del pasado les costaba años comunicar, hoy eso lleva solo unos segundos.

Desde su triunfo en enero de 1959, la Revolución pudo controlar con eficacia absolutamente todos los canales de información, impidiendo la circulación de aquellas producciones culturales que no respondieran al dogma revolucionario; y en el caso de aquellos que lograron horadar el cerco de la censura lo hicieron, siempre, sabiendo que la pena por infringir la norma no era, ni es otra, que la cárcel o el exilio. Ahora, esa pesadilla orwelliana comienza a desmoronarse, porque junto a la canción rapeada que en segundos logra cruzar las fronteras más distantes, se cuelan, juntos a esos acordes, las imágenes tomadas desde celulares y que registran los atropellos de la policía, la represión de las protestas, los maltratos y humillaciones a los que son sometidas las familias de los disidentes, las detenciones arbitrarias celebradas con impunidad a plena luz del día.

Vale la pena ver lo que pasa en Cuba en estos días. Vale la pena darse una vuelta por las redes y confirmar lo que allí sucede, para ver de qué modo, y en este caso especial los artistas, se exponen, intentando defender su derecho a una vida no tutelada, sin que esas acciones supongan ninguna celebración de las virtudes con que las que el capitalismo más salvaje suele autorepresentarse en el mundo contemporáneo en el que malvivimos.

Buena parte del campo progresista sostiene que estas acciones artísticas y la consiguiente crítica a los abusos de la Revolución implican una defensa encubierta del Imperio a la vez que un peligroso modo de darle letra al enemigo más feroz, argumentos ya ensayados a lo largo del siglo XX en la escena europea y latinoamericana y que fueron eficaces a la hora de acallar toda denuncia de los atropellos y gravísimas violaciones a los derechos humanos cometidos por regímenes políticos ideológicamente alineados con el campo de la izquierda (la discusión entre Camus y Sartre en torno a la pertinencia o no de denunciar el Gulag soviético es uno de los hitos de este esquema construido sobre la dicotomía establecida entre el compromiso intelectual que convoca a no callar lo injusto y el llamado al silencio).

Pero lo cierto es que denunciar la violencia de Estado en Cuba, esa que en este mismo instante está teniendo lugar y que no es más que una prolongación de la que viene sucediendo desde hace años, es una forma de ejercer solidaridad con una comunidad hostigada, la misma solidaridad que nos convoca y no dudamos de ejercer cuando somos testigos de la desgracia que sufren millones de hermanos brasileños sometidos a la autocracia gubernamental bolsonarista o la que ponemos en práctica cuando nos anoticiamos de los crímenes que se cometen con complicidad estatal en Colombia, El Salvador, Honduras o Nicaragua.

Ejercer la solidaridad con los artistas que resisten hoy la violencia de Estado en Cuba expandiendo la visibilidad de su reclamo no es la única, pero sí acaso, la manera más cercana que tenemos de aportar a la defensa del derecho de esa comunidad a vivir sin la sombra omnisciente del aparato represivo sobre sus vidas y destinos. Es además un modo de fortalecer el valioso legado de los derechos humanos, un legado que, en su dimensión universal, nos pertenece a todos, sin diferencia alguna, por el solo y único hecho de pertenecer y reconocernos como miembros de la especie humana.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

LAS MAS LEÍDAS